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enero 28, 2026

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El olor a verga de mi papá

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Tengo 18, estudio la prepa en CDMX. Vivo con mi papá, mi mamá y mi hermano mayor. Él tiene 22. Se llama Luis. Y mi papá, pues es mi papá, se llama Ricardo. Los quiero mucho, obvio. Pero hay algo que empezó hace como seis meses y no puedo parar.

Todo comenzó un día que yo tenía que lavar la ropa. Es mi turno los martes. Estaba recogiendo la ropa sucia de los cestos de cada cuarto. Cuando entré al cuarto de mi hermano, él no estaba. Había salido con sus amigos.

Su cesto estaba lleno de ropa. Playeras, jeans, calcetines. Y ahí, en la cima, vi unos boxers negros. De esos deportivos. Me quedé mirándolos. No sé por qué. Los agarré. Eran de algodón, estaban un poco rígidos de secos. Me los llevé a la nariz.

Huelen… uff. A él. A su sudor, pero no un olor feo. A algo más. Como a su piel, mezclado con su desodorante. Un olor fuerte, masculino. Me dio un vuelco en el estómago. Un calor raro.

Los solté rápido, como si me hubieran picado. Miré hacia la puerta, asustada. Nadie venía. Volví a agarrarlos. Esta vez los apreté contra mi cara. Respiré hondo. Mi corazón latía fuerte.

Desde ese día, empecé a fijarme. Los martes eran mi día. Mi oportunidad. Aprendí sus rutinas. Mi hermano se va a trabajar temprano, mi papá también. Mi mamá se queda en casa, pero suele ir al mercado los martes en la mañana. Es una ventana de tiempo.

Un martes, después de que todos se fueron, me metí al cuarto de mi papá. Su cesto. Tenía sus calzones. Blancos, de algodón. También los olí. Su olor es distinto. Más… maduro. A jabón de barra, a su trabajo, a algo que es solo de él. También me gustó. Fue más fuerte, más intenso.

Empecé a tomar cosas. No siempre. A veces solo un calcetín de mi hermano. O un pañuelo que usó mi papá. Los escondía en mi mochila, los llevaba a mi cuarto. Los guardaba en una caja de zapatos vieja, debajo de la cama.

En mi cuarto, a solas, los sacaba. Primero solo los olía. Luego empecé a… usarlos. Me los ponía. Los boxers de mi hermano son grandes en mí, me llegan a mitad del muslo. Me pongo uno y me acuesto en la cama. Me toco por encima de la tela. Siento el lugar donde estuvo su paquete, su verga. Me imagino que es él. Que él está ahí.

Una vez, mi hermano dejó un short de deporte. Estaba sudado, realmente usado. Me lo puse. No traía nada abajo. La tela áspera, mojada de su sudor, me rozaba entre las piernas. Fue increíble. Me vine en menos de cinco minutos, apretando la tela contra mí, oliendo su olor en mis propias manos.

Con las cosas de mi papá es diferente. Me da más cosa. Pero también me excita. Es más prohibido, quizás. Sus calzones son más grandes. Me los enrollo en la mano y me los paso por la cara, por el cuello. Huelen a autoridad. A papá. A veces me imagino que él me ve. Que me dice que soy una niña mala. Eso me prende más.

Hace un mes, casi me descubren. Mi mamá entró a mi cuarto sin tocar. Yo tenía puesto uno de los boxers de mi hermano y solo una playera. Estaba en la cama, con los ojos cerrados, oliendo un calcetín.

“Camila, ¿qué haces?”

Me senté de golpe. Escondí el calcetín bajo la almohada. “Nada, mamá. Estaba descansando”.

“¿Y eso que traes puesto?”, preguntó, señalando mis piernas. Los boxers negros se me veían debajo de la playera.

“Son… shorts”, dije. “Son de dormir”.

Ella frunció el ceño. “Parecen ropa de hombre”.

“Son oversized”, mentí. Mi corazón quería salirse.

Ella se fue. Desde entonces, tengo más cuidado. Siempre cierro con llave.

Pero la necesidad es más grande. Ahora no solo los martes. A veces, si sé que mi hermano se va a bañar después del gym, me meto al baño rápido. Su ropa sudada está en el cesto. Busco sus boxers. Los tomo, los escondo en mi toalla, y me los llevo. Los dejo un día, los uso, y luego los regreso al cesto sucio. Nadie nota que faltan unas horas.

Con mi papá es más difícil. Él no hace tanto deporte. Pero a veces deja su ropa en el sillón. Una vez dejó una playera que usó todo el día. Me la puse. Era enorme. Me cubría como un vestido. Me acosté en su cama, en su lado, y olí la almohada. Tiene su olor también. Me puse la playera sin nada debajo y me toqué hasta venirme, imaginando que era su mano, su boca.

Ayer pasó algo que me asustó, pero también me excitó como nunca.

Mi hermano trajo a su novia a cenar. Estuvieron en la sala un rato, luego él la llevó a su cuarto. “Vamos a ver una película”, dijo. Yo sabía que no iban a ver nada.

Me fui a mi cuarto, pero no podía concentrarme. Tenía calor. Me quité los jeans y me quedé en shorts y playera. Salí a la cocina por agua. Al pasar por el pasillo, la puerta de mi hermano no estaba cerrada del todo. Solo un huequito.

Me detuve. No pude evitarlo. Me asomé.

No se veía mucho. La luz estaba apagada, solo la de la tele. Pero vi movimientos en la cama. Oí gemidos bajos. Era la voz de su novia. “Ay, Luis…”

Luis. Mi hermano. Él gruñó algo que no entendí.

Me pegué más a la puerta. Mi respiración se aceleró. Él estaba encima de ella. Se le veía la espalda desnuda, ancha. Se movía. El sonido de los cuerpos, un golpeteo rítmico… me dejó sin aire.

De repente, él se detuvo. “Espera, voy por un condón”, dijo. Se bajó de la cama. Venía directo hacia la puerta.

Yo me eché para atrás, pero no fue suficiente. Él abrió la puerta de golpe y me vio ahí, en el pasillo, con la cara colorada y los ojos como platos.

“Camila… ¿qué haces?”, preguntó. Solo tenía puesto un boxer. El mismo tipo que yo me pongo. Negro, deportivo. Se le veía todo el paquete, grande, todavía medio erecto.

“Nada, iba por agua”, dije, pero mi voz sonó rara.

Él me miró. Sus ojos bajaron a mi cuerpo. A mis shorts cortos, a mis piernas. Se quedó un segundo de más. Luego volvió a mirarme a la cara. “Pues ve”, dijo. Pero no se movió.

Yo tampoco. Nos quedamos mirándonos. En su cuarto, su novia preguntó “¿Qué pasa, amor?”.

“Nada”, dijo él, sin apartar la vista de mí. “Ya voy”.

Entró de nuevo y cerró la puerta. Pero esta vez, la cerró del todo. Oí el clic del seguro.

Yo me fui a la cocina, temblando. Tomé el agua, pero mis manos no paraban. Volví a mi cuarto. Me senté en la cama. No podía pensar. Solo veía su imagen. Sus boxers, su cuerpo, la forma de su paquete.

Abrí mi caja de zapatos. Saqué un par de sus boxers que tenía escondidos. Uno olía a sudor fresco, de hoy. Debe habérselo quitado antes de que llegara su novia. Me lo puse. Luego me quité la playera y el sostén. Me acosté, solo con sus boxers.

Los olí. Eran él. Puro él. Me metí la mano dentro y empecé a tocarme. Fue rápido, violento. Pensé en él abriendo la puerta. En su mirada. En lo que estaba haciendo con su novia en ese momento.

Grité en un gemido ahogado cuando me vine. Fue el orgasmo más fuerte que he tenido.

Después, lloré. De vergüenza, de miedo, de no saber qué está pasando conmigo. ¿Soy una rarita? ¿Una pervertida? No sé. Solo sé que el olor de ellos, de mi hermano y de mi papá, me vuelve loca. Y no puedo parar.

Ahora, cada vez que veo a mi hermano, me acuerdo. Y él también me mira distinto. A veces me parece que lo sabe. Que huele su propio olor en mí. Y eso… eso hace que todo sea aún más intenso. Y más aterrador.

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