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octubre 23, 2025

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El secreto de contabilidad

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La cosa pasó después de la fiesta de fin de año de la empresa. Fue en un restaurante por la zona Sur, mucha cerveza, mucho trago y mucho baile. Yo andaba con ganas de desmadre, la verdad. Mi primo Marco ya no trabajaba con nosotros, así que estaba libre, sabes, como sin ataduras.

Mi compañero Raúl, el de contabilidad, es un tipo tranquilo, de esos que se casó joven y tiene cara de nunca haber hecho una locura en su vida. Es hetero, claro, siempre habla de su mujer y sus hijos. Pero esa noche se puso hasta el culo, igual que yo. Empezamos a tomar juntos, chocando tarros, riéndonos de los jefes. Él me decía «Julio, eres el más cabrón de toda la oficina», y yo le palmaba la espalda, sintiendo que ya estaba flojo, que el trago le había bajado las defensas.

Terminó la fiesta y nadie quería irse a su casa. Unos compañeros sugirieron seguir la party en el departamento de uno que vivía cerca. Raúl y yo fuimos en el mismo taxi, él iba recargado en mí, hablando pura paja, con el aliento a cerveza. «Qué buena onda eres, Julio», me decía, y su mano me agarraba la pierna por encima del pantalón. No era nada, solo la confianza del borracho, pero a mí se me empezó a prender el foco.

En el departamento, la música seguía a todo volumen. Raúl se desplomó en un sillón, con la camisa desabrochada, la cara colorada. Yo me senté a su lado, sirviendo más tragos. Los demás estaban en la cocina o en el balcón, fumando. Él se quedó mirando la tele, pero con los ojos vidriosos, perdidos. Le puse una mano en el hombro. «¿Estás vivo, gordo?», le dije. Me miró y sonrió, una sonrisa tonta de borracho. «Vivo, sí… pero bien pedo, hermano».

Después de un rato, casi todos se fueron yendo. El dueño de casa, otro compañero, ya ni se daba cuenta de nada, dormido como un tronco en su habitación. Quedamos solo Raúl y yo en la sala, con la luz tenue y un silencio pesado. Él tenía la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados. Me acerqué y le dije al oído: «Oe, Raúl, ¿te ayudo a llegar a tu casa?». Negó con la cabeza, sin abrir los ojos. «No puedo… mi señora me mata».

Le pasé la mano por el pelo, sudado y despeinado. Él hizo un ruidito, como un quejido suave. No se movió. «Vamos, te llevo al cuarto de huéspedes, aquí mismo», le dije. Lo levanté del brazo y noté lo pesado que estaba, todo flojo. Casi lo arrastré hasta el cuartito chico con una cama individual. Lo dejé caer sobre el colchón y se quedó boca arriba, respirando fuerte.

Ahí fue cuando se me ocurrió la idea. Una idea de mierda, lo sé, pero el trago y las ganas me pudieron. Cerré la puerta con llave. Me quedé mirándolo un momento. Raúl, el oficinista correcto, el padre de familia, estaba ahí tirado, vulnerable. Me acerqué y me senté a su lado en la cama. Le sacudí el hombro suavemente. «Raúl», susurré. Gruñó. «¿Sí…?»

Sin decir nada, le puse mi mano en el pecho, sobre la camisa abierta. Sentí su corazón latir rápido. Él abrió los ojos un segundo, me miró confundido, pero no dijo nada. Bajé mi mano por su estómago, lento, hasta llegar al cinturón. Su respiración se agitó. «Julio… qué haces…», murmuró, pero su voz no tenía fuerza, era solo un hilo.

«No pasa nada, gordo», le dije, mientras desabrochaba su cinturón. El ruido del metal sonó fuerte en el silencio. Él intentó sentarse, pero puse mi otra mano en su pecho y lo empujé hacia atrás, con suavidad pero con firmeza. «Tranquilo… solo somos amigos, ¿no?». Bajé la cremallera de su pantalón. Debajo, tenía un boxer azul. Y ahí se notaba el bulto. No era grande, pero se le había parado. El muy puto se estaba calentando, a pesar de todo.

Agarré su verga a través de la tela. Él dejó escapar un gemido ahogado y cerró los ojos con fuerza, como si no quisiera ver. «Déjame…», dijo, pero era un susurro, una queja sin convicción. «Calladito nomás», le ordené, y se la apreté más fuerte. Él arqueó la espalda. Saqué su verga del boxer. No era muy larga, pero gruesa, recta, con la punta bien roja. Olía a sudor y a algo dulce, como a su colonia mezclada con el alcohol. Se le veía joven, usada pero cuidada.

Me bajé los pantalones y el boxer hasta las rodillas. Mi verga ya estaba dura como una piedra, latiendo. Me escupí la mano y me la lubricé un poco, después se la puse a él. Él tembló cuando le toqué. «Por favor…», volvió a suplicar, pero ya era tarde para eso. Me puse de pie junto a la cama y lo rodé para que quedara boca abajo. Él no opuso resistencia, solo enterró la cara en la almohada. Le bajé el pantalón y el boxer hasta los tobillos. Sus nalgas eran blancas, redondas. Le abrí el culo con las dos manos y escupí en su hueco. No tenía lubricante, pero con la saliva y las ganas, bastaba.

«Esto te va a gustar, maricón», le dije, y apoyé la punta de mi verga en su entrada. Él estaba tenso, todo él era un nudo de nervios. Empujé. Él gritó, un grito sofocado por la almohada. «¡Duele, coño!». «Aguanta, ya va a pasar», le gruñí, y seguí empujando. Era estrecho, muy estrecho, pero el forcejeo y su queja me prendían más. Hasta que por fin, con un gemido ronco de él, entré completo.

Quedé quieto un momento, sintiendo cómo su interior se ajustaba a mi verga, caliente, apretado, palpitando. Él jadeaba, con la cara todavía hundida en la almohada. «Raúl, el hetero de la oficina», le susurré al oído, «ahí tienes mi verga adentro». Empecé a moverme. Lento al principio, cada embestida un suplicio para él, un placer brutal para mí. Sentía cómo sus músculos se resistían, cómo se apretaban alrededor mío.

Agarré sus caderas con fuerza y empecé a cogerlo más rápido. El sonido de mis pelotas chocando contra su culo era húmedo, obsceno. Él ya no gritaba, solo gemía, unos gemidos cortos, ahogados, que delataban que, en el fondo, algo le estaba gustando. «¿Te gusta que te den por el culo, Raúl?», le pregunté, clavándomelo más hondo. No respondió, pero su cuerpo se relajó un poco, se abrió más para mí.

Saqué mi verga, brillante y mojada. «Dame la vuelta», le ordené. Él, como un autómata, obedeció y se dio vuelta. No me miraba a los ojos, tenía la mirada perdida en el techo. Su verga estaba dura, goteando. Me puse entre sus piernas y se la metí de nuevo. Ahí fue distinto. Desde esta posición, podía ver su cara. Cada vez que se la enterraba, él cerraba los ojos y apretaba los labios. Le agarré las piernas y se las puse sobre mis hombros, abriéndolo completamente. Así pude metérsela más profundo, hasta el fondo. Él gimió más fuerte y su mano fue a agarrarse de la sábana, con los nudillos blancos.

«Vas a ser mi puta en la oficina ahora, ¿ya?», le dije, jadeando, mientras lo follaba sin piedad. Él no decía nada, pero su cuerpo respondía, moviéndose levemente al ritmo mío. Bajé una mano y le agarré la verga. Estaba ardiendo, palpitando. Se la empecé a masturbar al compás de mis embestidas. «Vas a venirte, ¿no?, vas a venirte como una nena». Él empezó a gemir más seguido, su respiración se volvió un jadeo desesperado. «Sí…», salió de sus labios, casi un susurro. «Sí, qué?», le exigí, dándole más fuerte. «Sí… voy a… venirme…».

Eso me terminó de prender. Aceleré el ritmo, follándolo y masturbándolo al mismo tiempo. Él arqueó la espalda y un grito ronco, largo, le salió del pecho. Su verga explotó en mi mano, chorros de semen caliente que le mancharon el estómago y el pecho. Al sentir cómo se apretaba por dentro al correrse, yo no pude aguantar más. Me reventé dentro de él, enterrándosela hasta las pelotas y soltando un gruñido animal mientras mi leche llenaba su culo.

Quedé encima de él, sin aliento, sudando como un cerdo. Mi verga todavía dentro, latiendo. Él tenía los ojos cerrados, el cuerpo cubierto de sudor y su propio semen. Después de un minuto, me separé. Me limpié con un calcetín y me subí el pantalón. Él no se movía. Solo respiraba.

«Esto no pasó, ¿entendiste?», le dije, mientras me arreglaba la ropa. Él asintió lentamente, sin mirarme. Abrí la puerta y salí del cuarto. Afuera, el amanecer empezaba a asomarse. Me fui del departamento sin despedirme de nadie.

Al lunes siguiente en la oficina, Raúl me evitaba. Cuando nos cruzábamos, bajaba la mirada de inmediato. Yo solo sonreía. Hetero, dicen. Ahora cada vez que lo veo revisando sus papeles de contabilidad, no puedo evitar recordar cómo gemía con mi verga adentro. Y sé que él también lo recuerda.

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