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Anónimo

abril 11, 2026

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El perfume de mi sobrino

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Pocas cosas me calientan últimamente. A mis más de 30, pensaba que el libido ya se había ido al carajo y que solo me quedaba esperar dosis de colágeno en el sexo. No sé si me tocó un sobrino con máster en seducción o si yo soy demasiado sensorial y calenturienta.

Esa mañana tocó la puerta. Abrí y me quedé atontada cuando me saludó. Lo primero que desayuné fue su perfume. Me perdí en su aroma, apenas podía hilvanar frases. Sentí que flotaba detrás de él, oliéndolo. Y yo ni siquiera me había bañado todavía. Él venía de camisa, perfumado; yo con camisón y olor a cama.

Corrí a ducharme. Él insistió en que me quedara así, que olía más rico recién levantada. No juzgo. Igual me puse un pantalón de pijama bien arriba, exageradamente arriba. No encontré nada para sujetarme el pelo, y él me gritó que el café se enfriaba. A la mierda, agarré unas bragas del día anterior y me hice un nudo con ellas. No se dio cuenta en todo el desayuno.

Nos tiramos en el sillón a ver una serie. Me llegaban bocanadas de su perfume y me sentía seducida. Pensaba en pegar la nariz a su cuello para embriagarme. Mi clítoris empezó a palpitar. Me dejé caer ocupando todo el sillón, sin dejarle opción que no fuera contacto físico. Mis ojos le decían todo, acuéstate sobre mí, rompamos esta tensión, bésame, arráncame el pijama y empótrame contra el brazo del sillón… o toma mis pies y masajéalos para saciar tu fetiche con las patas de tu tía.

Eligió la segunda. Igual disfruté esos masajes eternos.

Su aroma me desconcentraba. Ya no quería ver la tele, quería ahogar gemidos en los cojines. Me perdía mirándolo, camisa abierta, cuello expuesto. Quería perderme en él hasta descubrir cada nota de su perfume. Él tampoco estaba pendiente de la serie. Andaba buscando las notas del olor de mis pies, cosa de fetichista. Moví los deditos acariciándole la nariz. Salió del trance, avergonzado, y nos dio la risa. Para salir del momento me quitó los calcetines y empezó a olerlos exageradamente. Yo pataleaba y reía, sentía su respiración caliente en los dedos y sus labios húmedos en la planta.

Nos levantamos a hacer el almuerzo. En la cocina me mostró su destreza con el cuchillo. Yo estaba perdida en sus antebrazos gruesos, ahora al descubierto. Cuando se arremangó la camisa, una oleada de su perfume me hizo perder el control. Me abalancé por detrás, le olí el cuello con el mismo deseo que él había puesto en mis pies. Le hacía preguntas mientras, por inercia, le manoseaba el abdomen y los antebrazos. No me resistí y me dejé ver deseosa. Di un paso atrás cuando volví en razón.

Llegó mi turno de cocinar.

-Estás usando un calzón para amarrarte el pelo…, en serio?

Mierda, lo había olvidado. Me reí. Mientras me excusaba, él hundió la nariz en mi cabello, me tomó de la cintura y pegó su pelvis contra mi espalda. Yo me resistía, él seguía. Bajó a mi cuello, me decía cuánto le encantaba mi olor natural, me besaba y su mano atravesó el camisón como yo había hecho antes con él. Apretaba mi pancita. Me dejé llevar.

Llevé el cuello para atrás, puse mi mano en su nuca. Él seguía besándome el cuello mientras sus manos subían lento hacia mis pechos. Me perdí pensando, quiero que me agarre las tetas con fuerza, que mis pezones se escapen entre sus dedos, que mi gemido sea la señal para que me folle de una vez.

Sentía su pene creciendo contra mi espalda. Quería que me empotrara contra el mesón, que me abriera las piernas y entrara una y otra vez.

Sus manos ya estaban bajo mis pechos. Sube un poco más, escúchame gemir, bájame el pantalón y entra lo más adentro posible, pensaba.

Su pene se asfixiaba en el pantalón. Mi clítoris palpitaba fuerte. Gemí. Me puso contra el mesón, me bajé el pijama de un tirón. Un pie se me quedó atrapado, forcejeé para sacarlo. Él, apurado, intentaba abrirme las piernas. No había coordinación. Sentía el roce caliente de su pene buscando mi vagina. Logré quitarme el pantalón. Le di el mejor ángulo de mi culo. Sentí cómo recorría la zona con el glande antes de entrar. Cerré los ojos…

La reconchadetumadre. Tocaron la puerta con fuerza, con ese ritmo conocido. Era mi prima.

Quedamos congelados. Ella había llegado antes o se nos pasó la hora. Me puse el pantalón mientras corría, me guardé las tetas en el camisón y le abrí.

-Vine un poco antes para arreglarnos juntas.

Yo pensando en las ganas de venirme que tuve hace segundos.

Almorzamos y ella pidió la ducha.

Nos quedamos solos mi sobrino y yo. Nos reímos de todo lo que acababa de pasar. Él se abalanzó sobre mí. Pensé en mi primera fantasía del día, ahogar gemidos contra los cojines. Lo detuve. Era estúpido y peligroso hacerlo ahora.

Me quitó la “liga” improvisada que todavía tenía en la cabeza. Esnifó mis bragas con deseo. Sentí su obsesión.

Lo tomé del brazo, lo arrastré por el pasillo, pasamos detrás del baño, entramos a la cocina y nos encerramos en la despensa. Claustrofóbico y oscuro. Nos besamos con pasión, de forma grotesca. Me apretaba el culo. Yo desabroché su pantalón peleando con el cinturón. Él se adelantó, sus dedos ya recorrían mi coño. Mis piernas temblaban descontroladas. Saqué su pene, lo masturbé rápido y escupí encima.

Quería algo de él dentro de mí ya. Sacó los dedos de mi coño y los metió en mi boca. Me gusta mi sabor, pero no los quería ahí. Con la otra mano me tiró del pijama, puso saliva en sus dedos y entró directo. Clavó los dedos en mi vagina. Se me escapó un gemido. Me tapó la boca y siguió moviéndolos con intención. Me derretía. Su perfume inundaba todo. Mi coño ahogaba sus dedos. La ducha tapaba el sonido de mis fluidos cuando jalaba fuerte. Apenas quitó la mano de mi boca gemí que me iba a correr.

Recuperé el aliento y quise bajar a chupársela. Él me tomó, me volteó y entendí. Bajé el pantalón hasta las rodillas, levanté el culo. Íbamos a follar parados. Apenas podía separar las piernas. Sentí el calor de su pene buscando entrar. La saliva que había puesto en el glande ayudó.

-Despacio, mi amor .- Le pedí mientras se abría paso.

Puse mi propia mano para atrapar los gemidos. Imposible. Con las piernas juntas sentí toda la longitud y el grosor. Me empotró contra el estante donde guardo la comida. Ese estante va a recordarme esto cada vez que cocine. Dejó de moverse, se apoyó atrás. Ahora era mi turno, me hacía moverme adelante y atrás. Se oía mi culo rebotando contra su pelvis. Me corrí de nuevo, ahora con su pene dentro, donde lo quería.

Apoyé la espalda contra su pecho. Seguía dentro. Nos besamos. Volví a moverme, despacio, corto, preciso. Humedecí mis dedos y me masturbé mientras me penetraba suave. Tercer orgasmo del día en una puta despensa.

Nos despegamos. Me pidió que se la chupara. Le dije que ya no teníamos tiempo. Suplicó. Accedí. Me sujetó el pelo, apenas lamía el tronco de su pene, escuché mi nombre a gritos, a la mierda nos arreglamos y salí de la despensa.

-*****!!, Donde están las tollas!??. – Escuchamos eso y me volvió el alma al cuerpo. teníamos un par de minutos más.

Dejé la puerta de la despensa abierta, me arrodillé en la cocina.

-Qué haces, loca?, Entra!

-Hagámoslo rápido.

Le comí su polla, arrodillada. Ya no nos quedaba tiempo. Me sujeté el pelo con una mano, saqué la lengua. Él se masturbó sobre mi cara. Deseaba su semen, ojalá fuese en mi cuerpo, sobre mis tetas. Sería en mi boca, lo tragaría frente a el, es primera vez que ve su pene en mi boca, que ve mi cara de deseo mientras tenemos sexo oral.

Mientras mi prima se secaba a pocos metros, yo estaba detrás de esa pared, arrodillada, recibiendo una descarga de semen. El primer chorro cayó en mi mejilla, los demás entraron en mi boca. Saboreé todo lo que pude y tragué.

Escuchamos la puerta del baño. Empecé a caminar por el pasillo. Él me tomó del brazo y me limpió el semen que había caído en la cara. Le chupé el dedo con el que me limpió.

Aquí no pasó nada. pero descubrí mucho.

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