diciembre 20, 2025

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El onsen en Japón

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Japón nos cambió, pero esa noche en Kinosaki nos marcó de por vida.

Todo empezó con la buena onda. Conocimos a esta pareja en el lobby del ryokan, él español como nosotros, ella holandesa, un poco mas jóvenes, muy guapos, con esa energía de vivir en Barcelona que se les notaba. Nos caímos bien al instante. Hablamos de viajes, de los templos, de la comida… y claro, de lo increíble que era la experiencia de los onsens. Yo, la verdad, ya estaba con la mosca detrás de la oreja, porque el chico, Sergio, tenía una mirada que me recorría el cuerpo aunque fuera con el yukata puesto.

Total, que a la noche nos tocaba el turno del onsen privado familiar, uno de esos que alquilas por hora y que es como una suite con bañera de agua termal al aire libre. Estábamos mi Roberto y yo entrando, cuando los vimos llegar a la zona de onsen público con cara de perro mojado. Ellos no habían conseguido turno y tendrían que separarse, él al onsen de hombres y ella al de mujeres. Roberto, que es un sol, les dijo: «Oye, tenemos este privado, si queréis pasar con nosotros, es grande.» Yo me quedé un poco… no sé, sorprendida, pero también con un cosquilleo en el estómago. Ellos se miraron, dudaron un segundo, y luego la chica, Maud, dijo: «Si no os importa… sería increíble.»

Así que entramos los cuatro. El ritual es claro: primero el vestidor. Empezamos a desvestirnos. Ay, Dios mío, la tensión. Yo me desaté el yukata intentando no mirar, pero era imposible. Sergio se quitó el suyo y ahí estaba, con un cuerpo joven, atlético, y una polla que aún flácida se veía que iba a dar guerra. Maud era una diosa, rubia, con unas tetas perfectas y un culo redondito que me hicieron sentir un poco insegura, pero también muy excitada. Nos duchamos por separado, pero el simple hecho de estar los cuatro desnudos, enjuagándonos, sentía las miradas como caricias.

Cuando entramos al agua caliente, al aire libre, con esas piedras y el vapor, el silencio fue otra vez incómodo, pero delicioso. El agua nos cubría hasta el pecho, pero se transparentaba. Yo no podía dejar de mirar la polla de Sergio, que empezaba a crecer bajo el agua. Roberto, a mi lado, también la miraba. Y Maud miraba a Roberto. La electricidad en el aire era más densa que el vapor.

No sé quién se movió primero. Quizás fui yo. Me deslicé por el borde de la roca y me acerqué a Sergio, como si fuera a preguntarle algo sobre el agua. Nuestras piernas se rozaron bajo la superficie y él no se apartó. Mi mano, como sin querer, bajó y rozó su muslo. Él contuvo la respiración. Entonces, Maud hizo lo mismo. Se acercó a mi Roberto y le dijo algo al oído, sonriendo. Roberto me miró, con esa mirada que significa «¿vas a dejar que esto pase?», y yo le devolví la mirada con un «por supuesto que sí, cabrón».

Fue entonces cuando mi mano encontró la polla de Sergio bajo el agua. Ya estaba dura como una piedra, gruesa y caliente. La agarré y empecé a acariciarla, sintiendo cómo palpitaba. Él cerró los ojos y dejó escapar un suspiro. Al otro lado, vi cómo Maud hacía lo mismo con Roberto, quien ya tenía su verga bien parada y la holandesa la acariciaba con sus dedos largos y finos. Yo, sin soltar a Sergio, me giré un poco y vi a Maud agacharse y metérsela en la boca a mi marido. Ufff, ver eso… me puse a mil. Empecé a jalársela a Sergio más rápido, y él se inclinó y me besó. Un beso profundo, húmedo, con lengua, que sabía a agua termal y a deseo puro.

El tiempo, maldito tiempo, se nos acabó. Oímos el aviso suave por el altavoz. Nos separamos, jadeando, con los cuerpos encendidos. Fue Roberto quien, con una voz ronca que no le conocía, dijo: «Tenemos una botella de sake en la habitación. ¿Subís?» Ellos asintieron sin dudar.

Subimos, los cuatro, con las toallas alrededor del cuerpo, pero la excitación era tan palpable que casi se podía tocar. Al entrar a nuestra habitación tradicional, con los futones en el suelo, ya no hubo preámbulos. Sergio me empujó contra la pared de papel y me quitó la toalla. «Llevo toda la noche viéndote y necesito follarte,» me dijo, y me bajó a la esterilla. Me puso a cuatro patas, sin más, y yo sentí cómo la punta de su polla, enorme y palpitante, buscaba mi coño. Estaba empapada, chorreando, y él me la metió de una. ¡Ay, coño! Grité, pero Maud, que ya estaba desnuda, se acercó y me tapó la boca con la suya, besándome profundamente mientras su chico me empezaba a dar duro por detrás.

Roberto observaba, sentado en un cojín, con la polla en la mano, jalándosela mientras veía cómo un hombre quince años más joven me daba por el culo. «Así, métesela toda, que le gusta profundo,» le decía mi marido, y a mí eso me ponía aún más loca. Sergio obedecía, agarrándome de las caderas y clavándomela hasta el fondo, una y otra vez. Yo gemía en la boca de Maud, que luego bajó y empezó a chuparme las tetas, mordiéndome los pezones.

Después de correrme por primera vez, temblando, Sergio me dio la vuelta y se la metió por delante, mirándome a los ojos mientras me follaba en misionero. «Tu coño es increíble,» me decía, y yo solo podía gemir. Vi cómo Roberto se levantó y se acercó a Maud. La tumbó a mi lado, la abrió de piernas y se la metió. Estábamos los cuatro en el suelo, follando en paralelo, los gemidos y los golpes de cadera llenando la habitación.

Pero lo mejor vino después. Sergio, sin salirse de mí, le dijo a Roberto: «Cambiamos? Dale a la mía por los dos lados.» Roberto, con los ojos brillantes, asintió. Sergio se salió de mí, su polla brillando con mis jugos, y se fue hacia Maud. Roberto vino a mí, me besó con pasión y me dijo: «Te vas a correr otra vez, puta.» Y luego se colocó detrás de Maud. Lo que vi entonces… uff, no lo olvidaré jamás. Sergio se metió en la boca de Maud, que se la tragaba entera, mientras mi Roberto, desde atrás, le abría el culo a la holandesa y se lo metía. Ella estaba en el medio, recibiendo por los dos agujeros, y sus ojos se ponían en blanco de placer. Los gemidos que salían de su garganta eran brutales, y yo, temiendo que nos echaran del hotel, me abalancé sobre ella y le tapé la boca con mis besos, ahogando sus gritos mientras sentía cómo su cuerpo se estremecía entre los dos hombres.

Fue una locura. Una sinfonía de carne, sudor y gemidos ahogados. Después de que los dos se corrieran en ella, fue mi turno otra vez. Sergio y Roberto me usaron a mí, pasándome de uno a otro, follándome por todos lados hasta que ya no podía más. Terminamos los cuatro exhaustos, sudados, y riéndonos bajito de la locura que acabábamos de hacer.

A la mañana siguiente, desayunamos juntos como si nada. Ellos siguieron su viaje y nosotros el nuestro. Nunca más nos volvimos a ver, pero esa noche en el onsen de Kinosaki… ay, Dios, cada vez que me acuerdo se me moja el coño al instante. Fue tan espontáneo, tan caliente, tan… liberador. Roberto y yo ahora tenemos un nuevo nivel de complicidad. Y un nuevo recuerdo favorito para masturbarnos.

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