El trío que arruinó todo
Con mi pololo, Felipe, llevamos como cinco años. Siempre fuimos la pareja cachonda, la que probaba de todo. Juegos de roles, juguetes, ver porno juntos, la wea completa. Hablábamos de todo, incluso de traer a un tercero. Era una fantasía que teníamos los dos, en especial para mí. La idea de verlo a él con otro hombre, o de que él me viera con otro, me calentaba.
El tema es que la conversación pasó de ser un «ojalá algún día» a un «y si lo hacemos en serio». Fue después de una fiesta. Llegamos curados a la casa, empezamos a coger y en medio de todo, él me dijo: «Deberíamos encontrar a alguien. De verdad.»
Yo, obvio, dije que sí. Estaba demasiado excitada para pensar en las consecuencias.
Pasaron semanas hablando del tema. Qué tipo buscaríamos. Un conocido, un desconocido. Al final, elegimos a un amigo de él, Matías. Lo habíamos visto en varias carretas. Es más joven, tiene 26, es flaco pero fuerte, y tiene una sonrisa que te hace pensar en cosas sucias. Felipe decía que Matías le tiraba onda a veces, y que él tampoco le desagradaba. Parecía perfecto.
Una noche, después de un carrete tranquilo en nuestra casa, Felipe lo soltó. «Matías, nos gustaría proponerte algo.»
Matías se rió, un poco incómodo. «¿De qué se trata?»
Felipe fue directo. «Un trío. Los tres.»
Matías se quedó callado un segundo, mirándonos a los dos. Después se encogió de hombros. «Bacán. ¿Cuando?»
Quedamos para el viernes siguiente. Esa semana fue rara. Había calentura, pero también un nerviosismo que no podíamos sacarnos. El viernes llegó. Yo me puse un conjunto de encaje negro, el que a Felipe le volvía loco. Estaba temblando.
Matías llegó con una botella de vino. Saludamos, tomamos un trago. La conversación era forzada, incómoda. Hasta que Felipe, de puro nervio, creo, se rió y dijo: «Bueno, ¿empezamos o qué?»
Nos miramos los tres. Asentí. Matías asintió. Felipe se veía pálido.
Nos fuimos al dormitorio. Yo me senté en la cama. Matías se paró frente a mí. Felipe se quedó junto a la puerta, mirando.
Matías se acercó y me besó. Fue un beso suave al principio, pero pronto se puso intenso. Su lengua en mi boca, sus manos en mi cintura. Yo cerré los ojos. Sabía que Felipe estaba ahí, pero me concentré en la sensación. En la boca de Matías, que sabía a vino y a cigarro.
Después, Matías se arrodilló y me bajó las bragas. Las tiró al piso. Puso sus manos en mis muslos y los abrió. Yo me recosté en la cama. Vi a Felipe de reojo. Estaba quieto, observando.
Matías me puso la boca encima. Su lengua encontró mi clítoris de una. Yo gemí. Era bueno, demasiado bueno. Sabía exactamente lo que hacía. Sus dedos se metieron dentro de mí al mismo tiempo. Yo me arqué, agarrando las sábanas.
«Que rico,» dije, sin poder evitarlo.
Felipe no decía nada. Solo miraba.
Matías siguió chupándome, lamiéndome, hasta que me hizo venir. Grité, sacudiéndome, y él no paró hasta que terminé de temblar.
Cuando abrí los ojos, Matías se estaba poniendo de pie. Se bajó el cierre de su pantalón y sacó su pene. No era enorme, pero estaba muy duro, bien formado. Se acercó a mí otra vez.
«¿Puedo?» preguntó, mirándome a mí, pero la pregunta era para los dos.
Yo asentí. Busqué a Felipe con la mirada. Él también asintió, pero su cara estaba seria, como de piedra.
Matías se puso un condón que sacó de su billetera. Se puso encima de mí, entre mis piernas, y me metió la punta. Entró lento, llenándome. Yo gemí otra vez. Era diferente a Felipe. Distinto ángulo, distinto ritmo.
Empecé a mover las caderas, a encontrarlo. Él se apoyó en sus brazos y empezó a bombear, metiéndosela más profundo cada vez. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la pieza.
Yo lo miraba a él. A sus ojos, que no se despegaban de los míos. Tenía una intensidad que me atrapó. No era solo sexo. Era una conexión. Un fuego que se encendió ahí mismo, en la cama que compartía con mi pololo.
Empezamos a besarnos otra vez, con desesperación. Sus manos agarraban mis tetas, mis pezones. Yo le arañaba la espalda, las piernas enredadas en su cintura.
«Carolina,» dijo él, entre gemidos. «Estás tan apretada.»
Yo no pude responder. Solo gemía, cada vez más fuerte.
Y ahí fue cuando pasó. Sentí, más que vi, que Felipe se movía. Miré hacia la puerta. Ya no estaba. Se había ido.
Un segundo de pánico me atravesó. Pero el cuerpo de Matías encima del mío, su pene dentro de mí, el placer que me subía como una marea… apagó el pánico. Fue egoísta, lo sé. Pero no pude parar.
«¿Qué pasa?» preguntó Matías, deteniéndose un poco.
«Nada,» mentí. «Sigue.»
Y él siguió. Más rápido, más duro. Yo ya no pensaba en Felipe. Solo pensaba en la sensación, en los labios de Matías, en sus manos, en cómo me hacía sentir. Era como si me conociera de toda la vida.
«Me voy a venir,» dijo él, con la voz ronca.
«Dentro,» le pedí. No sé por qué dije eso. Nunca lo hago con Felipe.
Matías apretó los dientes y empujó una última vez, fuerte. Sentí su pene palpitar dentro del condón. Gritó, y yo sentí un orgasmo segundo, más pequeño, recorriendo mi cuerpo.
Se desplomó a mi lado, jadeando. Yo quedé mirando el techo, el corazón a mil.
El silencio era pesado. Ahora sí que me acordé de Felipe.
Después de un minuto, me levanté. Me puse una bata y salí de la pieza. La casa estaba a oscuras. Encontré a Felipe en el living, sentado en el sofá, en la penumbra. Tenía la cabeza entre las manos.
«Felipe,» dije.
No contestó.
«Lo siento,» dije. «Se sintió… no sé.»
«Se notó,» dijo él, sin levantar la cabeza. Su voz sonaba rota. «Se te notó en la cara. Nunca me has mirado así.»
«No es verdad,» intenté, pero sonaba falso, incluso para mí.
«Sí lo es.» Por fin levantó la cara. Tenía los ojos vidriosos. «Te vi. Y no me estabas viendo a mí. Estabas viéndolo a él. Como si yo no existiera.»
No supe qué decir. Porque era verdad. En ese momento, él no existió para mí.
Escuché pasos detrás de mí. Matías salía del dormitorio, ya vestido. Se veía incómodo.
«Me voy,» dijo, y pasó rápido hacia la puerta. La abrió y salió sin mirar atrás.
La puerta se cerró. El click sonó como un disparo.
Felipe se levantó. «Yo me voy también.»
«¿A dónde?»
«No sé. A cualquier parte. No puedo estar aquí ahora.»
Y se fue. Tomó su chaqueta y salió.
Yo me quedé sola, en medio del living, oliendo a sexo y a vino, con la bata pegada a mi cuerpo todavía sudoroso.
Eso fue hace una semana. Felipe volvió al día siguiente, pero es como si no hubiera vuelto. Duerme en el sillón. No me toca. Apenas me habla. Cuando me mira, es como si viera a otra persona. O como si viera la imagen de mí, con Matías, encima de él.
Intenté hablar. Le dije que lo sentía, que no debimos hacerlo, que fue un error.
«Sí, fue un error,» dijo. «Pero el error no fue hacerlo. El error fue ver lo que no quería ver.»
«¿Y qué viste?»
«Que puedes quererme, pero puedes sentir algo más fuerte por otro. Y que ese algo más fuerte se despertó en media hora, en nuestra cama.»
No pude negarlo. Porque aunque no fuera «algo más fuerte» en el sentido de amor, sí fue algo más intenso, más visceral, en ese momento. Y él lo vio todo.
Ahora no sé qué hacer. Cómo se arregla esto. Cómo le dices a tu pareja que lo quieres, que lo elegiría a él siempre, pero que por un rato, con su permiso, lo olvidaste por completo. Que te dejaste llevar por un desconocido que conocías. Que la química fue tan real que ahora está envenenando todo lo que tenemos.
Y lo peor es que a veces, en la noche, cuando él está roncando en el sillón, me pongo a pensar en ese rato con Matías. Y a pesar de todo el daño, de toda la culpa… se me moja de nuevo. Y eso me hace sentir como la peor mierda de persona.


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