diciembre 25, 2025

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El secreto de la cocina que guardo con mi tío

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Hola… soy Alexandra, tengo 30 años ahora, pero esto que te voy a contar pasó cuando acababa de cumplir 18.

Vivíamos en un departamento viejo en la Colonia Narvarte, aquí en la Ciudad de México. Éramos mi papá, mi hermano mayor, mi tío Luis y yo. Mi tío se había mudado con nosotros después de que mi tía lo dejó; decía que era temporal, pero ya llevaba como dos años durmiendo en el sofá-cama de la sala.

Yo siempre sentí algo raro con él. Desde chavita notaba cómo me miraba cuando salía del baño envuelta en la toalla, o cuando me ponía shorts en verano porque el calor de la ciudad es insoportable. Sus ojos se quedaban más tiempo del normal en mis piernas, en mis tetas que ya se me habían desarrollado bien.

A veces me sorprendía oliendo mi ropa interior cuando creía que nadie lo veía. Y la verdad… eso me calentaba. Me excitaba saber que mi propio tío me deseaba así.

El día que pasó fue un sábado de julio. Hacía un calor del demonio, de esos que te pegan la ropa al cuerpo. Mi papá y mi hermano habían salido temprano a un partido del América en el Azteca, y no volverían hasta la noche. Yo estaba sola con mi tío en la casa.

Me acababa de bañar y salí al pasillo solo con una blusita de tirantes blanca, sin bra, y unos shorts de algodón cortitos que se me marcaban todo. El pelo todavía mojado, oliendo a mi shampoo de vainilla.

Fui a la cocina a servirme agua y lo vi sentado en la mesa, tomando una cerveza Victoria helada. Me miró de arriba abajo y sonrió de esa forma que ya conocía.

—Qué guapa estás, Alex —me dijo con esa voz ronca que siempre tenía después de unas cervezas—. ¿Ya de 18 y tan rica?

Yo me hice la inocente, pero sentí cómo se me endurecieron los pezones debajo de la blusa. —Gracias, tío… es que hace mucho calor.

Me acerqué al refri, que estaba justo a su lado, y me agaché a propósito para sacar una botella de agua. Sentí su mirada quemándome el culo.

Cuando me incorporé, él ya estaba de pie detrás de mí. Muy cerca. Olía a cerveza, a sudor de hombre y a esa colonia barata que usaba.

—¿Sabes que desde que cumpliste 18 no dejo de pensar en ti? —me susurró al oído, poniéndome una mano en la cintura. Se me erizó toda la piel.

No me aparté. Al contrario, me recargué un poquito contra él y sentí su verga dura presionándome el trasero a través de los shorts. —Tío… —susurré, fingiendo que me sorprendía, pero ya estaba mojada.

Me giró despacio, me acorraló contra el refri y me besó. Fue un beso fuerte, desesperado, con lengua. Sabía a cerveza y a deseo prohibido.

Sus manos grandes me agarraron las tetas por encima de la blusa, apretándolas, pellizcando mis pezones hasta que gemí en su boca. —Siempre quise hacerte esto, sobrina —me dijo mientras me bajaba los tirantes y me dejaba las tetas al aire.

Me chupó los pezones con hambre, mordiéndolos suave, haciendo que me temblaran las piernas. Yo le agarré el pelo, empujándolo más contra mí.

Bajó una mano a mis shorts, metió los dedos por debajo y me tocó la panocha. Estaba empapada. —Estás bien mojada, cabroncita… ¿esto te gusta, eh? Que tu tío te toque así.

Yo solo pude asentir. Me subió a la mesa de la cocina, me bajó los shorts y las pantaletas de un jalón. Abrí las piernas sin que me lo pidiera.

Me miró la pussy depiladita, rosita, brillando de lo mojada que estaba. —Qué bonita te ves, Alex… toda para mí.

Se arrodilló entre mis piernas y me empezó a lamer. Su lengua gruesa recorriendo mis labios, chupando mi clítoris, metiéndose dentro de mí. Yo gemía fuerte, agarrada de la mesa, moviendo las caderas contra su cara.

Me corría rapidísimo, temblando, gritando “tío, tío” mientras me agarraba las tetas yo misma.

Cuando terminé de correrme, se levantó, se desabrochó el pantalón y sacó su verga. Era gruesa, venosa, más grande de lo que imaginaba. La cabeza brillaba de precum.

—¿Quieres que te la meta, sobrina? —me preguntó mirándome a los ojos. —Sí, tío… métemela toda, por favor.

Me tomó de las caderas y me penetró de un solo empujón. Dolía rico. Sentí cómo me llenaba, cómo me abría. Empezó a bombear fuerte, la mesa crujía con cada embestida. Yo le clavaba las uñas en los hombros, le mordía el cuello.

—Eres mía ahora, Alex… esta panochita es de tu tío. Me follaba con furia, sudando, gruñendo como animal.

Cambiamos de posición: me bajó de la mesa, me puso en cuatro sobre el piso frío de la cocina y me entró por detrás. Me agarraba las tetas mientras me daba duro, azotándome el culo de vez en cuando.

—Dime que te gusta que tu tío te coja… —Me encanta, tío… cógeme más fuerte… soy tu puta…

Sentí cómo se hinchaba dentro de mí, cómo se ponía más dura. Me apretó contra él y se corrió adentro, llenándome de leche caliente. Gemí con él, sintiendo cada chorro.

Después nos quedamos así un rato, él todavía dentro de mí, besándome la espalda. Luego me cargó y me llevó a su sofá-cama.

Ahí seguimos toda la tarde: me volvió a comer la pussy, me enseñó a mamarle la verga (me corrí otra vez solo de tenerlo en la boca), y me cogieron en varias posiciones hasta que oscureció.

Cuando oímos la llave en la puerta, nos vestimos rápido. Pero desde ese día, cada vez que mi papá y mi hermano salían… mi tío y yo repetíamos.

Y esa fue la primera vez que solo él me tuvo toda para sí. Todavía me excita recordarlo… 💦

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