Por
Anónimo
Encerrados en el ascensor
Trabajo en un edificio de 50 pisos y él siempre fue el extraño que me intimidaba: trajes impecables y una mirada que te desnuda sin permiso. Anoche, pasadas las diez, el destino nos encerró.
Un sacudón violento y el ascensor se detuvo entre dos pisos, dejándonos bajo una luz roja de emergencia que lo hacía ver peligrosamente atractivo.
Se aflojó la corbata con una lentitud tortuosa mientras se acercaba. «Llevas meses provocándome en este mismo lugar», me susurró al oído, acorralándome contra el panel de botones. No hubo palabras, solo un beso cargado de hambre acumulada y el contraste del metal frío contra mi espalda mientras sus manos me sujetaban con una fuerza posesiva. En ese cubículo de acero, el tiempo se detuvo.
Cada roce era un desafío a la oficina, a la decencia y al miedo a ser descubiertos. Cuando los cables crujieron y las puertas se abrieron en el lobby, él salió caminando como si nada, dejándome sin aliento y con las piernas temblando en la mitad del pasillo.
Debería ignorarlo el lunes o entrar al ascensor con él como si buscara el «segundo round»?


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