noviembre 21, 2025

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Engañé a mi amiga embarazada

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Ay, Dios mío, esto que les voy a contar es de esas cosas que una sabe que están mal, malísimas, pero que cuando pasan… o sea, ni me juzguen, porque la verdad es que fue demasiado bueno.

Resulta que mi mejor amiga, Daniela, está embarazada. De like siete meses ya, con una barrigota hermosa y todo ese rollo. Y su esposo, Carlos… bueno, Carlos es un papacito. Un tipo serio, de esos que trabajan en oficina, siempre bien vestido, con una sonrisa que te derrite. Desde que Dani quedó embarazada, yo notaba que él me miraba un poquito más de lo normal. Como con esa hambre que tienen los hombres cuando no les dan lo que quieren.

Total, que el sábado pasado fui a visitar a Dani a su casa. Ella estaba super cansada, con dolores de espalda y eso, y se fue a acostar temprano. Yo me quedé en la sala con Carlos, viendo una película. La cosa es que él estaba… different. Más callado de lo usual, y no paraba de mirarme. Yo me había puesto un shorts bien cortito y un top, porque hacía un calor de morir en Caracas.

En un momento, pausó la película y me dijo, super serio: «Yessika, tengo que confesarte algo». Yo, toda inocente, le dije: «Dime, Carlos, ¿qué pasa?». Y él, con una voz que le temblaba un poquito, me soltó: «Hace cinco meses que no tengo sexo con Dani. Los doctores lo prohibieron por el embarazo de riesgo, y… se me está haciendo imposible».

Ay, muchá, yo me quedé ahí, tiesa. Porque o sea, yo lo veo, es un hombre joven, sano, y con unas ganas que se le salían por los ojos. Y yo, que soy una calenturienta profesional, sentí una punzada de lástima y de… otra cosa, en la pepa.

No dije nada. Solo me acerqué a él en el sofá y le puse una mano en la rodilla. «Eso debe ser muy duro,» le susurré. Él cerró los ojos y asintió. «No tienes idea, Yessika. Me estoy volviendo loco».

Y entonces, no sé qué me pasó. Una fuerza me impulsó a mover mi mano un poquito más arriba, hasta su muslo. Él abrió los ojos, sorprendido, pero no me detuvo. Al contrario, vi cómo su respiración se aceleraba. «Carlos,» le dije, mirándolo fijo, «¿quieres que te ayude?».

Fue como liberar una fiera. En menos de un segundo, me agarró de la nuca y me besó. Fue un beso desesperado, salvaje, lleno de meses de frustración. Yo le respondí con la misma intensidad, abriendo la boca para que su lengua entrara y se encontrara con la mía. Sus manos me recorrían la espalda, bajaban hasta mi culo y me apretaban contra él. Podía sentir su verga dura a través del pantalón, presionando contra mi abdomen. Era enorme, o sea, yo la sentí y casi me desmayo.

«Quiero sentirte,» jadeó él entre besos, y empezó a bajarme el shorts. Yo no me resistí. Para nada. Me dejé hacer, mientras le desabrochaba el cinturón y le bajaba el zipper. Cuando por fin salió su verga… Dios mío. Era preciosa. Grande, gruesa, con las venas marcadas y la cabeza bien rosadita. Goteaba un poquito, de lo excitado que estaba.

«Chúpamela, por favor,» me pidió, con una voz rota. Y yo, que adoro dar mamadas, no me hice de rogar. Me arrodillé entre sus piernas y me la metí toda en la boca. Él gimió tan fuerte que yo me asusté y miré hacia el pasillo, por si Dani se despertaba. «No pasa nada,» jadeó él, «está profundamente dormida». Y entonces, agarró mi cabeza y empezó a follar mi boca. Rápido, profundo, como si quisiera ahogarse en mí. Yo me dejaba, tragándomela entera, sintiendo cómo palpitaba en mi garganta. Sabía a hombre, a deseo acumulado, a pecado. Y a mí me encantó.

Después de un rato, me levantó y me llevó casi corriendo a la habitación de invitados, que está al otro extremo de la casa. Cerró la puerta con llave y me tiró sobre la cama. «Quiero verte toda,» dijo, y me arrancó la ropa. Cuando estuve desnuda, se quedó mirándome, con unos ojos oscuros llenos de lujuria. «Eres perfecta,» susurró, y luego se lanzó sobre mis tetas. Se las chupó, las mordisqueó, las apretó… como si fuera la primera vez que tocaba a una mujer en años. Y probablemente así era.

Luego bajó, y… ay, no me van a creer. Se puso a chuparme la pepa como si fuera su última cena. Con una dedicación, una hambre… yo gritaba y me retorcía, agarrada de las sábanas. Hizo que me viniera dos veces seguidas, solo con su boca y su lengua. Cuando creí que no podía más, se subió sobre mí y posicionó la punta de su verga en mi entrada.

«¿Estás segura?» me preguntó, con un último destello de conciencia.

«Positive,» le dije, y lo jalé hacia mí.

Cuando me la metió… uff, muchá, pensé que me partía en dos. Era tan grande, y yo estaba tan estrecha… al principio dolió, pero luego… luego fue un éxtasis. Empezó a moverse lento al principio, como redescubriendo el placer, pero pronto se volvió un animal. Me daba duro, profundo, agarrándome de las caderas, mirándome fijo. «Tu coño es el cielo,» gemía, y yo solo podía gemir en respuesta, ahogando mis gritos en la almohada.

Cambiamos de posición varias veces. Me puso a cuatro patas y me dio por detrás, agarrándome del pelo. Luego me puso debajo de él y me levantó las piernas sobre sus hombros, metiéndosela aún más profundo. Cada embestida era una declaración de necesidad pura. Yo sentía cómo me llenaba, cómo llegaba a lugares que mi novio Miguel nunca ha tocado.

«Me voy a correr,» avisó, con la voz ronca y sudorosa.

«Adentro,» le pedí, sin pensarlo dos veces. Quería sentir su leche, toda, dentro de mí.

Y así fue. Con un gruñido que salió de lo más profundo de su ser, se vino. Fue una corrida larga, intensa, y yo sentí cómo mi pepa se llenaba de su calor. Fue… increíble. Nos quedamos ahí, jadeando, pegados el uno al otro, escuchando nuestros corazones acelerados.

Pero el tipo, con meses de abstinencia, no era cosa de una sola vez. A los diez minutos, ya estaba duro otra vez. «No puedo creerlo,» dijo, mirando su verga, «pero te necesito otra vez».

Y esa vez fue aún mejor. Más lenta, más sensual. Me besó todo el cuerpo, me dijo cosas bonitas, y cuando me la metió, fue con una ternura que me hizo derretir. Duró mucho más, explorando cada centímetro de mi cuerpo, haciéndome venir otra vez antes de que él terminara. Esta vez, se corrió en mis tetas, y ver su leche blanca sobre mi piel morena fue un espectáculo que nunca voy a olvidar.

Después, nos duchamos juntos, y bajo el agua, me abrazó y me dijo: «Gracias, Yessika. Me salvaste». Y yo, la muy zorra, solo sonreí.

Cuando salí de su casa, Dani todavía dormía. Carlos me miró con una mezcla de culpa y gratitud, y yo me fui con mi pepa adolorida pero feliz.

Ahora, cada vez que veo a Dani, tocándose su barrigota y hablando de lo buen esposo que es Carlos, yo tengo que morderme la lengua para no sonreír. Porque sé el secreto que esconde ese hombre tan serio. Y la verdad, no sé si sentirme mal o excitarme pensando en la próxima vez que Dani se vaya a dormir temprano. O sea, es malo, lo sé, pero… nada que ver con lo que se siente. ¿Ustedes qué creen?

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