Erótica Rebeca
El día que se jubiló en el colegio Varones de Inés Sagrada la Madre Roberta Pizzi, encargada de Ciencias Sociales, se presentó en un lunes cívico a la profesora que le sustituiría: la profesora Rebeca Cerezo. Una joven recién graduada que resaltaba por su juventud de la demás profesoras.
Ese día, frente a la multitud, un joven de 1er año habría de recordarla para siempre todas las noches con sus días.
Se trataba de Victor Bauchenm, hijo de una pareja de alemanes que había conseguido hacer una repentina fortuna con una empresa que fabricaba esponjas. Como se crio en Venezuela, Victor hablaba perfecto castellano y sus padres no tanto, pero se les entendía.
El día que presentaron a Rebeca, Victor se sintió iluminado por la profunda simpleza de su belleza. Era como un anillo de oro, sin inscripciones ni nada. Estaba allí, de pie, presentándose. Era blanca como si no tuviera sangre y su pelo negro hacía juego con lo negro de sus ojos. Tenía rasgos finos aunque sus mejillas eran esponjosas e inspiraban cierta dosis de ternura.
Luego de la presentación de Rebeca hubo un alboroto de susurros cómplices porque todos estaban tan impresionados como Victor. Es decir, en esos colegios de monjas la mayoría son ancianas sin hijos con cada manía por cada cosa. Rebeca era como un alivio para todos los jóvenes del colegio.
Victor se unió a la alegría de todos, aunque sintió pesar porque Rebeca estaría encargada de 3er año y él apenas empezaba el 1ro. Fue duro, porque en todo ese año él sólo pensaba en ella, durante los encierros entre semana en el colegio y los encierros de fin de semana en la casa. Era una obsesión platónica. ¿Qué se iba a estar fijando una maestra en un alumno de primer año de bachillerato? Pero esa idea imposible hacía más fuerte el deseo, la fantasía de hacerla de él. Trastornado en las noches soñaba con ella, tenía insomnio, llevaba su recuerdo a la ducha. Durante el día trataba de verla en algún lado, pasaba por su cubículo, por los salones donde daba clases, la adoraba en el silencio y la lejanía.
Por su parte, Rebeca tenía sensaciones encontradas. Se había graduado en la rectitud de una universidad religiosa, aunque siempre había tenido sentimientos liberales, no había dado rienda suelta nunca a su imaginación. Hasta esos días en que sorprendió a un alumno mirándole las piernas. Y luego a otros más y se dio cuenta que todos la miraban con cierto deseo y morbo. Entonces un cosquilleo intenso la invadía al llegar a su casa y encendía la tele y la radio a volumen alto para no ceder a esos pensamientos. Pero caía. Una mañana despertó de un sueño intenso que le puso la piel sensible. Se sorprendió al ver en la azulada luz de la mañana sus pezoncitos diminutos que figuraban en sus senos redondos de talla mediana como unos lunares con aureola encendidos como en llamas subterráneas. Y aunque no recordaba bien el sueño, la sensación apremiante de ser tomada en ese instante la superaba. Y empezó a cruzar las piernas mientras se acentuaba en la habitación la luz de la mañana y cruzaba y cruzaba las piernas tratando de saciar el deseo, de apagar su fuego y no tardó en pedir ayuda. Sus manos bajaron por su cuerpo pálido que enrojecía conforme avanzaba el tiempo. No supo cómo llegó a estar desnuda. Cuando se dio cuenta, ya era tarde. Estaba boca abajo, con las piernas cerradas, los pies ligeramente cruzados y apoyando su peso en sus rodillas y su pecho para mantener suspendida ligeramente su pelvis. Se sentía poseída por el morbo y desinhibida por la soledad de la habitación. Una mano entre las piernas y otra en el pecho, porque sentía que se le quemaba. Los frotaban despacio los labios, como si los descubriera apenas y la sensación era tan intensa que tardaba cuanto más, mejor. Poco a poco sus dedos como por intuición fueron acercándose al centro, la humedad era más evidente y el placer exorbitante. Y un montón de cosquilleos se amontonaban en su cuerpo, por todos lados, sus piernas no querían separarse y a la vez querían abrirse de par en par. Sentía erizado cada vello de su piel y fue desatando la furia interior con movimientos violentos de cadera que acompañaba con movimientos circulares de su mano y sentía un estremecer insoportable, era como si se quemara viva en el placer agónico de sentirse mujer. Sentía muchas ganas de gritar, de decir algunas groserías que nunca había dicho, quería uno, dos, tres, alumnos allí haciendo fila para follarsela de uno en uno o todos a la vez, se sentía lista, exageradamente libre y acabó entre jadeos suprimidos por la almohada, con la mano incrustada como un hierro caliente entre sus piernas, sentía un mareo súbito, una descompresión de su cuerpo, un éxtasis de gloria…
2 respuestas
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