En mi época de puta en la prepa
Oye, la reunión de ayer me dejó pensando. Ver a todos otra vez, a esos huevones que conocí a los quince, y ahora con sus barrigas, sus canas, sus carreras… fue raro. Pero lo más raro fue volver a sentir esa cosquilla. La misma que sentía en el colegio. Porque yo, en esa época, era otra cosa. No me da pena decirlo: era tremenda putona. Y me encantaba.
No es que ahora no lo sea, claro. Pero a los dieciséis, diecisiete… era puro fuego. Y sin tanto miedo. Creo que ahí descubrí todo lo que ahora me prende.
Recuerdo clarísimo el uniforme. Esa falda plisada, azul marino. Las reglas decían que tenía que llegar a la rodilla. La mía llegaba como a dos dedos arriba. Me encantaba doblarla en la cintura, en el baño, para que quedara más corta todavía. Y cuando me sentaba en las bancas, me dejaba caer con las piernas un poco abiertas. No mucho, solo lo suficiente. Para que si alguien se agachaba a recoger algo, o pasaba por el pasillo, pudiera ver. A veces usaba calzones, a veces no. Dependía del día.
Tenía un compañero, Martín. El flaco más callado del salón. De esos que ni hablaban con las chicas. Pero yo lo veía. Me miraba las piernas. Siempre. Un día, en la última hora, me senté al lado de él. La clase era un rollo, de historia. Yo me acomodé en la silla, con la falda subiéndose más de la cuenta. Él tenía el cuaderno en las piernas.
Yo me hice la distraída. Dejé caer mi bolígrafo. Justo al lado de su pie.
“Ay, Martín, ¿me lo alcanzas?”, le dije, con esa voz que usaba, un poco más dulce.
Él se agachó. Mientras lo hacía, yo abrí un poco más las piernas. El bolígrafo estaba cerca de mi silla. Él lo alcanzó. Y cuando levantó la cabeza, su mirada quedó directa. Entre mis piernas. Yo no llevaba nada debajo ese día.
Se quedó congelado. Con el bolígrafo en la mano, arrodillado ahí, mirando. Pude ver cómo se le ponía colorada la cara, cómo sus ojos se abrían.
“¿Qué ves?”, le pregunté, bajito, sonriendo.
Él no dijo nada. Solo me entregó el bolígrafo y se sentó rápido. Toda la clase restante, lo sentí inquieto. Se movía mucho en la silla. Y yo, yo estaba prendida. Saber que él había visto, que lo tenía así… uf. Me mojé toda. Tuve que quedarme sentada hasta que sonó el timbre para no pararme con la falda manchada.
Ese fue el principio. Después, empecé a buscar más. A los de quinto año, los mayores. En los recreos, me paraba cerca de la cancha de básquet. Usaba una polera del colegio, pero la anudaba en la cintura, para que se me viera el estómago y un poco del sostén. Los tipos gritaban, jugaban, sudaban. Y yo ahí, mirando.
Uno de ellos, Renzo, era capitán del equipo. Alto, moreno, con unos brazos que se le salían de la camiseta. Un día, después del entrenamiento, él se quedó solo recogiendo las pelotas. Yo me acerqué.
“Hola”, dije.
“Hola”, dijo él, sin mucho interés.
“Juegan bien”, le dije, y me apoyé en la pared, cruzando los brazos. Al hacerlo, la polera se me subió un poco más. Él miró.
“Gracias”, dijo, pero ya no sonaba distraído.
“Debes de tener mucha fuerza”, seguí, y bajé los brazos, dejando que se me viera toda la cintura. Llevaba un short muy corto ese día, no el uniforme.
“Algo”, dijo. Se acercó. Olía a sudor, a hombre. Un olor fuerte, que me dio vuelta la cabeza.
“Yo también tengo fuerza”, dije, y le tomé el brazo. Le apreté el músculo. Estaba duro como una piedra. “Pero para otras cosas”.
Él me miró directo a los ojos. “¿Como cuáles?”
“Como agarrar bien fuerte”, dije. Y solté su brazo y le puse la mano en mi cintura. “O apretar”.
Ahí no hubo más charla. Me empujó contra la pared, detrás de las gradas, donde no nos veían. Me besó con una boca que sabía a Gatorade y a sudor. Fue un beso duro, brusco. Me gustó. Sus manos bajaron a mi culo y me apretaron, metiéndose bajo el short.
“¿Eres virgen?”, preguntó, jadeando.
“No”, mentí. En realidad sí lo era, pero no quería que parara.
“Bueno”, dijo, y me dio la vuelta. Me puso contra la pared. “Quédate quieta”.
Sentí cómo se bajaba su short deportivo. Luego, sus dedos me bajaron mi short y mis calzones. No fue suave. Me dolió un poco. Pero cuando metió la punta de su pija, grande y dura, ya estaba tan mojada que el dolor duró solo un segundo.
“Relájate”, dijo, pero él no estaba siendo suave. Me la metió de una. Fue como que me partiera en dos. Grité, pero él me tapó la boca con su mano.
“Cállate”, dijo, y empezó a moverse.
Era rápido, fuerte. Cada embestida me golpeaba contra la pared. Yo gemía contra su mano. No fue bonito, no fue romántico. Fue pura calentura, puro morbo. Y a mí me encantó. Sentir que me usaba, que me cogía ahí, en el colegio, donde cualquiera podía vernos. Eso fue lo que más me prendió. El riesgo.
Cuando se vino, fue dentro de mí. Lo sentí caliente. No usó condón. No hablamos de eso. Se sacó, se subió la ropa, y se fue como si nada. Yo me quedé ahí, contra la pared, con las piernas temblando, chorreando.
Ese día descubrí que me gustaba eso. Lo salvaje. Lo prohibido. Que me vieran, que me usaran.
Después de eso, ya no paré. En las fiestas de la promoción, yo era la que bailaba encima de todos. Me ponía vestidos que parecían pañuelos. Me sentaba en las piernas de los chicos y les restregaba el culo contra sus pijas duras. A veces, en medio del baile, alguno me llevaba al baño o a un cuarto oscuro. Yo siempre decía que sí.
Hubo uno, Christian, que era de otro colegio. En una fiesta en una casa de playa, me llevó a la terraza. Estaba oscuro, pero se escuchaba la música y las risas de abajo. Él me subió el vestido y me bajó las bragas. Yo me incliné sobre la barandilla, mirando el mar. Él me cogió por detrás, mientras abajo la gente seguía la fiesta sin saber. Me dijo cosas sucias al oído. “Eres una puta, ¿verdad? Te gusta que te cojan así, donde todos podrían verte”. Yo solo gemía, asintiendo.
Otra vez, con un grupo de amigos después de un concierto, terminamos en el auto de uno. Éramos cinco. Yo la única chica. Empezaron a pasar una botella y los chistes se pusieron verdes. Uno dijo: “Ana Cristina no se achica ante nada”. Yo me reí. “Para nada”.
“¿Ni aunque te toquemos todos aquí mismo?”, dijo otro.
El aire se puso espeso. Yo miré a cada uno. Estaban borrachos, cachondos. Yo también.
“No”, dije. “Pero tienen que hacerlo bien”.
Y ahí, en el asiento de atrás de ese auto, en un estacionamiento medio oscuro, pasó. No fue un orgía completa, pero casi. Uno me besaba, otro me tocaba las tetas, otro me metía la mano entre las piernas. Ropa por todos lados, manos por todas partes. Yo, en el medio, sintiéndome la reina del mundo. Era mío, ese poder. Saber que los tenía a todos locos por mí, que harían lo que yo quisiera con solo una mirada.
Llegó un punto en que uno, el más atrevido, dijo: “Quiero metértela”. Y yo dije: “Pues métemela”. Y lo hizo. Delante de los otros. Ellos miraban, se tocaban ellos mismos, me decían cosas. Fue una de las experiencias más ricas y raras de mi vida. No me vine esa vez, la verdad. Fue demasiado caos. Pero la sensación, el morbo… eso no tiene precio.
Ahora, a los veintiséis, las cosas son distintas. Más calculadas. Menos espontáneas. Pero cuando ayer en la reunión, Diego, que ahora es un abogado serio con esposa, me miró como antes, con esa mirada que me comía… sentí lo mismo. La misma calentura. La misma gana de ser la puta del salón otra vez.
Le sonreí. Y él se acercó, cuando su esposa estaba en el baño.
“Sigues igual”, dijo.
“Y tú también”, le contesté. “Solo que ahora te escondes más”.
Se rió. “Y tú, ¿te escondes?”
“No tanto”, dije, y le pasé mi número en un pedazo de servilleta. “Para cuando quieras dejar de esconderte.”
No sé si me escribirá. Pero eso, el juego, la posibilidad… eso también lo aprendí en el colegio. Y es lo que todavía me mantiene viva.


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