Por
El muy condenado tomaba mi ropa interior...
Bueno, miren. Esto es algo que llevo callando demasiado tiempo. Y necesito sacarlo, aunque sea aquí, con gente que no me conoce. Porque en la vida real, Dios mío, ni se me ocurre abrir la boca.
Tengo cuarenta y nueve años. Soy Claudia. Venezolana, viviendo fuera, como muchos. Divorciada hace diez años. Y desde hace ocho, vivo solo con mi hijo. Sebastián. Tiene veintiuno ahora. Pero esto empezó cuando él tenía… diecisiete, quizás. Fue creciendo y las cosas fueron cambiando. No de golpe, poco a poco.
Al principio eran cosas pequeñas. Miradas que se quedaban un segundo de más cuando yo salía de la ducha, con la bata puesta. Él decía “hola, mamá” y sus ojos bajaban a mi escote. Yo lo notaba, claro. Pero lo ignoraba. ¿Qué iba a hacer? Es normal, me decía. Un chico joven, con hormonas a tope, y yo soy una mujer que se cuida. Hago ejercicio, me visto bien. Me han dicho que no aparento la edad.
Pero hace unos cuatro meses, pasó algo que ya no pude ignorar.
Era un sábado. Yo estaba ordenando mi armario. Tengo un cajón solo para ropa interior, lencería, esas cosas. Y me di cuenta de que me faltaba un conjunto. Un brassier negro, de encaje, y la tanga a juego. Uno de los bonitos. Me gusta comprarme cosas así, aunque no tenga con quién usarlas. Me hace sentir bien.
Busqué por todos lados. No estaba. No en la lavadora, no tirado por ahí. Nada.
Al día siguiente, fui a la habitación de Sebastián. Iba a preguntarle si había visto al gato, cualquier excusa. La puerta estaba entreabierta. Empujé un poco, sin hacer ruido.
Y ahí lo vi. Sentado en la cama, con la espalda hacia la puerta. Tenía algo negro en las manos. Lo estiró. Era mi brassier. Se lo llevó a la cara y lo olió, hondo. Luego lo apretó contra su pecho. Yo me quedé congelada en la puerta. No podía moverme. No era asco. Era… una sacudida. Algo caliente y pesado que se me instaló en el estómago.
Me retiré sin hacer ruido. Cerré la puerta de mi cuarto y me apoyé contra ella. Mi corazón latía como si me fuera a salir. Mis manos temblaban. Y lo peor… lo peor es que entre mis piernas, sentí un calor húmedo. Una reacción que no pedí. Que no quería. Pero estaba ahí.
Al rato, armé valor. Fui a su cuarto otra vez, esta vez tocando. Él estaba en la computadora.
“Sebas, ¿no has visto uno de mis brassieres? Uno negro”, le pregunté. Traté de sonar normal.
Él se puso colorado al instante. No me miró. “No, mami. No sé”.
“¿Seguro? Porque juraría que lo vi por aquí”, insistí. Me acerqué un poco más. Él olía a su desodorante, a jabón. A hombre joven.
“Te digo que no”, dijo, pero su voz sonó ronca. Se ajustó el pantalón de deporte. Y ahí, Dios mío, vi el bulto. Se le marcaba enorme. No lo podía esconder.
Yo me quedé mirando. No pude evitarlo. Era… impresionante. Grande. Me mordí el labio.
“Bueno”, dije, y salí de la habitación. Pero esa noche, en mi cama, no pude dormir. Me toqué pensando en eso. En él oliendo mi ropa. En el bulto en su pantalón. Me corrí más rápido y más fuerte que en años. Lloré después. De vergüenza. De confusión.
Desde entonces, la tensión en la casa es… palpable. A veces se queda en boxer y una camiseta. Se sienta en el sofá, con las piernas abiertas, y yo veo la forma de su paquete. Y sé que él sabe que yo miro. Porque cuando levanto la vista, me está mirando a mí. A mis tetas. A mi boca.
Hace tres semanas, yo estaba limpiando la parte alta de un estante. Tenía una falda corta puesta. Él entró en la sala.
“Te ayudo, mami”, dijo. Se acercó por detrás de mí. Lo sentí. Su cuerpo casi rozando el mío. Alargó el brazo para agarrar lo que yo no alcanzaba. Su pecho presionó mi espalda. Su aliento me llegó al cuello.
“Ya está”, dijo, pero no se movió. Su mano bajó, lentamente, y se posó en mi cadera. No era un agarre. Era una caricia. Los dedos se cerraron un poco sobre mi hueso.
Yo contuve la respiración. Todo mi cuerpo estaba en alerta. “Sebastián”, dije, pero no me sonó a regaño. Sonó a… algo más.
“Perdón”, dijo él. Pero no quitó la mano. La movió un poco, hacia atrás, rozándome el culo por encima de la falda. “Es que… te ves tan bien, mami”.
Esa palabra. “Mami”. Salida de su boca, en ese momento, con esa caricia… fue un golpe directo. Me giré. Ahora estábamos cara a cara. Muy cerca. Podía ver cada poro de su piel, el rastro de barba que ya tiene. Sus ojos, los míos.
“Esto está mal”, logré decir.
“Lo sé”, dijo él. “Pero no puedo parar”.
Su otra mano subió y me tocó la cara. El pulgar me rozó el labio inferior. Yo cerré los ojos. Y entonces, lo peor. O lo mejor. Me besó.
No fue un beso de hijo. Fue un beso de hombre. Con hambre. Con lengua. Apasionado. Yo le respondí. Le metí las manos en el pelo y lo jalé hacia mí. Gemí en su boca. Sentí su erección dura, presionando contra mi vientre.
Nos separamos jadeando. Los dos temblábamos.
“Mami…”, dijo otra vez, y esa vez sonó a súplica.
“No aquí”, dije. Mi voz no la reconocí. “Tu cuarto”.
Asintió. Me tomó de la mano y me llevó. Cerró la puerta. Yo me senté en el borde de su cama. Él se arrodilló frente a mí.
“Llevo años soñando con esto”, dijo. Sus manos estaban en mis muslos, subiendo la falda. “Contigo”.
“Yo también”, admití. Y era verdad. Lo había negado, lo había escondido bajo capas y capas de “esto no puede ser”. Pero era verdad.
Él metió la cabeza bajo mi falda. Yo me recosté en la cama. Sentí su boca a través de la tela de mis bragas. Luego, se las bajó. Y me lamió. Me lamió toda.
María santísima, nunca me habían hecho eso así. Con tanta… devoción. Como si fuera su última comida. Yo grité. Le apreté la cabeza con mis muslos. “Así, hijo, así”.
Cuando me hizo venir, creí que me desmayaba. Fue brutal. Lloré otra vez. Él subió, se quitó el boxer. Tenía la verga en la mano. Era tal como la había imaginado. Grande, gruesa, con la cabeza bien definida. Hermosa.
“Quiero meterla, mami”, dijo. “Por favor”.
Yo asentí. No podía hablar. Él se puso un condón. De dónde lo sacó, no sé. Luego se puso encima de mí. Me guió hacia su entrada y empujó.
El dolor fue agudo al principio. Hacía mucho tiempo que no… y él era grande. Pero luego se transformó. En algo lleno, profundo. Él se movía lento, mirándome a los ojos.
“¿Te gusta?”, preguntó.
“Sí”, gemí. “Más. Dame más duro”.
Y él lo hizo. Me cogió con una fuerza que me partía. Cada embestida me hacía gritar. Agarré las sábanas, luego su espalda. Lo jalé hacia mí para besarlo otra vez. Sabía a mí. A mi pepa.
“Eres mía, mami”, gruñó en mi oído. “Solo mía”.
Eso me terminó de volver loca. “Sí, tuyo. Tu puta”.
Él se vino con un gemido ronco, enterrando la cara en mi cuello. Yo me vine con él, otra vez, sintiendo como su cuerpo se sacudía encima del mío.f
Después, nos quedamos abrazados. Sin hablar. El silencio era pesado, pero también dulce.
Eso fue hace tres semanas. Desde entonces, ha pasado otras tres veces. Siempre en su cuarto. Siempre con la puerta cerrada. A veces rápido, a veces lento. Ayer me la chupó en el sofá mientras veíamos una película. Cualquier ruido nos para en seco. Vivimos con miedo y con una calentura que no se apaga.
Yo sé que esto es un pecado. Una locura. Que la sociedad nos crucificaría. Pero cuando está encima de mí, cuando me mira con esos ojos que son los de mi niño pero también los de un hombre que me desea… no puedo pensar en nada más. Solo en lo bien que me hace sentir. En lo viva que me siento.
A veces me pregunto hasta dónde llegará esto. Si algún día se cansará. Si encontrará una novia de su edad. La idea me parte el alma. Pero por ahora, mientras me siga buscando, mientras siga susurrando “mami” en mi oído cuando se corre dentro de mí… yo seguiré aquí. Esperando.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.