Por
El mensaje de mi hermano
El sudor se me pegaba a la espalda como una segunda piel mientras caminaba esas cuatro cuadras de mierda desde la parada del microbús. El sol de las nueve de la mañana ya estaba jodiendo, prometiendo un día de mierda en la oficina con papeles y números que a nadie le importan. Saqué el teléfono para distraerme, para ver si alguien había dejado algún mensaje interesante de la noche anterior. Nada. Solo el grupo de la familia con memes malos de mi tía.
Y entonces, ahí, entre las notificaciones, lo vi. Una solicitud de mensaje de un perfil falso. ‘Carlos_am22’. La foto era un paisaje genérico. Pero el mensaje… el mensaje me paró en seco en medio de la acera.
«Tus fotos en bikini me tienen la verga tan dura que no puedo pensar en otra cosa.»
Un cosquilleo inmediato, caliente, me recorrió el vientre. Otro pajero cualquiera, pensé al principio, con una sonrisa cansada. Pero luego abrí la foto que adjuntaba. Era una polla. Grande, gruesa, con las venas marcadas y la cabeza bien rosada, goteando una gota transparente en la punta. Una buena polla, la verdad. Pero no era eso. Era el fondo. La foto estaba tomada en un cuarto. Y en el fondo, contra la pared, reconocí al instante el póster de Led Zeppelin, el mismo que está despegado de una esquina. Y la silla de la computadora, con esa funda roja de cuadros.
Era el cuarto de mi hermano mayor, Diego.
La sangre me golpeó en las sienes con tanta fuerza que casi veo estrellas. No era asco. No era enfado. Era una descarga eléctrica, pura y sucia, que me dejó las piernas temblando y la entrepierna instantáneamente empapada. Mi propio hermano. Mi hermano, al que he visto crecer, con el que he peleado por el control remoto, el que me llevaba al colegio cuando mis papás no podían.
Me apoyé contra la pared de una tienda cerrada, tratando de respirar. Mi corazón latía como un tambor loco. Releí el mensaje. «…me tienen la verga tan dura…» Y esa foto. La polla de Diego. La estaba viendo. Dura, palpitando, para mí. Una parte de mí, la hermana, gritaba que esto estaba mal, que era una mierda. Pero la otra parte, la parte puta y hambrienta que llevo dentro, se frotaba las manos y se lamía los labios. Porque Diego está bueno. Siempre lo ha estado. Tiene esa espalda ancha de tanto ir al gimnasio, esos brazos que se le marcan bajo la camiseta, y una mirada intensa que ahora, recordándola, me quema.
Sin pensarlo dos veces, entré a mi perfil y subí una story. Una foto de mi boca, con los labios brillosos, mordiendo suavemente la punta de mi dedo índice. La subí y a los cinco minutos, la respuesta de ‘Carlos_am22’ no se hizo esperar.
«Qué ganas de tener esos labios en mi verga, nena.»
Una oleada de calor me recorrió. Estaba jugando con fuego. Y me encantaba. Durante todo el día en la oficina, fue imposible concentrarme. Cada vez que pasaba un repartidor, cada vez que el jefe me hablaba, yo solo veía esa polla en mi mente. La polla de mi hermano. Y me preguntaba cómo sería sentirla dentro de mí. Si sería tan posesivo y dominante como se le ve cuando juega fútbol con sus amigos.
A la hora de almuerzo, encerrada en el baño de discapacitados que siempre está vacío, me saqué los calzones. Estaban chorreando. Me apoyé contra la puerta, cerré los ojos y me metí dos dedos, imaginando que era su lengua, su boca, su verga. «Diego», gemí en un suspiro, y el solo decir su nombre en voz baja, en ese contexto, me hizo correr como una loca, ahogando un grito contra mi propio brazo. Fue rápido, sucio, y me dejó más vacía y más caliente que antes.
Al salir del trabajo, la adrenalia todavía me corría por las venas. El camino de regreso al microbús lo hice con una sonrisa tonta. Tenía que responder. Tenía que subir la apuesta. En casa, Diego estaba en el living, viendo la tele. Me saludó con un «¿Qué tal el día, hermana?» tan normal, tan de siempre, que por un segundo dudé. Pero luego sus ojos bajaron, solo una fracción de segundo, a mis pechos. Fue rápido, pero lo vi. Lo vi.
Sonreí. «Un día normal, tú sabes.» Y me fui directo a mi cuarto, cerrando la puerta con llave.
Me senté en la cama, el corazón otra vez a mil. Saqué el teléfono. Abrí el chat con el perfil falso. Respiré hondo. La puta ganó. Me levanté la falda del vestido, me bajé la tanga, y con la otra mano, me puse el teléfono para tomar una foto. No me centré en mi cara, sino en el espejo de mi closet, donde se veía mi espalda arqueada, mi culo, y entre mis piernas, mis labios bien abiertos, brillantes y empapados. Presioné enviar.
La respuesta fue instantánea. Una foto. Otra vez su verga, pero esta vez en primer plano, con la mano apretándola fuerte, y el fondo seguía siendo su cuarto. Se notaba que estaba a punto de reventar.
«Quiero meterla ahí hasta el fondo, nena. Quiero oírte gemir.»
«¿Y qué más quieres, papi?», escribí, mis dedos temblando sobre la pantalla.
«Quiero que te sientes en mi cara. Quiero ahogarme en tu coño. Luego quiero darte por el culo mientras te jalo del pelo.»
Un escalofrío me recorrió la columna. Él nunca hablaría así en la vida real. Era callado, reservado. Ver esas palabras sucias salir de él, aunque fuera por un perfil falso, me excitaba hasta niveles enfermos.
«Ven entonces», le escribí, jugando a un juego peligrosísimo. «Estoy sola en mi cuarto. La puerta está cerrada, pero no con llave.»
Sabía que era una locura. Una estupidez. Pero la calentura me nublaba el juicio. Quería ver hasta dónde llegaba. Quería que pasara algo. Que él, Diego, viniera y…
Los minutos pasaron. No hubo respuesta. Escuché pasos en el pasillo. Me puse tensa, expectante. ¿Sería él? Los pasos se acercaron… y pasaron de largo, hacia la cocina. Era mi mamá.
Una mezcla de alivio y de frustración me invadió. Miré el teléfono. Nada. Quizás se había asustado. Quizás se había corrido con mis fotos y se había dormido. La decepción era un nudo en el estómago.
Me levanté para ir a bañarme, sintiéndome ridícula. Pero justo cuando abría la puerta de mi cuarto, mi teléfono vibró. Era él. El perfil falso.
«No puedo ahora. Pero mañana. Mañana en la tarde, dicen que tus papás saldrán. Y yo me voy a pasar a tu cuarto. Y vas a gritar mi nombre de verdad, no el de este perfil de mierda.»
La lectura del mensaje me dejó sin aire. Lo sabía. Él sabía que yo sabía. Y aun así, lo estaba provocando. Lo estaba deseando.
Al día siguiente, la tensión en la casa era palpable. Diego apenas me miraba durante el desayuno. Pero cuando nuestras miradas se cruzaban, sentía una chispa eléctrica, un entendimiento sucio y secreto. Mis papás se fueron como a las tres de la tarde, como él había dicho. Yo me metí a mi cuarto, me puse una bata sin nada debajo, y esperé. Cada ruido, cada paso, me hacía saltar el corazón.
Y entonces, oí su puerta abrirse. Sus pasos, firmes, seguros, se acercaron por el pasillo. Se detuvieron frente a mi puerta. No tocó. Solo giró el picaporte y entró.
Ahí estaba. Mi hermano. En mi cuarto. Con los ojos oscuros, llenos de un deseo que ya no disimulaba. Cerró la puerta a sus espaldas y echó el pestillo.
«Parece que te gusta mostrarle tu coño a tu hermano», dijo, su voz era grave, ronca, nada que ver con el tono que usa normalmente.
No dije nada. Solo me dejé caer la bata de los hombros, quedando completamente desnuda frente a él. Su mirada me devoró, recorriendo cada centímetro de mi piel.
«Ven a probarlo entonces», le reté, con la voz temblorosa pero desafiante.
Él no necesitó que se lo dijera dos veces.



Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.