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El pasado de mi esposa me pone muy cachondo
Creo que me casé con una mujer demasiado cachonda
Recientemente me casé con mi novia, me quedé con ella porque somos muy compas, pero como todo el mundo al principio, me gustó por su apariencia física. Es linda, y a mí principalmente me gustan las mujeres con cuerpo, bien hechas, siempre me gustaron, sobre todo también por ser fuertes y musculosas. La cosa es que al principio ya me di cuenta de que era bien cachonda y le gustaba el asunto, y poco a poco fui descubriendo sobre su pasado. Al principio, preguntaba sobre el pasado por celos y para conocernos mejor, y poco a poco fui viendo la cantidad de cosas promiscuas que hizo mientras estaba soltera. Me da gusto estar con alguien con experiencia y que me ame de verdad. Pero me siento culpable por que me guste eso y sentirme caliente con eso.
Una noche, después de una de nuestras sesiones de sexo más intensas, nos quedamos desnudos, jadeando, y en ese estado de confianza que solo llega después del orgasmo, ella empezó a contarme. Fue como abrir una compuerta. «¿Te cuento algo que nunca le dije a nadie?», me dijo, con una sonrisa pícara. Yo, con la cabeza en su pecho, solo asentí.
Me contó que, antes de conocerme, tuvo un trío con su mejor amiga y un tipo que conocieron en una fiesta. Dice que fue en el departamento de su amiga, y que al principio solo iban a tomar, pero el ambiente se puso caliente. «Mi amiga y yo nos empezamos a besar, para ver cómo reaccionaba él», susurró, mientras su mano dibujaba círculos en mi espalda. «Y al tipo se le salían los ojos. Nos desnudamos las dos frente a él y empezamos a tocarnos. Luego él se unió». Me describió cómo la cogieron entre los dos, cómo su amiga le chupaba las tetas mientras el tipo se la metía por detrás, y cómo al final, el hombre se corrió en la cara de las dos. «Fue un desastre pegajoso», se rió, «pero fue increíble». Yo, escuchando, sentía cómo mi verga, que ya estaba rendida, daba un pequeño salto contra su muslo.
Otra vez, en otra de esas confesiones que llegan en la oscuridad, me habló de un ex que tenía un fetiche con el culo. «Ese sí que era un animal», dijo, con un tono que no era de añoranza, sino de asombro ante su propio pasado. «La primera vez que lo hicimos, me pidió darme por ahí. Yo nunca lo había hecho, pero tenía tanta curiosidad… y él tanta paciencia». Me contó que usó casi medio bote de lubricante, que le dolió al principio, pero que después, cuando encontró el ángulo, sintió un placer que nunca había imaginado. «Gritaba como loca», admitió. «Y a él le encantaba. Me decía que mi culo era suyo, que era el más apretado que había tenido. Me lo follaba hasta que los dos quedábamos sin aire». Mientras lo contaba, su voz se volvía más ronca, más cargada de algo que yo reconocía: el mismo calor que sentía yo, pero en ella.
Pero la historia que más me impactó, la que más veces ha vuelto a mi mente cuando estoy solo, fue la del baño público. Fue en un cine, en una de esas salas medio vacías de una función de tarde. «Estábamos viendo la película y nos empezamos a tocar como adolescentes», confesó. «Él me metió la mano bajo la falda y yo ya estaba empapada. Nos miramos y sin decir nada, nos levantamos y nos metimos al baño de discapacitados, que siempre está solo». Me describió la presión, el riesgo de que alguien llegara, el sonido de la cerradura al echarse. «Me subió al lavamanos, me bajó los leggins y me la metió de una. Era rápido y salvaje, los dos jadeábamos tratando de no hacer ruido. Yo me mordía el labio para no gritar, y él me tapaba la boca con su mano». Terminaron en pocos minutos, se arreglaron como pudieron y volvieron a la sala como si nada. «Tenía las piernas temblando el resto de la película», dijo, y su risa era una mezcla de vergüenza y orgullo.
Después de cada una de estas confesiones, el sexo que tenemos es diferente. Más intenso, más posesivo por mi parte. Quiero reclamarla, marcar lo que es mío, como si pudiera borrar con mi cuerpo todas esas memorias. Pero en la quietud que sigue, cuando ella se duerme plácidamente en mis brazos, es cuando viene mi secreto. Mi culpa.
Me levanto con cuidado, me voy al baño o al estudio, y con el corazón acelerado, me siento frente a la computadora o simplemente cierro los ojos. Y entonces, me masturbo. A escondidas, como un adolescente, pensando en todo lo que ella me contó. Mi mente recrea cada escena con un detalle enfermizo: veo a su amiga chupándole los pezones, veo al ex penetrándola por el culo mientras ella grita en la almohada, veo el cuerpo sudoroso del tipo del cine empujándola contra el frío lavamanos del baño público. Me excita saber que mi mujer, la mujer seria y cariñosa con la que me caso en público, tiene ese historial de pura lujuria. Me excita la imagen de ella siendo usada, deseada, tomada por otros hombres.
Me corro pensando en eso, rápido y en silencio, limpiando todo rastro antes de volver a la cama. Me acuesto a su lado y la abrazo, sintiendo una mezcla de amor profundo y una perversión que no me atrevo a nombrar. Ella murmura algo dormida y se acurruca contra mí.
¿Está mal? No lo sé. Solo sé que me casé con una mujer demasiado cachonda, con un pasado que es como un libro erótico vivo. Y aunque ella ahora es solo mía, aunque me ama y me elige a mí todos los días, hay una parte de mí, sucia y hambrienta, que agradece cada una de esas experiencias que tuvo. Porque ahora, son mías también. Son el combustible secreto de mis fantasías, el fuego que mantiene viva una llama de deseo que, tal vez, un pasado menos intenso no podría alimentar. Me siento culpable, sí. Pero cuando me mira con esos ojos llenos de amor y luego, en la intimidad, me susurra otro fragmento de su historia, la culpa se desvanece bajo una ola de pura y adictiva excitación.


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