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El susto con mi relación abierta
Mi esposo y yo tenemos eso, relación abierta. A él le prende mucho verme con otros hombres. Es su gusto. A mí, pues la verdad, al principio me daba cosa, pero ya me acostumbré. Y hasta me gusta. Entonces, cuando yo salgo con alguien, nomás le mando un mensajito: «Amor, voy a llegar tarde». Y él ya sabe. A veces ni pregunta.
Hace como dos meses, mi esposo, Miguel, se tuvo que ir de viaje de trabajo. Una semana entera. Los primeros días, bien. Veía mis series, salía con amigas. Pero para el tercer día, ya me estaba aburriendo feo. Y aburrida y sola, pues una se pone caliente.
Le mandé un mensaje a Miguel. «Oye, ya me aburrí. Y tengo ganas».
Él me contestó rápido. «Ya te mandé ayuda. Va para allá».
«No me digas», le puse.
«Sí. Ya sabes quién es».
Y en menos de una hora, tocaron la puerta. Era Jorge. El mejor amigo de Miguel, desde que eran niños. Un tipo de la misma edad, cuarentaytantos, pero bien cuidado. Tiene ese cuerpo de señor que aún hace ejercicio, canas en las sienes que le quedan bien. Y una mirada… una mirada que ya conocía.
Porque Jorge no era nuevo en esto. Habíamos tenido un trío, los tres, hace como un año. Fue la primera vez que Miguel quiso compartirme. Y salió bien. Jorge se portó respetuoso, pero cuando se soltó… uy, señor. Tiene una verga que no es la más larga, pero sí bien gruesa. Y sabe usarla.
Ese día, entró a la casa y me sonrió.
«Hola, Elena. Miguel me dijo que estabas un poco… sola».
«Sí, un poco», dije yo, y me acomodé el escote sin querer. Traía un vestidito en casa, uno cómodo, pero que se me marcaban las tetas. Y yo soy tetona, de las de verdad. Es lo que más me gusta de mí.
«Pues ya llegó la compañía», dijo él, y entró como si fuera su casa. Se sentó en el sofá. Yo me senté a su lado.
«¿Y Miguel te mandó de verdad?», le pregunté, por hacerme la interesante.
«Sí. Me dijo: ‘Ve a ver a mi mujer, que no esté solita’. Y aquí estoy».
«¿Y tú qué quieres hacer?», le dije, mirándolo fijo.
«Lo que tú me dejes», dijo él, y alargó la mano. Me tocó la rodilla. Su mano era grande, caliente. «Pero ya sabes cómo es esto. Miguel lo sabe todo. Así que sin miedo.»
Yo no tenía miedo. Tenía ganas. Le puse mi mano encima de la suya y la llevé a mi muslo. «Pues empezamos por aquí.»
Fue rápido. Nos besamos ahí mismo en el sofá. Un beso con hambre, de esos que te secan la boca. Sus manos fueron directo a mis tetas, las apretó a través del vestido, después se metió por el escote y las sacó. Siempre le han fascinado mis tetas. Se puso a chuparlas como si no hubiera un mañana, y a mí se me ponían los pezones duros como piedritas.
«Quiero verte desnuda», dijo, jadeando.
«Pues vamos al cuarto», le dije.
Nos levantamos y fuimos a mi recámara, la que comparto con Miguel. Eso también le daba morbo, supongo. Me quitó el vestido y me dejó en pura tanga. Él se quitó la camisa y los jeans. Tenía el cuerpo firme, con algo de panza, pero se veía fuerte. Y su verga… ahí estaba, parada, gruesa, goteando un poco.
Me tumbó en la cama y se puso entre mis piernas. Me bajó la tanga y me empezó a lamer. Lo hace bien, con la lengua ancha, plana, que te cubre todo. Yo gemía y le apretaba la cabeza. Después de un rato, me hizo venir, y grité su nombre.
«Ahora yo», dijo, y se puso encima de mí. Buscó en la mesita de noche, sacó un condón. Se lo puso.
«Espera», le dije. «Hoy… no. Sin eso».
Él me miró, sorprendido. «¿Segura? Miguel dijo que siempre con protección.»
«Miguel no está aquí», le dije, y lo jalé hacia mí. «Y hoy quiero sentirlo todo.»
Fue una tontería. Lo sé. Pero en ese momento, la calentura me nubló el juicio. Quería sentir su piel contra la mía, sin nada en medio. Quería que se viniera dentro.
Él no discutió. Solo asintió, con los ojos oscuros de lujuria. Y me la metió. Sin condón. Fue diferente. Más caliente, más húmedo, más… real. Sentía cada venita, cada movimiento.
«Estás más apretada así», gruñó.
«Es que te extrañaba», mentí, pero sonó bien.
Empezó a cogerme con un ritmo constante, profundo. Yo le envolví las piernas en la cintura y le respondía con cada embestida. La cama crujía. Él me miraba fijo, y yo a él. Era raro, pero excitante. Saber que era el amigo de mi esposo, en nuestra cama, dándome sin protección.
«Me voy a correr», avisó él, con la voz quebrada.
«Adentro», le ordené. «Quiero tu leche.»
Eso lo terminó de volver loco. Con un gemido ronco, lo hizo. Lo sentí, el chorro caliente dentro de mí, llenándome. Yo me vine también, en un segundo orgasmo que me dejó sin aire.
Se desplomó a mi lado, jadeando. Después de un rato, se sacó. Yo sentí cómo su semen empezaba a salirme, chorreando por mis muslos.
«Eso estuvo… intenso», dijo él.
«Sí», dije yo, y ya empezaba a arrepentirme.
Jorge se quedó un rato más, nos duchamos juntos, y luego se fue. Esa fue la última vez que vino, porque al día siguiente Miguel regresó.
El problema empezó un mes después. Mi periodo no llegó. Siempre he sido regular como un reloj. Empecé a contar los días. La única vez que no usamos condón fue con Jorge. La única.
Me entró un pánico que no te imaginas. Empecé a hacer cálculos mentales todo el día. No podía dormir. ¿Y si estaba embarazada? ¿Y si el bebé era de Jorge? ¿Cómo le decía a Miguel? «Oye, amor, tu mejor amigo me dejó encinta». Era un desastre.
Esperé una semana más, por si se retrasaba. Nada. No aguanté más. Fui a la farmacia y compré una prueba. La hice en el baño del trabajo. Esos tres minutos fueron los más largos de mi vida.
Una raya. Solo una. Negativa.
Suspiré aliviada, pero no estaba convencida. A la semana siguiente, fui con el ginecólogo. Necesitaba estar segura. Le conté todo a Jorge por mensaje, porque me sentía muy sola. «Creo que puedo estar embarazada. Y si es así, es tuyo».
Él me contestó al instante. «No te preocupes. Voy contigo al doctor. Lo que sea, lo arreglamos juntos.»
Eso me calmó un poco. Al menos no se iba a hacer el loco. Quedamos en vernos en el consultorio.
Llegó el día. Yo nerviosísima. Él llegó puntual, me tomó de la mano. «Tranquila. Sea lo que sea.»
La doctora me hizo el ultrasonido. Me puso esa cosa fría en la panza y yo no respiraba. Miré la pantalla. Jorge estaba a mi lado, mirando también.
«No se ve nada, Elena», dijo la doctora. «El útero está vacío. No hay embarazo.»
«¿Segura?», pregunté, casi llorando de la tensión.
«Totalmente. Tu retraso debe ser por estrés. O por algún desajuste hormonal. Pero no hay bebé.»
Jorge y yo salimos del consultorio. Los dos en silencio. Afuera, me abrazó.
«Fue un susto», dijo.
«Sí. Un buen susto», dije yo. «Y una lección.»
«¿Se lo vas a decir a Miguel?», preguntó.
Pensé un momento. «No. Para qué. Solo lo preocuparía. Ya pasó. Pero esto no se vuelve a repetir. Siempre condón.»
«De acuerdo», dijo él. «Siempre condón.»
Desde entonces, no he vuelto a ver a Jorge a solas. Miguel ha sugerido otro trío, pero yo he puesto excusas. Creo que necesito un tiempo. Porque aunque no pasó nada, el susto me hizo ver las cosas claras. Esto de la relación abierta está bien, es divertido, pero hay líneas que no se deben cruzar. Y una de ellas es la protección. La otra… bueno, la otra es jugar con fuego cuando tu esposo confía en ti y en su amigo.
Ahora, cada vez que me viene el periodo, lo celebro en silencio. Y le doy gracias a Dios, a la virgencita, y a quien sea, por haberme dado otra oportunidad. Porque pude haber arruinado mi matrimonio, una amistad de años, y mi vida, por cinco minutos de calentura sin pensar.


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