El sabor caribeño
La quietud de mis dos días de descanso se había tornado insoportable. Las paredes de mi monoambiente en Palermo parecían cerrarse sobre mí, y mi propio cuerpo, habituado a la adrenalina de los encuentros fugaces en ciudades ajenas, se rebelaba contra la monotonía. Después de una tarde entera de masturbarme sin conseguir la satisfacción profunda que ansiaba, una necesidad visceral me empujó a tomar medidas. Me vestí con un vestido negro, sencillo pero corto, uno que sabía que destacaría cada curva bajo la luz tenue de un bar. No buscaba romance; buscaba conquista, rendición.
El lugar elegido fue un antro de caza en el centro, uno de esos sitios donde la música alta ahoga las conversaciones y las miradas lo dicen todo. El aire olía a cigarrillo y deseo. Tras varios tragos de un whisky que ardía de forma familiar en mi garganta, mi radar detectó el objetivo: dos tipos, altos, de espaldas anchas y una energía que gritaba caribe. Venezolanos, supe por el acento al pedir la ronda de shots que acepté sin dudar. La conversación fue un mero trámite, un intercambio de sonrisas cargadas y dobles sentidos que apenas disimulaban la intención cruda. Sus nombres eran lo de menos; eran la promesa de lo que mi cuerpo exigía.
Bastaron un par de bailes, unos movimientos de cadera que eran más una invitación que un baile de salsa, para que el fuego se descontrolara. Sus manos en mi cintura eran firmes, posesivas. En el taxi de regreso a mi departamento, la contención estalló. Apretada entre los dos en el asiento trasero, sus bocas encontraron la mía y mi cuello con una hambre que me dejó sin aliento. Mis manos, ávidas, desabrocharon sus pantalones, encontrando bajo la tela la evidencia dura y palpitante de su deseo. Dos vergas, ambas considerables, gruesas y calientes, llenaron mis palmas. En la penumbra del auto, me incliné sobre el regazo de uno, tomándolo entero en mi boca, saboreando el salado precum, mientras el otro me mordía un pezón a través del vestido, sus dedos ya bajo mi falda, encontrando mi clítoris hinchado y empapado. El conductor ni siquiera se inmutó; debe estar acostumbrado.
Al llegar, la puerta apenas se cerró y la ropa voló por todos lados. No hubo preámbulos, ni caricias tiernas. El más alto, el de sonrisa más desafiante, me empujó contra la pared del living. «Abre las piernas», ordenó, y yo obedecí, sintiendo cómo la punta de su miembro, grande y con una curvatura deliciosa, buscaba mi entrada. La penetración fue un impacto seco, profundo, que me arrancó un grito ahogado. Me llenó por completo, cada centímetro, cada vena, lo sentía como si me marcara por dentro. Comenzó a moverse con embestidas largas y ritmicamente brutales, un vaivén que me hacía chocar contra la pared. El segundo, detrás de mí, esperó su turno con una paciencia que era en sí misma una tortura. Cuando el primero se corrió, caliente y profundo dentro de mí, el segundo me dio la vuelta y me colocó a cuatro patas sobre el sofá.
«Ahora te toca conmigo, mamita», dijo, y su acento espeso me electrizó. Su verga era ligeramente más corta pero más gruesa, una bestia que stretchó mis límites con una fuerza que me hizo ver estrellas. La tomó con ambas manos, guiándola hacia mi sexo, que ya chorreaba una mezcla de mi excitación y el semen de su amigo. La sensación de estar tan llena, tan usada, me enloqueció. Se turnaron durante horas, cambiando de agujero, de posición, de ritmo. Uno me follaba la boca, ahogándome con su longitud, mientras el otro me penetraba analmente con una destreza que solo la experiencia concede, encontrando ese punto que hacía que mis piernas flaquearan. Me usaron como su juguete personal, un objeto para su placer mutuo, y yo me abandoné a la gloriosa humillación de ser poseída por completo. Sus manos me marcaron la piel, sus voces guturales me elogiaban y maldecían en español caribeño, y el sonido húmedo de nuestros cuerpos sudorosos chocando era la única música que importaba. Vine una y otra vez, espasmos violentos que me sacudían cada vez que uno de ellos encontraba el ángulo perfecto o que el otro me susurraba obscenidades al oído. Amanecimos enredados en mis sábanas, exhaustos, embadurnados de nosotros mismos.


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