El saxofonista casado
Bueno, aquí les va la historia completa, porque si no, me van a estar preguntando. Esto empezó hace rato, el año pasado, 2024. Yo andaba en mis cosas, embarazada de mi hijo pequeño, el segundo. Todo ese desmadre de náuseas, cansancio, y ganas de que naciera ya.
Una tarde, tirada en el sofá con el celular en la mano, me llegó una solicitud de seguir en Instagram. Lo vi. El perfil se llamaba ‘El_Saxofonista’, o algo así. Foto de un tipo con un saxofón, de perfil, no se le veía mucho la cara. Pero el cuerpo, ahí se notaba. Delgado, pero con brazos. Me dio curiosidad y le di aceptar.
Al rato, me llegó un mensaje. «Hola, ¿eres la mamá de Valentina?» Valentina es mi hija mayor. Le contesté que sí. Resulta que el vato era músico, y vivía en la misma casa donde yo dejaba a Valentina para que la cuidaran mientras yo trabajaba. Una señora mayor, doña Chayo, que vive en una casa grande y cuida niños.
«Ah, sí, te he visto llegar,» me puso. «Siempre traes prisa.»
Así empezamos a hablar. Pura tontería al principio. Del tiempo, de la música, de lo pesado que era estar embarazada. Él se llamaba Gael. Tenía 28 años, yo ya iba para los 38, pero eso a mí qué. El bato era simpático, sabía escuchar. Y aunque nunca me lo dijo directamente, yo me daba cuenta. Estaba casado. En sus fotos, a veces se asomaba la mano de una mujer con anillo, o había flores en la mesa. Pero él no hablaba de ella. Y yo no preguntaba.
La cosa es que un día, fui a dejar a Valentina y lo vi en persona. Estaba en el patio de atrás, limpiando su saxofón. Se levantó cuando me vio. Y ahí, con la luz de la mañana, me di cuenta. El bato estaba bueno. No era un modelo, pero tenía algo. Una mirada intensa, como triste, y una boca que parecía siempre a punto de sonreír. Iba en sudadera y jeans, pero se le notaba que se cuidaba. Me saludó con la cabeza, y yo le sonreí. Nada más. Pero en el carro, de regreso, no pude dejar de pensar en él. En sus manos, largas, de músico. En cómo me había mirado.
Total, que pasó el tiempo. Tuve a mi bebé, me encerré en la casa con los niños, la leche, los pañales. Gael me mandaba mensajes de vez en cuando, preguntando cómo estaba. Yo le contestaba cortante, a veces. Porque sabía lo que podía pasar, y yo con dos críos y él casado… mejor no.
Pero en marzo de este año, 2025, las cosas cambiaron. Una noche, los niños por fin dormidos, yo exhausta, me senté a fumar en la ventana de la cocina. El celular vibró. Era él. «Oye, Nohelia. ¿Sigues viva?»
Me reí. «Más o menos. ¿Qué pasa?»
«Estoy en la ciudad. De paso. Tocamos en un bar cerca de tu colonia. Pensé en ti.»
El corazón me dio un brinco. «¿Y tu señora?»
«Ella está en su pueblo, con su familia.»
Quedé en silencio. Miraba la ceniza de mi cigarro. Sabía lo que estaba pasando. Lo que él quería. Y yo… la neta, yo también. Llevaba meses sintiéndome solo mamá, solo un cuerpo que da leche y limpia caca. Necesitaba sentirme mujer otra vez.
«¿Y?» me escribió él.
«¿Y qué?»
«¿Nos vemos? Solo para platicar. Un café.»
«Mentira,» le puse. «No quieres café.»
«Tienes razón. No quiero café.»
Ahí se definió todo. Le pasé mi dirección. No sin antes decirle: «Esto es una mala idea, Gael.»
«Las mejores ideas siempre son malas,» contestó.
Media hora después, tocó el timbre. Yo ya me había arreglado un poco. Un jeans que por fin me quedaba otra vez, una blusa negra escotada. Me pinté los labios. Me miré al espejo y vi a una mujer otra vez, no solo a una mamá.
Abrí. Y ahí estaba él. Olía a noche, a cigarro de afuera, y a su colonia, algo amaderada. Traía una chamarra de cuero y unos jeans que le quedaban como pintados. Nos miramos. No hubo saludo. Él entró, cerró la puerta, y me empujó contra la pared del pasillo. Su boca encontró la mía en la oscuridad.
Fue un beso con hambre, con desesperación. Años de mensajes, de miradas robadas, de ganas contenidas. Yo le enredé las manos en su pelo, corto y áspero. Él me agarró las nalgas y me apretó contra él. Sentí su erección, dura, a través de los jeans. Me latió todo.
«Qué tanto te hice esperar,» dijo entre besos, su voz ronca.
«Demasiado,» gemí yo.
Me llevó al sofá de la sala, el mismo donde cambiaba pañales horas antes. Me tumbó boca arriba. Empezó a besarme el cuello, a bajar la blusa. Yo usaba un sostén de encaje negro, de los que compré para sentirme bien. Él lo vio y soltó un «chinga» bajito. Bajó una copa y se llevó mi pezón a la boca.
Ahí empezó lo que a mí me gusta. No solo chupó. Mordió. Suave al principio, luego más fuerte. Un dolor rico, agudo, que me recorrió desde la teta hasta la pepa. Grité.
«Así,» le dije. «Así me gusta.»
Él obedeció. Mientras chupaba una teta, su mano me bajó el jeans y los calzones. Me encontró empapada.
«Estás chorreando,» dijo.
«De tanto pensar en esto,» confesé.
Se bajó sus jeans. Y ahí, por fin, lo vi. Su verga. Era larga, no exageradamente gruesa, pero derecha, palpitando. Morena como él. Hermosa. Se puso un condón que sacó de la chamarra. Yo ya estaba lista, con las piernas abiertas.
Pero él no se metió de una. Bajó. Puso su boca en mi pepa y empezó a chupar. Con la lengua plana, luego metiéndola adentro. Yo me retorcía, ahogando los gritos en el cojín del sofá para no despertar a los niños. Me hizo venir una vez, rápido, intenso, y yo casi me desmayo.
«Ahora,» jadeé, cuando pude respirar.
Él se subió encima de mí. Me puso las piernas sobre sus hombros. Y me la metió. Toda. De una.
El aire se me salió del cuerpo. Me llenó por completo. Era justo lo que necesitaba. Empezó a mover, lento al principio, luego más rápido. Y ahí, mientras me cogía, volvió a bajar la cabeza. Agarró mi otra teta con la boca y empezó a morder otra vez. Más fuerte esta vez. Yo sentía el placer en dos frentes: la verga moviéndose dentro de mí, y su boca y sus dientes en mi pezón. Era una locura, una mezcla de dolor y placer que no había sentido nunca así.
«¿Te gusta que te muerda, Nohelia?» preguntó, sin dejar de moverse.
«Sí… papi… sí… así… no pares…»
Me daba más duro, y mordía más fuerte. Sentía que me iba a dejar moretón, y la idea me prendía más. Yo le arañaba la espalda, le jalaba el pelo, le decía cosas sucias al oído.
«Esa verga es mía… aunque tengas mujer en tu casa… aquí me la das a mí…»
Él gruñó, como un animal. «Sí, puta, es tuya. Toda tuya.»
Cambiamos de posición. Me puso a cuatro patas en el piso, sobre la alfombra. Se puso detrás y me la volvió a meter por detrás. Agarraba mis caderas y me daba con una fuerza que hacía que mis tetas se movieran de un lado a otro. Y él, cada vez que podía, se inclinaba y me mordía un hombro, la espalda, o jalaba mi pelo para besarme y morderme el labio.
«Voy a venirme,» dijo, el ritmo haciéndose más errático.
«Adentro, pero con el condón,» le recordé. Por loca que estuviera, no iba a arriesgarme a otro bebé.
Asintió, y con un último empujón profundo, se vino. Lo sentí temblar, gemir, y luego desplomarse un poco sobre mi espalda. Los dos quedamos hechos un mar de sudor, jadeando.
Nos quedamos en el piso un rato, sin hablar. Después, nos levantamos y fuimos a la cocina. Encendí otro cigarro y le di uno a él. Fumamos en silencio, mirándonos. Él tenía mis marcas de dientes en el hombro. Yo sentía el ardor en los pezones y el peso de su leche en el condón dentro de mí.
«Esto va a seguir pasando,» dijo él, al final.
«¿Cómo? Vives a cuatro horas de aquí.»
«Pero vengo. A tocar, o invento algo. Yo quiero verte otra vez.»
Yo sabía que era un error. Él casado, yo con mi desmadre. Pero miré sus ojos y dije que sí. «Va. Pero cuando tú digas.»
Se fue como a las dos de la mañana. Yo me metí a la ducha y me lavé, pensando en todo. En su boca, en sus mordidas, en cómo me llenó. No me arrepiento. Ni un poco. A veces, una necesita sentirse deseada así, brutalmente, para recordar que está viva.
Ahora, seguimos hablando. Él me manda mensajes cuando puede. Yo le mando fotos de mis tetas, con los moretones que a veces me deja, y él se pone loco. Planeamos vernos en un mes, cuando él venga a tocar a un pueblo más cerca.
Así es esto. Complicado, tal vez malo, pero delicioso. Y mientras mis niños duerman profundos, y su esposa no se entere, yo voy a seguir disfrutando de sus mordidas y de su verga.


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