El secreto de mi amigo lucas
Mi amigo Lucas tiene una suerte con las mujeres que no es normal. Desde que lo conozco, en la cancha de fútbol de los sábados, cualquier mujer que se le antoja, termina en su cama. Y no estoy hablando de chicas fáciles, no. Tipo, la profesora de yoga, la cajera del super que siempre está de mal humor, incluso la novia de su propio jefe. El tipo tiene un imán, y a sus 22 años, ya es una leyenda entre nuestro grupo. Pero lo que nunca me imaginé, ni en mis sueños más retorcidos, es que esa lista también incluía a su propia madre.
Axia, que así se llama, debe tener unos 45 o 50 años. No es una diosa ni nada por el estilo, pero tiene ese algo. Un cuerpo que se mantiene bien, unas curvas que llaman la atención sin ser exageradas, y una mirada… una mirada que parece saber cosas que tú ni te imaginas. Siempre que voy a su casa, me recibe con un café y una sonrisa que me deja un poco nervioso, no sé por qué. Lucas siempre ha sido medio raro con el tema de su mamá, haciendo bromas de mal gusto, pero yo nunca le paré mucho bola. Hasta ese día.
Resulta que mi laptop había dicho «basta» después de años de abuso. Y yo, con un trabajo urgente que entregar, no podía esperar. Lucas es un genio con la informática, el tipo repara cosas que ni los técnicos entienden. Así que, sin pensarlo dos veces, me fui para su casa. Era un martes por la tarde, creo. Toqué el timbre y esperé. Nadie abría. Toqué otra vez, y al rato escuché pasos apresurados. La puerta se abrió y ahí estaba Lucas, con el pelo revuelto, sudado, y solo con un pantalón de pijama, sin camisa.
«¡Santi! ¿Qué haces aquí?», dijo, medio jadeante, como si hubiera estado corriendo.
«Mi laptop murió, hermano. Es una emergencia. ¿Me echas una mano?», le expliqué, mostrándole el equipo.
Por un segundo, vi una sombra de incomodidad en su cara. Pero luego, esa típica sonrisa desfachatada suya apareció. «Claro, pana, claro. Pasa, pero… en silencio, ¿okey? Mi mamá está… descansando.»
Asentí y entré. La casa estaba en silencio, pero se sentía un aire pesado, cargado. Noté que la puerta del cuarto de Lucas estaba entreabierta y de ahí salía un ruido… un jadeo suave, femenino. Mi cerebro se negó a hacer la conexión al principio. Lucas me guió hacia la sala, pero en vez de sentarnos, se acercó a su habitación y empujó la puerta un poco más.
«Pasa sin hacer ruido», me susurró, con los ojos brillando de una mezcla de morbo y orgullo. «Y asómate para que veas cómo me cojo a mi mamá.»
Se me heló la sangre. «¿Qué? No, loco, estás…», traté de protestar, pero él ya me empujaba suavemente hacia la entrada. Y ahí, en su cama, estaba la escena más surrealista que mis ojos hayan visto.
Axia, la madre de mi amigo, estaba de rodillas en la cama, completamente desnuda. Su espalda arqueada, su piel brillante de sudor. Y detrás de ella, moviéndose con un ritmo lento pero firme, estaba Lucas. Su cuerpo pegado al de ella, sus manos agarrando sus caderas con fuerza. El sonido húmedo de su penetración llenaba la habitación, mezclado con los gemidos bajos y guturales de Axia. Ella tenía la cara enterrada en una almohada, pero sus gruñidos de placer eran inconfundibles.
No podía creerlo. Mi amigo. Follándose a su propia madre. Y lo peor, o quizás lo mejor, es que no pude apartar la mirada. Era como un accidente de tráfico, una escena de la que no podías alejarte. Lucas me miró por encima del hombro de su madre y me guiñó un ojo, con una sonrisa de superioridad absoluta. Luego, se concentró de nuevo en lo que hacía, aumentando el ritmo.
«¿Ves, mami?», le dijo a ella, con una voz ronca, cargada de lujuria. «Te gusta que tu hijo te dé así, ¿verdad? Que te llene este chocho que ya me conoce tan bien.»
Axia no respondió con palabras, sino con un gemido más largo y agudo, arqueando aún más la espalda. Una de sus manos soltó la almohada y se aferró a las sábanas, blanqueando los nudillos. Lucas, entonces, metió una mano entre sus cuerpos y debió tocar su clítoris, porque ella gritó, un grito ahogado y tembloroso.
«¡Sí, ahí, hijo! ¡Justo ahí!», gimió, y sus palabras, llamándolo ‘hijo’ en medio de aquello, me dieron una sacudida eléctrica. Era real. Estaba pasando.
Lucas aceleró, sus caderas chocando contra las nalgas de su madre con un sonido sordo y húmedo. El olor a sexo era denso, primitivo, y llenaba la habitación. Yo me quedé paralizado en la puerta, con mi laptop en las manos como un idiota, sintiendo cómo una erección traicionera crecía en mi pantalón. Era incorrecto, era enfermo, pero no podía negar la excitación brutal que me recorría. Ver a esa mujer, mayor, la madre de mi amigo, entregada así a su propio hijo, era lo más perverso y excitante que había presenciado.
«¿Te está gustando el espectáculo, Santi?», me susurró Lucas, sin dejar de moverse. «Mi mamá es una puta, ¿ah? Pero es mi puta.»
Axia, al oír mi nombre, giró la cabeza un poco. Sus ojos se encontraron con los míos. No había vergüenza en su mirada, solo un desafío salvaje, un fuego que me traspasó. Me sostuvo la mirada mientras su hijo la follaba sin piedad, y luego, con una sonrisa torcida, volvió a esconder la cara en la almohada.
Lucas, entonces, cambió de posición. La tumbó de espaldas y se puso sobre ella. Desde mi ángulo, podía ver todo. El cuerpo de Axia, más maduro, con las marcas del tiempo, pero increíblemente deseable en su entrega. Sus piernas se engancharon alrededor de la cintura de Lucas, y él se hundió en ella de nuevo. Ahora podía ver sus caras. Lucas, con expresión de concentración absoluta, y Axia, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, gimiendo con cada embestida.
«Decile a Santi lo que sentís, mami», la instó Lucas, bajando el ritmo para torturarla. «Decile cómo te gusta la verga de tu hijo.»
Axia abrió los ojos y me miró fijamente. «Me… me llena…», jadeó, sin apartar la vista de mí. «Ningún hombre… me ha llenado… como mi Lucas…»
Esas palabras, saliendo de su boca, fueron mi perdición. Sentí un calor intenso en el estómago. Lucas, al oírla, gruñó y comenzó a darle más fuerte, más rápido. La cama crujía con violencia. Los gemidos de Axia se volvieron incontrolables, agudos, desesperados.
«¡Me voy a venir, mami!», gritó Lucas.
«¡Adentro, hijo! ¡Venite adentro de tu mamá!», le rogó ella, y esa frase, ese permiso, hizo que Lucas se estremeciera y se derrumbara sobre ella con un gruñido largo y profundo. Yo pude ver cómo su cuerpo se tensaba y luego se relajaba, vaciándose en el interior de su madre.
Quedaron ahí, jadeando, enredados. El silencio solo roto por su respiración agitada. Lucas, después de un minuto, se levantó y, sin ninguna vergüenza, se puso de pie frente a mí, con su verga todavía semi-erecta y brillante. Axia se cubrió un poco con la sábana, pero no hizo ningún intento por esconderse.
«¿Viste, Santi?», dijo Lucas, limpiándose con una camiseta del piso. «Te dije que tenía suerte.»
No supe qué decir. Solo asentí, con la boca seca, y salí de la habitación de un paso, sintiendo que el mundo que conocía se había desdibujado por completo. Lucas me siguió a la sala, como si nada.
«Bueno, ¿y la laptop?», preguntó, como si no acabara de follarse a su madre frente a mis ojos.
La dejé sobre la mesa, murmuré un «gracias» y me fui de esa casa lo más rápido que pude. En el auto, de vuelta a mi apartamento, no podía sacar la imagen de mi cabeza. La mirada de Axia, los gemidos, la confesión… Y lo peor es que, a pesar de lo perturbador, no podía negar la erección que todavía tenía. Esa noche, en mi cama, me tocé pensando en ellos, en lo prohibido, en la complicidad que había en sus miradas. Mi amigo Lucas no solo tenía suerte. Vivía en un mundo de reglas diferentes, y por un instante, me había dejado asomarme. Y ahora, no sé cómo voy a poder mirarlo a los ojos el próximo sábado en la cancha. O a Axia, la próxima vez que me ofrezca un café.


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