Por

octubre 19, 2025

493 Vistas

octubre 19, 2025

493 Vistas

El juego que nos llevó al sexting

0
(0)

Parce, voy a contarles esta historia que me tiene todavía con la mente loca. Yo soy Andrés, tengo 38 años, pero esto pasó cuando teníamos como 16, en esa época donde uno está descubriendo todo ese mundo del sexo y las hormonas andan a mil. Resulta que en mi familia somos un montón de primos, la mayoría mujeres, y siempre nos juntábamos en la casa de mi abuela los fines de semana.

Ese día en particular estábamos jugando charadas, ese juego donde uno hace gestos y los demás tienen que adivinar. Éramos como diez primos en la sala, todos adolescentes, y el ambiente estaba medio caliente, pero como éramos familia, nadie decía nada. Hasta que le tocó a mi primo Carlos, el más atrevido del grupo. El muy hijueputa empezó a hacer unos gestos bien sugerentes: se tocaba las piernas, se mordía los labios y se frotaba la entrepierna de una manera que no dejaba lugar a dudas.

Todo el mundo se quedó callado, incómodo, hasta que mi prima Daniela, que tenía mi misma edad, soltó: «¡Masturbarse!». Parce, se hizo un silencio que podías escuchar caer un alfiler. Todos nos quedamos mirándonos, algunos se reían nerviosos, otros se hacían los ofendidos, pero nadie dijo que esa no era la respuesta correcta. La verdad es que todos estábamos en esa edad donde la paja era nuestro deporte favorito, pero entre familia no se hablaba de eso.

Después del juego, cuando todos se fueron dispersando, yo me quedé platicando con Daniela en la terraza. Ella siempre fue la prima atrevida, con un cuerpazo que ya se notaba incluso a los 16, unas tetas que empezaban a formarse y unas nalgas que en esos jeans apretados se veían espectaculares. «Oye, ¿de verdad te masturbas?», le pregunté, sintiendo que se me aceleraba el corazón. Ella me miró con una sonrisa pícara y me dijo: «Sí, ¿y tú?». «Claro», le contesté, y en ese momento sentí que algo cambiaba entre nosotros.

Pasaron unas semanas y seguimos hablando del tema, cada vez con más confianza. Empezamos a mandarnos mensajes por el computador (en esa época no teníamos celulares con internet). Primero fueron preguntas inocentes: «¿Con qué frecuencia lo haces?», «¿Dónde te gusta hacerlo?». Pero poco a poco la conversación se fue poniendo más caliente. «¿Te gusta ver porno?», me preguntó ella una noche. «Sí, ¿y tú?», le respondí. «A veces», me dijo, «pero me da más morbo imaginarme a gente que conozco».

Esa frase me dejó loco. Esa misma noche, no pude evitar jalármela pensando en ella, en sus tetas, en su culo, en esa carita de santa que tenía pero que por dentro era una fogata. Al día siguiente, le mandé un mensaje: «Anoche me tocé pensando en vos». Ella me respondió al instante: «Yo también. Me imaginé que eras tú el que me tocaba».

Parce, en ese momento se me puso dura como un palo. Ahí fue cuando todo escaló. Una tarde, estando solo en mi casa, me armé de valor y me saqué una foto con la cámara web. No se veía mi cara, solo mi verga, que ya para entonces estaba bien parada y con unas gotitas en la punta. Se la mandé con el mensaje: «Esto es por vos». Minutos después, me llegó su respuesta: una foto de sus tetas, firmes y con unos pezones rosaditos que se veían duritos. «Esto es por vos», me puso.

Desde ahí, no paramos. Nos convertimos en adictos al sexting. Ella me mandaba fotos en la ducha, con los dedos en su conchita, mostrándome lo mojada que estaba. Yo le mandaba videos jalándomela y diciendo su nombre. Una vez, durante una reunión familiar, nos encontramos en el baño de mi abuela y nos dimos un beso apasionado, con mano y todo, hasta que alguien tocó la puerta y tuvimos que separarnos.

Lo más heavy fue cuando empezamos a mandarnos videos. Ella grabó uno metiéndose un cepillo en la concha y gimiendo mi nombre. Yo le mandé uno viniéndome y diciendo «Daniela, te quiero coger». Parce, era una locura. Nos encontrábamos en las reuniones familiares y nos mirábamos con esa complicidad, sabiendo que horas antes nos habíamos estado mandando fotos de nuestras partes.

Esto duró como un año y medio. Nos volvimos expertos en esconderlo. Borrábamos los historiales, usábamos aplicaciones que parecían juegos pero que en realidad eran para esconder fotos, inventábamos códigos para saber cuándo el otro estaba solo. Una vez, en Navidad, nos escapamos al cuarto de visitas y nos tocamos mutuamente por primera vez. Fue rápido, con miedo a que nos descubrieran, pero increíble. Sentir sus tetas en mis manos y su concha mojada a través del pantalón me volvió loco.

Todo se acabó cuando ella consiguió novio. Un día me dijo que ya no podíamos seguir, que sentía que era una traición. Yo entendí, pero parce, hasta el día de hoy, a mis 38 años, no he tenido un sexting tan bueno como ese. La complicidad, el morbo de ser primos, el riesgo de que nos descubrieran… nada se compara.

A veces la veo en las reuniones familiares, ahora casada y con hijos, y no puedo evitar recordar esas fotos y videos que nos mandábamos. Y aunque sé que nunca volverá a pasar, todavía me prende saber que en algún rincón de su computadora, o en la mía, deben estar guardadas esas fotos que nos tomamos siendo unos adolescentes calientes. Fue el mejor juego de charadas de mi vida, porque aunque empezó con gestos tontos, terminó con los dos descubriendo el placer juntos, aunque fuera a distancia.

¿Que te ha parecido este relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Deja un comentario

También te puede interesar

inicio espiando y termine follando con mi hermana

anonimo

24/09/2012

inicio espiando y termine follando con mi hermana

incesto y infidelidad

anonimo

03/08/2014

incesto y infidelidad

aurora mi gran amor secreto 6

anonimo

10/07/2014

aurora mi gran amor secreto 6
Scroll al inicio