maría

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enero 13, 2026

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El señor de la esquina

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Hola mis niños, ay, ustedes no saben lo que me pasó, tengo que contarles esto porque si no exploto. Ya saben que yo soy medio loca y que me gusta probar de todo, pero esto, esto fue de otro nivel, me dejó temblando los días después.

Es que siempre hay un señor, ahí en la esquina de la salida de la universidad, no de la mía, de una por ahí que paso siempre. Un señor como de sesenta años, gordito, moreno, con una panza y esa cara de ya haber vivido de todo. Siempre está ahí, sentado en un banquito, y cuando pasamos las chicas, nos chifla. A mi también, y yo a veces le sonreía por joder, porque total, no hace nada.

Un día, estaba yo masticando un chicle, de fresa, y me pase por ahí. El me mira y me dice, «Oye, bonita, ¿me vendes ese chicle que tienes en la boca?»

¡Qué! Yo me quedé así como 😳. «¿Qué dice, señor?»

«Tu chicle, el que estás masticando. Te lo compro.»

Ay, yo no sabía si reír o salir corriendo. Pero la verdad, me dio curiosidad. ¿Qué haría este señor con mi chicle usado? ¿Lo guardaría? ¿Lo masticaría él? Me dio un morbo tremendo. Entonces, sin pensarlo mucho, lo saqué de mi boca, con todo y saliva, y se lo di. El me dio unas monedas, como si fuera la cosa más normal del mundo. Yo me fui, pero mirando para atrás. El se quedó ahí, mirando el chicle en su mano, y luego… luego creo que se lo metió en la bolsa del pantalón. Ay, ¡qué cosa más rara! Pero a mi se me puso la pepa como un motorcito, no sé por qué.

Desde ese día, cada vez que lo veía, me saludaba con más confianza. «Hola, princesa de los chicles,» me decía, y yo me reía. Hasta que un día, me paró en serio.

«Oye,» me dijo, bajando la voz. «¿Y un beso? ¿En cuanto me vendes un beso?»

Ay, Dios mío. Yo me hice la indignada, como que «¡Qué vergüenza, señor!». Pero por dentro… por dentro estaba ovulando ese día, les juro, y me sentía como una gata en celo. Todo me calentaba. Y la idea de besar a ese señor, feo, viejo, que quería mi chicle usado… ufff, se me hizo un nudo en la garganta y se me mojó la panty al instante.

«Hágale pues,» le dije, tratando de sonar normal. «Pero rápido, que no me vean.»

El asintió, con unos ojos que le brillaban. Nos metimos un poco más atrás, donde había un arbolito que nos tapaba un poco de la calle. Yo cerré los ojos, pensando «esto va a ser asqueroso», pero cuando sentí sus labios… ay, no.

Sus labios eran gruesos, suaves. No esperaba eso. Y luego abrió la boca. Y su lengua… su lengua entró en mi boca así, de una, sin miedo. Era una lengua tosca, grande, que llenó toda mi boquita. Y tenía un sabor… a tabaco, a café viejo, a algo masculino y fuerte. Y mucha saliva. ¡Mucha saliva! Se me llenó la boca de su baba, pero en vez de asco, sentí una calentura que me subió desde los pies hasta la cabeza.

Yo, sin pensarlo, le respondí. Empecé a chuparle la lengua, a jugar con la suya. Le lamí los dientes, que estaban un poco amarillos, pero a mi en ese momento me daba igual. Quería más. Quería todo su sabor en mi boca.

El me agarró de la cintura y me apretó contra él. Yo sentí su panza, su cuerpo caliente, y ahí abajo… ay, niños, ahí abajo sentí un bulto duro, grande, que me apretaba contra mi pelvis. El señor tenía la verga dura. ¡Y se notaba que era enorme! Aunque estuviera gordo, ese bulto no se podía esconder.

Babeamos como locos. Nos besamos por tres minutos, pero parecieron horas. Yo gemía en su boca, el gemia en la mía. Sus manos bajaron y me apretaron el culo, fuerte, como si fuera de él. Y a mi me encantó. Me sentía sucia, usada, pero deliciosamente usada.

Cuando por fin nos separamos, los dos estábamos jadeando. Yo tenía la barbilla llena de su saliva, el labial corrido por todas partes.

«Cuánto te debo,» dijo el, con la voz ronca.

«Ya está,» le dije yo, casi sin aire. «Con eso está bien.»

Pero el no. El sacó un billete, uno de esos que no veo mucho, y me lo metió en la mano. «Para la próxima,» dijo. Y se fue, caminando rápido, acomodándose el pantalón en la parte de adelante.

Yo me quedé ahí, apoyada en el árbol, con las piernas temblando. Me toqué la boca, todavía caliente de él. Y luego, sin poder evitarlo, metí la mano bajo mi falda. Mi pepa estaba inundada. Empapada. Chorreada. Me metí dos dedos y salieron brillantes. Casi me vengo ahí mismo, en la calle, pensando en su lengua y en ese bulto enorme que tenía.

Llegué a mi casa y me encerré en el baño. Me saqué la ropa y me miré en el espejo. Tenía moretones en el culo de donde me había apretado. Y no podía dejar de pensar en él.

Al día siguiente, fui a la misma hora. Y ahí estaba el. En el mismo banquito. Me miró y sonrió.

«¿Qué tal, princesa?»

Yo me acerqué. «¿Y si hoy no le cobro?» le dije.

El se levantó. «¿Y qué quieres a cambio?»

«Quiero verlo,» dije, mirando hacia abajo, a su entrepierna.

El asintió. «Ven.»

Me llevó a un lugar más escondido, atrás de unos arbustos. Ahí, sin decir nada, se desabrochó el pantalón y se lo bajó. Y ahí estaba.

Ay, mis niños, les juro que casi me desmayo. La verga más grande que he visto en mi vida. Y a sus años. Morena, gruesa, con las venas marcadas, y la cabeza bien rosadita. Parada, dura, palpitando. Era hermosa. Una obra de arte.

«¿Te gusta?» preguntó.

«Me encanta,» dije, y me arrodillé ahí, en la tierra, sin importarme nada.

Antes de que pudiera chupársela, el me paró. «Hoy toca otra cosa. Dame tu panty.»

¿Qué? Yo no entendí. Pero me dio tanto morbo que me bajé las bragas ahí mismo, se las di, y me quedé desnuda de la cintura para abajo. El las olió, profundamente, y luego se las guardó en el bolsillo.

«Ahora,» dijo. «Date la vuelta.»

Yo me di la vuelta, agarrándome del tronco de un árbol. El se acercó por detrás. Sentí la punta de su verga, enorme, buscando mi entrada. No usó las manos. Solo su verga, guiándose sola.

«¿Estás segura?» preguntó.

«Por favor,» gemí.

Y entonces, me la metió. Entera. De una. ¡Ayyy, que dolor tan rico! Grité, pero el me tapó la boca con su mano grande. Me llenó toda, me reventó, y empezó a moverse. Lento al principio, luego más rápido. Cada embestida me empujaba contra el árbol. Yo sentía su panza contra mi espalda, sus gemidos en mi oído. Era viejo, pero fuerte. Me cogió como un toro, duro, salvaje, como si fuera la última vez que cogía en su vida.

«Eres una putita tan rica,» me decía al oído. «Te voy a llenar toda.»

Y lo hizo. Cuando sentí que se venía, me lo pidió. «¿Dónde quieres mi leche, princesa?»

«Adentro,» grité. «¡Dámela toda adentro!»

Y él, con un gruñido que parecía de animal, me llenó. Sentí el chorro caliente, una y otra vez, llenándome por dentro. Yo también me vine, temblando, gimiendo, sin poder creer lo que estaba pasando.

Cuando terminó, se salió y se subió el pantalón. Yo me quedé ahí, pegada al árbol, con sus jugos escurriéndome por las piernas.

«Nos vemos, princesa,» dijo, y se fue, como si nada.

Yo tardé como media hora en poder caminar. Desde ese día, cada vez que paso por ahí, nos miramos. Y a veces, si el día está bueno y yo ovulando, nos metemos atrás de los arbustos. El ya no me paga. Yo ya no le cobro. Es nuestro secreto sucio y delicioso. Y a mis 37 años, con un novio joven en casa, les confieso que la verga de ese señor feo y viejo es la que más me hace gritar. ¡Qué ricooo, niños! La vida está llena de sorpresas.

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