El viaje en coche que no olvidaré
Ostras, tengo que contar esto que me pasó el mes pasado y todavía me pongo cachonda de solo acordarme. Es que fue tan zorrón que no me lo creo ni yo. Resulta que fuimos de viaje familiar a la playa con unos amigos de mis padres, entre ellos Roberto, un amigo de mi madre que tiene como 45 años pero está buenísimo, alto, moreno y con una mirada que te desnuda.
Ese día habíamos ido a la piscina y volvíamos todos en la furgoneta. Íbamos apretados, éramos ocho personas en un coche para siete. Cuando me tocó subir, solo había dos opciones: o me sentaba en las piernas de mi mejor amiga Carla, que iba en el medio, o en las de Roberto, que estaba en la puerta. Le dije a Carla con la mirada que me cubriera y le solté la excusa de que quería ir en la ventana para que me diera el aire. Total, que me senté directamente en las piernas de Roberto.
Iba solo en bikini y una malla que me cubría el culo, pero justo antes de subir, en un arranque de atrevimiento, me quité la malla y me senté en medio de sus piernas solo con el bikini, que era un hilo de nada. En cuanto mis nalgas tocaron sus muslos, noté al instante cómo se le ponía dura la verga. Ostras, era enorme, yo notaba el bulto creciendo bajo mi culo y se me mojó la entrepierna al momento.
El viaje era de como media hora, así que me puse a planear cómo conseguir que me la metiera sin que nadie se diera cuenta. Empecé a hacer bromas con Carla, que iba a mi lado, y en cada risa me movía disimuladamente, restregando mi culo contra su verga, que cada vez estaba más dura y caliente. Notaba cómo la tela de su pantalón corto se le marcaba con la forma de su polla, que parecía querer salirse.
Roberto al principio intentaba apartarse un poco, supongo que por respeto o porque le daba vergüenza, pero yo no le dejaba. Me arrimaba más, le susurraba cosas al oído sobre el calor y lo incómodo que estaba, y notaba cómo su respiración se aceleraba. A los diez minutos ya tenía la verga tan dura que parecía un mármol. Carla, que es una zorra como yo, se dio cuenta de todo y me guiñaba el ojo, tapándome con su cuerpo cuando alguien miraba hacia atrás.
Llegó un momento en el que no pude más. Nos reímos de una tontería y aproveché para inclinarme hacia adelante, como para coger algo del suelo. En ese movimiento, metí la mano debajo de mi cadera, directamente a su entrepierna. Noté su verga palpitando through el pantalón y, sin pensarlo dos veces, le bajé la cremallera. La tenía enorme y gruesa, con las venas marcadas. Escupí un poco en mi mano para lubricarla y, en un segundo, me la metí por debajo del bikini.
Ostras, cuando me la empotró sentí que me desgarraba por dentro. Era tan grande que me costó que entrara toda, pero al final lo conseguí. Me quedé sentada sobre él, con su verga dentro de mí, intentando no gemir. Carla me tapaba con su espalda y me susurraba: «¿estás bien? ¿te duele?». Yo solo podía mover la cabeza negando, porque si abría la boca salía un gemido.
El resto del viaje fue una agonía deliciosa. Cada bache de la carretera hacía que su verga se moviera dentro de mí. Yo me mordía el labio para no gritar y notaba cómo él también intentaba contenerse. En un momento, me puso las manos en las caderas y me apretó fuerte, clavándomela más hondo. Creo que los dos estábamos a punto de corrernos.
Cuando el coche frenaba, yo me movía disimuladamente, haciendo que su verga me rozara justo donde más me gusta. Notaba cómo se le tensaban los muslos y cómo jadeaba por encima de mi hombro. Él no decía nada, pero sus manos me agarraban con fuerza, como si no quisiera que me fuera nunca.
Llegamos a la casa y, por suerte, yo era la que estaba más cerca de la puerta. En cuanto el coche se detuvo, me bajé rapidísimo, notando cómo su semen me corría por las piernas. Me fui directa al baño y, cuando me limpié, vi que había sido una corrida enorme. Me masturbé pensando en lo que había pasado y me corrí otra vez en menos de un minuto.
Desde entonces, Roberto me evita. Cuando nos vemos, se pone colorado y no me mira a los ojos. Pero yo lo noto observándome de reojo, y sé que le gustó tanto como a mí. La próxima vez, voy a intentar que Carla se una. Total, ella ya sabe lo zorra que soy y siempre está dispuesta a divertirse. Quizás en el próximo viaje nos sentamos las dos encima de él y vemos hasta dónde llegamos.



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