noviembre 3, 2025

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El secreto del esposo de mi tía

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Resulta que fui a la casa de mis tíos, o sea la hermana de mi mamá y su esposo, Roberto. Ellos viven en una casa súper grande en La Molina, con como tres pisos y un jardín enorme. Yo fui porque mi tía me pidió el favor de llevar unos documentos importantes que mi papá le había firmado. Llegué como a las cinco de la tarde y toqué el timbre, pero nadie abría. Como tengo llave (porque a veces cuido la casa cuando viajan), entré. Todo estaba en silencio, o sea, pensé que no había nadie.

Dejé los documentos en la mesa del comedor y estaba a punto de irme cuando escuché un ruido. Como un gemido, pero bajito. Venía de arriba. Subí las escaleras súper calladita, tipo en modo detective, y los ruidos venían del cuarto de mi tío Roberto, que también es su oficina en casa. La puerta no estaba cerrada del todo, estaba como entreabierta, un centímetro quizás.

Me asomé. Y ahí estaba la escena más surrealista de mi vida. Mi tío Roberto, el político serio, el que siempre va de traje y corbata a todas partes, el que da discursos aburridísimos en la tele… estaba empotrando a la chica que les ayuda con la limpieza, Martina, contra su escritorio de madera cara. Él tenía los pantalones bajados hasta los tobillos, y la camisa blanca toda arrugada y desabrochada. Martina, pobrecita, tenía el uniforme gris subido hasta la cintura, las piernas abiertas y enredadas alrededor de la cintura de él, y su cabeza ladeada contra unos papeles importantes.

No podía creer lo que veían mis ojos. Roberto, con esa panza que siempre trata de esconder con los sacos, moviéndose contra ella con una fuerza que no le conocía. Sus nalgas, blancas y con vello, chocaban contra el borde del escritorio con un sonido sordo y húmedo. Martina gemía, pero con la boca tapada por la mano de él, que le cubría casi toda la cara. «Cállate, mi vida, que alguien puede oír», le susurraba él, jadeando. Y ella, en vez de protestar, solo asentía y sus ojos se cerraban de placer.

Fue verlo y sentí un calor que me subió de los pies a la cabeza. Se me secó la boca al instante. Mi tío, el señor respetable, el que siempre me da consejos de vida y me dice que me cuide de los hombres… ahí estaba, follándose a la empleada en su propia oficina, con fotos de mi tía y sus hijos en la mesa.

Lo más fuerte fue cuando él la agarró y la puso a cuatro patas en el piso, sobre la alfombra persa que mi tía tanto ama. Se arrodilló detrás de ella y se la volvió a meter, pero ahora más fuerte, más salvaje. Desde mi ángulo podía ver todo.

Cómo su pene, que no era ni grande ni pequeño, entraba y salía de Martina, que ya estaba súper mojada. El sonido era… Dios, era tan obsceno. Un chapoteo húmedo y rápido. Roberto le agarraba las caderas con fuerza, hundiendo los dedos en su carne, y le daba nalgadas que sonaban como disparos en la quietud de la casa. «Eres mi putita, ¿verdad? La putita de tu patrón», le decía, y a mí se me escapó un gemido que por suerte tapó el ruido de ellos.

No podía moverme. Mis piernas eran de gelatina. Sentía un pulso aceleradísimo en mi entrepierna, en mi clítoris, que empezó a latir como loco. Con una mano me tapé la boca para no hacer ruido y con la otra, casi sin darme cuenta, me bajé el short y la tanga. Empecé a tocarme ahí mismo, parada en el pasillo, espiando a mi propio tío teniendo sexo con otra mujer.

Él cambió de posición otra vez. Se sentó en el sillón de cuero de su oficina y hizo que Martina se sentara sobre él, de espaldas. Desde ahí, él podía agarrarle las tetas por encima del uniforme y morderle el cuello mientras ella cabalgaba. Se le veía la cara a mi tío, congestionada, sudorosa, con una expresión de puro éxtasis animal. «Así, así, monta bien a tu viejo, nena», le gruñó al oído. Esas palabras, escucharlas salir de su boca, me electrizaron. Yo me frotaba más rápido, con dos dedos sobre mi clítoris, imaginando que era yo la que estaba montándolo, sintiendo esa verga que ahora veía tan de cerca.

Martina gemía sin control, moviendo las caderas en círculos, con las manos en los muslos de él. «Roberto, por favor, me voy a venir», gimió, y él la agarró de las caderas y la empujó más fuerte contra él. «Vente, mi vida, vente en mi verga», le ordenó. Y ella obedeció. Un temblor violento la recorrió y gritó, un grito ahogado y tembloroso, mientras su cuerpo se sacudía sobre el de él.

Verla venirme fue el detonante para mí. Sentí un calor intenso en el vientre y un orgasmo brutal me recorrió de la cabeza a los pies. Tuve que morderme el brazo para no gritar. Mis piernas temblaron tanto que casi me caigo en el pasillo. Me corrí, sintiendo cómo mis propios jugos me empapaban los dedos y me corrían por los muslos. Fue uno de los orgasmos más intensos y sucios de mi vida.

Pero no fue el fin. Porque Roberto, al ver que Martina se había venido, la tumbó sobre la alfombra, boca arriba, y se puso sobre ella. «Ahora me toca a mí, mi perra», dijo, y empezó a darle embestidas finales, rápidas y profundas. Sus gruñidos eran guturales. «¿Dónde quieres que me corra?», le preguntó, jadeando. «Donde quieras, papi», le contestó ella, con la voz rendida. «Abrí la boca», ordenó él. Y ella, sumisa, abrió la boca como un pichón.

Él sacó su pene de ella y, masturbándose con movimientos rápidos, se vino directamente en su boca. Vi cómo los chorros blancos y espesos le salpicaban la lengua, los labios, la barbilla. Martina tragó, sin rechistar, limpiándose después con el dorso de la mano.

Eso fue demasiado para mí. Volví a tocarme, ya sensible, buscando un segundo orgasmo. Y lo conseguí, más suave pero igual de delicioso, mientras veía a mi tío limpiarse con un pañuelo y darle un beso en la frente a Martina, como si fuera un gesto de cariño después de semejante animalada.

Salí de ahí calladísima, bajé las escaleras como un fantasma y me fui de la casa sin hacer ruido. En el auto, me quedé sentada un buen rato, temblando, con el olor a mi propio sexo en los dedos y la imagen de mi tío Roberto clavada en la retina.

Llegué a mi departamento y directamente me metí a la ducha. Pero en vez de arrepentirme, lo que hice fue… volver a masturbarme bajo el agua caliente, recordando cada detalle. La traición, el morbo, lo prohibido… me prendió como nada lo había hecho antes.

Ahora cada vez que lo veo en las reuniones familiares, tan correcto, dándole la mano a mi tía y hablando de moral y valores, yo no puedo evitar sonrojarme y sentir ese calor otra vez entre las piernas. Sé que está mal, o sea, supermal. Pero no puedo evitarlo.

Y lo peor es que, desde ese día, cada vez que me masturbo, es a él a quien me imagino. A mi tío político, el infiel, dándome a mí contra su escritorio. Qué horror, ¿no? Pero así de culo alegre y calenturienta me tiene esta vida. Nada que ver con la niña buena que mis papás creen que soy.

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