Por
El remplazo de José Manuel
A pesar de que José Manuel resistió casi un mes sin meterme mano, sus miradas descaradas se hicieron cada vez más evidentes. Ni mi marido ni sus compañeras le importaban. Llegó un punto donde entendí que tarde o temprano esto escalaría, y esa idea me tuvo inquieta y expectante. A veces, como toda niña de papá, pensaba en él por las noches y me decía que no me haría nada. Otras veces aceptaba la verdad: terminaría haciéndome suya.
Por gusto y por coqueta, empecé a usar la ropa que Andrés me compraba – minishorts, faldas cortitas, escotes pronunciados – consciente de las miradas obscenas que provocaba, aunque la que más me interesaba era la de José Manuel. No necesitábamos explicaciones; por puro instinto reconocíamos nuestras intenciones. Él quería poseerme y yo quería provocarlo para que lo hiciera.
Me encantaron sus primeras reacciones cuando usé esas blusitas que parecían reventar sosteniendo mis melones. Poco a poco dejó de importarle que lo atrapara mirándome, soltando frases con doble sentido que yo recibía con gusto. Supuse que después llegaríamos al manoseo y luego a algo más íntimo, pero la vida tenía otros planes.
Esa mañana me desperté con otro ánimo después del masaje del muchacho mudo. Me bañé y Andrés me dejó sobre la cama una minifalda de jeans y una musculosa sin corpiño. Ni tanga, ni medias. Nada. Bajé las escaleras mostrando mis piernas morochas pero blancas por falta de sol.
Cuando entré al cuarto de Ivana ni me di cuenta que podía haber alguien más. Me agaché normalmente para asistirla, sin preocuparme si mi minifalda se subía. Pero sentí esa energía rara, casi un escalofrío. Al mirar, vi unas rodillas color café y piernas con vellos enrulados junto al placard.
Levanté la vista y unos ojos café me miraban desde arriba. Me tapé la boca asustada justo cuando Jessica entraba y presentaba: «Le presento a Iván, vino en reemplazo de José Manuel que se lastimó un pie».
«Hola, ¿cómo está?», dije tratando de sonar formal. «Cuanta informalidad, ¿por favor sígame? Debemos conversar».
Camino a la cocina, contoneé las caderas sensualemente, queriendo impresinar a ese hombre llamado Iván. Sentía su mirada clavada en mis glúteos. Cuando me detuve y lo pesqué mirándome, lejos de asustarme, sonreí. «¡Pase por acá! ¿Siéntese?», ordené.
«Bueno, disculpe la desprolijidad, me llamo Lorena», dije extendiendo mi mano. Al tocar sus dedos sentí su fuerza inmediatamente. «Uffffff, qué fuerza tiene usted».
«Tengo fuerza en todo mi cuerpo», respondió con una seguridad que me erizó la piel. «Debí presentarme antes. Estoy aquí para cubrir a mi amigo, con todo lo que él hacía. Con la niña, y con todos acá en general».
Me quedé en silencio, pensativa. ¿Habrá contado algo José Manuel?
«¿Desayunó?», pregunté cambiando de tema. «Si es no, quédese un ratito. Mientras le preparo a mi hija, no me cuesta nada darle a usted también. Le pagaré como a José Manuel por sus servicios».
«¿Por todos los servicios?», preguntó con una sonrisa pícara.
En ese instante, el plato de galletitas que le alcanzaba se cayó entre sus piernas. Trozos con queso quedaron pegados en sus muslos y short. «Non, no no, quédese, yo los tiré, yo los recojo», dije arrodillándome frente a él.
Para incorporarme sin perder el equilibrio, me apoyé en una rodilla y tocé la galleta con queso. «¡OHHHH!!! ¡DÍOS, NO ME DI CUENTA!», exclamé arrodillándome completamente, dándole una vista que llegaba hasta mis pezones. Lo pesqué mirándome descaradamente, pero no me enojé. Estaba demasiado concentrada en lo que estaba sintiendo.
No me di cuenta de nada, solo que le estaba acariciando la rodilla mientras limpiaba con mi mano. Cuando le pedí un repasador y se inclinó sobre la mesada, juré que le vi un testículo y no pude dejar de mirarlo.
Mientras limpiaba el queso derramado, él me miró con una soberbia que debería haberme ofendido, pero solo me excitó. Me quedé helada, estática, temblando como adolescente. ¿Qué me estaba pasando?
Entonces vi cómo adelantaba sus caderas hacia mí. Me quedé mirando fijamente su pene – no, su verga, gruesa e imponente. La tenía a tres centímetros de mi mentón. Cometí el error de tragar saliva y mirarla fijamente. Levanté la vista hacia sus ojos, luego volví a bajar. Él acercó esa cosota a mis labios hasta apoyarla contra ellos. Sentí su rugosidad, su humedad. Miré sus ojos y él me hizo una seña para que abriera la boca. Y obedecí.
Sentí tantas ganas de abrirme para él… Si me pedía abrir mis piernas, ¿lo haría? Así como se abrió paso con mi boca, podría hacerlo con todo mi cuerpo.
Se levantó con una mirada dilatada de placer, una sonrisa burlona y una seguridad tan arrogante que lejos de molestarme, me excitó por lo imponente que era.
De pronto, me tomó del cabello y me puso en cuclillas. Me dolieron las piernas al levantarlas del suelo, pero aguanté. Abrió su bragueta – ese short tenía cierre con botones marrones – bajándolo solo lo necesario para liberar su erección. Alcanzaba unos 19 centímetros, pero su grosor era lo que me enloquecía.
«Primero muéstrame respeto», ordenó, manoseando su miembro. ¿Quién te crees que sos?, pensé, pero cuando alejé mi cara, me tomó fuerte del cabello guiándome de vuelta hacia él.
Mentalizándome, humedecí mis labios y acerqué mi rostro a su entrepierna. Suspiré y comencé a estimularlo, saboreándolo poco a poco, familiarizándome con esa tarea. Sentía lo suave de su glande deslizándose por mi boca, pero no podía engullirlo completo.
Entonces, en un acto brusco, posicionó mi cabeza y me la metió hasta la garganta. Primero despacio, luego con fuerza, asustándome al sentir cómo llenaba mi boca y cortaba mi aire. Miré hacia arriba y lo vi con esa mirada de demonio, como si hubiera perdido la razón. Poco le importaba que fuera una mujer que acababa de conocer, que fuera su jefa. Tomándome de la cabeza, impuso la velocidad y la fuerza, ahogándome mientras abusaba de su poder.
Me sentí un poco violentada, pero lo acepté. Él merecía tenerme a su antojo y mi deber era complacerlo. Porque él quería.
Cuando ya me acostumbraba a sentir su falo en mi boca, interrumpió el acto y me levantó del cabello, acorralándome contra la mesada. Levantó una de mis piernas en su brazo y frotó su verga contra mi vulva, mientras tomaba una de mis tetas para bombearla con su boca.
Me abracé a él, disfrutando su aroma masculino, sintiendo cómo frotaba su hombría contra mí. Estiré mi pierna para cerrar la puerta de la cocina… y me di cuenta de que ya me podría coger cuando quisiera.
Una respuesta
-
Uff! Lo que me encantaría poner ese culo sobre mi verga..


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.