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Anónimo

diciembre 4, 2025

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Ellos se corrieron dentro de mi mujer sin mi permiso.

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Empezamos a explorar el ambiente swinger a principios del año pasado, fuimos varias veces a clubes. Teníamos un acuerdo claro: nada de ir a la casa de nadie ni intercambiar números, porque no queríamos un tercero fijo ni nada personal, solo era follar con gente diferente y punto. Al principio yo lo disfrutaba más que ella. A ella la pretendían muchísimo porque es una mujer muy guapa (latina, pelo liso castaño, tetas medianas, culazo, ojos rasgados).

Pero ella casi siempre rechazaba porque es tímida. Por eso dejé de sacar el tema y esperé a ver si ella lo mencionaba de nuevo, para saber si de verdad le gustaba. Un día, unas horas antes de la hora habitual de salir, me preguntó: «¿No te vas a arreglar para ir?». Me hice el despistado, me metí a bañar y me alisté rapidito.

Cuando llegamos le pregunté si quería probar la cabina de gloryhole (pensé que ahí se soltaría más porque es más privado). Entramos, la puertecita estaba abierta. Le pregunté si la quería abierta o cerrada. Dudó, pero dijo que la cerrara y que si se ponía muy caliente tal vez la abriría. Le quité las bragas, me arrodillé y empecé a comerle el coño mientras le apretaba el culo. Gemía altísimo, porque sé exactamente cómo tocarle todos los puntos con la lengua, y la hice correrse.

Después de correrse queda ultrasensible y se pone más caliente todavía. Me dijo que me la quería mamar para devolverme el favor, y yo pensé que esa noche se quedaría solo entre nosotros. Me la mamó un rato largo, cada vez que estaba a punto de correrme bajaba el ritmo y me decía que quería que acumulara mucha leche para luego descargarla en otra mujer. Yo estaba que explotaba, gemía como loco, me temblaban las piernas hasta los pies. En un momento tuve que acostarme porque parecía que me había convertido en su juguete. Me miraba con una cara de deseo brutal… hasta que me preguntó si podía abrir la puerta. Le dije que sí. La abrió.

A los minutos apareció una verga gruesa por el agujero. Me miró mordiéndose la lengua como diciendo «por favor, déjame». Le hice que sí con la cabeza. Empezó a pajearlo y después a mamarlo. Yo me puse loco mirando, tratando de no correrme porque tenía tanta leche acumulada que con cualquier roce explotaba. Dejó de mamarlo, agarró la verga, me pidió el bolso, sacó un condón y le dijo al tipo que se lo pusiera. En cuanto se lo puso, ni un segundo perdió: se la metió. Como ya se había corrido conmigo, estaba sensible y gemía tan fuerte que parecía que todo el club la oía. Ver eso me hizo correrme como nunca, salió tanto que salpicó toda la cabina.

Después de eso ya ni ganas tenía, solo cansancio. El tipo tampoco tardó mucho en correrse con esos gemidos. Cuando terminó, ella volvió adentro jadeando y se acostó a mi lado. Descansamos un rato y nos fuimos. Una semana después… Le pregunté si quería volver y dijo que sí sin pensarlo dos veces. Esta vez vino con un vestidito cortísimo que casi le mostraba el culo. Al pasar por la cabina del gloryhole empezó a darme codazos y a reírse, se notaba que quería repetir. Entramos. Esta vez abrió la puertecita casi de inmediato. Empecé a besarle el cuello, pero ella no quitaba los ojos del agujero. Me cayó como balde de agua fría: esa noche yo no le interesaba nada. Le dije «esperemos nomás» y no contestó. No tardó en aparecer una verga negra enorme. Ella se lanzó a mamarla como loca. Yo ahí pajeándome mirando. Luego subió la apuesta: se bajó las bragas y empezó a frotarse esa verga sin condón en el coño. Saqué un condón del bolsillo y se lo di. Lo agarró… pero siguió frotándose en crudo. Me empezó a incomodar muchísimo, pero no quería cortarle el rollo.

Esperaba que en cualquier momento se lo pusiera. Me miró y me preguntó si podía pasar el tipo a la cabina. Le dije que sí, pero con condón. Abrió la puerta. Era un negro alto, musculoso, puro toro. Le voy a decir Bull. Empezaron a comerse a besos como animales, se les veía la baba caer. Se quitaron la ropa rápido y… sí, follaron sin condón.

Ahí mismo. Sentí de todo: excitación, celos, rabia, humillación. Luego ella me pidió que los dejara solos y que fuera a divertirme por otro lado. Intenté hacerme el chistoso, pero insistió. Eso me dolió en el alma. Salí, me fui al bar, pedí una copa. Varias mujeres solas y hasta una pareja me hablaron, pero yo estaba destruido. Los celos me pegaron como camión. Volví a la cabina. Todavía estaban adentro. Abrí la puerta: los dos sudados, agotados, todavía besándose. Le dije que ya nos íbamos. Vio que estaba encabronado, se despidió del tipo y vino conmigo. Estaba bañada en sudor y olía fuerte a sexo. Antes de irnos paramos en el bar para que tomara algo. Mientras yo pagaba, aparece el Bull, la besa profundo, la agarra como si fueran novios y nos pregunta si queremos ir a su casa. Menos mal ella se acordó de las reglas y dijo que no. Yo obviamente también dije que no. En casa me pidió perdón por si se había pasado y dijo que quería «compensarme». Cuando la penetré… estaba todavía toda llena de él.

Era obvio que siguieron follando en crudo cuando yo salí. Me dio asco. De repente la vi sucia, usada. Le dije que no tenía ganas. Las semanas siguientes cada vez que intentaba tener sexo conmigo la rechazaba con cualquier excusa. Llegó el viernes de siempre, el día que íbamos al club, y le inventé una emergencia del trabajo para no ir. Tenía pánico de volver a cruzarme con ese tipo. Ella notó que estaba frío. Empezó a llorar, a pedirme perdón… pero ya no la veo igual. La rabia fue tanta que el mes pasado terminé engañándola con otra mujer.

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