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diciembre 16, 2025

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El viaje dónde comenzó mi perdición

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El viaje de trabajo era una bendición disfrazada. Una conferencia de tres días en una ciudad a ochocientos kilómetros de casa, de mi novio, de la vida que había construido y que ahora sentía como un disfraz demasiado ajustado. Necesitaba el espacio, el aire frío y anónimo de una habitación de hotel sola, para tratar de ordenar el caos que Leo había sembrado en mi cabeza y, sobre todo, en mi piel. Lo que no podía saber era que el destino, o mi propio demonio interior, tenía otros planes.

Fue en el lobby del hotel de la conferencia, el segundo día. Yo estaba recogiendo mi acreditación, distraída con mi teléfono, cuando una presencia a mi espalda me erizó la piel. Un perfume familiar, mezclado con tabaco y algo indescriptiblemente masculino. Me di la vuelta, y ahí estaba él. Leo. Con una chaqueta de cuero informal y esa misma mirada de depredador tranquilo que me había desintegrado meses atrás. No pareció sorprendido de verme. Sonrió, una sonrisa lenta y cargada de conocimiento.

«Lalif. El mundo es un pañuelo», dijo, y su voz fue un roce de terciopelo áspero directamente en mi centro.

«¿Q-qué haces aquí?», balbuceé, sintiendo cómo la humedad empapaba instantáneamente mi ropa interior.

«Negocios. Igual que tú, supongo.» Su mirada bajó, recorriendo mi traje de chaqueta como si fuera de papel, y volvió a mis ojos. «Tienes la misma mirada. Hambrienta.»

Una negativa, una excusa, cualquier cosa habría sido lo correcto. Pero mi boca, traicionera, dijo: «Mi habitación está en el piso doce.» Y fue todo. No hubo más palabras. Él tomó mi tarjeta de acceso de mis dedos temblorosos, y yo lo seguí como un autómata, como una perra en celo olfateando a su dueño. El ascensor fue una cápsula de tensión electrizante. No nos tocamos. No hablamos. Solo nos miramos, y en sus ojos vi el reflejo de la fiera que él había liberado, ahora suplicante y sin correa.

Al cruzar la puerta de mi habitación, la fachada se desvaneció. Me empujó contra la pared nada más entrar, y su boca capturó la mía en un beso que era pura conquista. No había preámbulos, no había dudas. Sus manos arrancaron mi chaqueta y mi blusa, los botones saltaron. Su boca se cerró alrededor de un pezón a través del sostén, y yo gemí, enterrando mis dedos en su pelo. «Te he pensado», gruñó contra mi piel. «Esa carita de santa que se descompone de placer. Es mía.»

La primera vez que me tomó fue contra esa misma pared. Me bajó la falda y las bragas, me giró, y sin más ceremonia que un escupitajo en sus dedos que luego aplicó a mi sexo, me penetró. Fue la misma sensación brutal, abarcadora, de la primera vez. Pero ahora, sin testigos, sin los ojos de mi novio sobre nosotros, algo era diferente. Era más intenso, más obsceno, más real. Yo empujaba mis nalgas contra él, buscando cada centímetro, mis gritos ahogados por el antebrazo que me mordía. Me vino rápidamente, un orgasmo violento que me dobló las rodillas, y él se corrió poco después, llenando el condón mientras gruñía mi nombre en mi oído.

Luego nos fuimos a la cama. Esta vez fue más lenta, más tortuosa. Me ató las muñecas con su cinturón de cuero, no con fuerza, sino con la firmeza de quien sabe que el sometimiento es mi nuevo lenguaje. Me cubrió el cuerpo con su boca, explorando cada centímetro, redescubriéndome. Cuando finalmente entró en mí, fue con una cadencia hipnótica que me llevó al borde una y otra vez, negándome la caída hasta que, entre sollozos de frustración y deseo, suplicaba por ella. La concedió, y el climax fue una larga y dulce agonía.

Era tanta la sed y necesidad que acabamos una tercera vez en el suelo, junto a la cama. De rodillas, frente a él. Él se sentó en el borde del colchón y me guio su pene, aún duro y brillante, a la boca. «Chúpame. Quiero ver a la señorita ejecutiva ahogarse conmigo.» Lo hice, con una devoción que me avergonzaba y me excitaba por igual. Sabía su sabor, su textura, y lo anhelaba. Me folló la boca con esa misma autoridad con la que follaba mi sexo, y yo me tocaba, alcanzando otro orgasmo mudo y tembloroso mientras mi garganta se contraía alrededor de él.

Dos veces más en la bañera. El agua caliente se desbordó mientras él me levantaba, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura, y me empalaba contra las frías baldosas. El contraste del agua caliente, su cuerpo ardiente y la cerámica fría en mi espalda era una locura sensorial. Luego me puso de cara a la pared de la ducha, y ahí, con el agua cayendo sobre nosotros, me penetró por detrás otra vez, sus manos en mis pechos, sus dientes en mi hombro. Grité, y el sonido reverberó en el pequeño espacio, mezclándose con el ruido del agua. Estaba segura de que todo el piso nos oía. Y esa idea, lejos de aplacarme, me incendió más.

No sé cuanto tiempo llevábamos ya en este baile de placer, pero cuando me puso a cuatro patas en medio de la habitación, sobre la alfombra, no pude negarme otra vez a el. Esta vez, su mano, empapada con el lubricante del minibar, no se dirigió a mi sexo. Presionó, con un dedo, contra mi otro agujero. «Esto también es mío ahora», anunció. Y procedió a abrírmelo, primero con un dedo, luego con dos, con una paciencia cruel que me tenía gimiendo y empujando contra su mano. Cuando finalmente, con un gemido gutural por parte de ambos, logró entrar con la punta de su pene, el dolor fue agudo, brillante. Pero luego, la sensación de estar completamente llena, invadida, poseída por ambos agujeros a la vez, fue una revelación tan prohibida y tan plena que me hizo llorar. El orgasmo que me arrancó fue de otro planeta, un espasmo prolongado que me dejó sin aire, viendo estrellas blancas, mientras él se movía dentro de mi trasero con una cadencia que resonaba en mi alma.

Ya en la madrugada, ambos estábamos agotados, magullados, cubiertos de los fluidos de la noche. Yo estaba tumbada de espaldas, él a mi lado, su mano todavía posada en mi vientre. Pensé que había terminado. Pero su mano bajó, sus dedos encontraron mi clítoris, hinchado y sensible, y comenzaron un masaje lento, insistente. «Una más», murmuró, su boca en mi oreja. «Quiero oírte venir solo con mis dedos. Para mí.» Y lo hizo. A pesar del agotamiento, de la sobresaturación, su tacto experto, el conocimiento que ahora tenía de mi cuerpo, construyó otro orgasmo, este más profundo, más emocional, un llanto convulsivo de placer y de algo más oscuro que me sacudió durante lo que pareció una eternidad. Cuando cesó, yo era sólo un temblor, un cascarón vaciado.

Al amanecer, se vistió en silencio. Me dejó un vaso de agua en la mesilla y, antes de irse, me besó en la frente. Un beso casi tierno, que contrastaba brutalmente con la noche de bestialidad que acabábamos de compartir. «Hasta la próxima, Lalif», dijo, y se fue.

Ahora, escribo esto desde el avión de regreso a casa. Mi cuerpo es un mapa de moretones y de recuerdos eléctricos. Cada movimiento me recuerda una posición, un gemido, una embestida. La culpa es un peso de plomo en el estómago, más denso que nunca. Traicioné al hombre que amo, no por un desliz, sino con premeditación, con avidez, siete veces en una noche. Me convertí en la mentira viviente que siempre temí ser.

Pero cuando cierro los ojos, cuando el avión se mece y la entrepierna me palpita con un dolor dulce, no veo la cara de mi novio. Veo la de Leo. Y el cuerpo, este cuerpo que ahora conoce sus propios secretos más íntimos, no grita de culpa. Grita de hambre. Un hambre feroz, recién descubierta, que una sola noche, ni siquiera siete veces, ha sido suficiente para saciar.

Esta fiera que explota de deseo sexual desenfrenado está despierta, no tiene la menor intención de volver a dormir.

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