El gangbang en casa de mi novio
Aquí va la historia que quien quiera creerla o no, está en su derecho….
Tengo 31. Salgo con Roberto hace un año. Él tiene 59, está divorciado, tiene dos hijos varones. Lucas, que tiene 16, y Tomás, que tiene 14. No viven todo el tiempo con él, pero cada dos semanas se quedan el fin de semana. La casa es de Roberto, pero cuando están ellos, yo me quedo también. Es un lío, a veces, pero nos arreglamos.
Yo… tengo mis fantasías. Cosas que nunca hice. Roberto es buen tipo, pero en la cama es… tradicional. Y yo necesitaba algo más. Hace meses que vengo con la idea fija de un gangbang. Ver mucha verga, sentir muchas manos, que me usen. Se lo conté a una amiga y me dijo que estaba loca.
Pero la calentura pudo más. Lo planeé para un sábado. Roberto se iba de pesca con unos amigos, toda la noche. Los pibes, Lucas y Tomás, iban a estar en la casa. Mi plan original era irme a un telo con los tipos, pero al final me dio paja salir. Y pensé: ¿y si lo hacemos acá? Total, los chicos se encierran en su cuarto con la Play, no salen nunca.
Hablé con los tipos por una app. Cinco. Les di la dirección y les dije que fueran a la noche, despacio. Que la casa no era mía, que había chicos adentro, que había que ser discretos. Todos dijeron que sí.
El sábado llegó. Roberto se fue a la tarde. Los pibes estaban en el living. Les dije: “Mirá, chicos, hoy viene una reunioncita de trabajo mía. Es medio aburrida, pero necesito la sala. ¿Pueden quedarse en su cuarto con los juegos? Les ordeno pizza”.
Lucas, el mayor, me miró raro. “¿Reunión un sábado a la noche?”
“Sí, cosas de adulto”, dije, tratando de sonar normal. “¿Pizza con extra queso?”
Asintieron. Se fueron a su cuarto. Yo me puse nerviosa. Me bañé, me puse una bata corta, negra, que se abría fácil. Debajo, un corpiño y una tanga roja, pero sabía que no los iba a tener puestos mucho tiempo.
A las nueve, sonó el timbre. El corazón me latía en la garganta. Miré por la mirilla. Era uno. Alto, morocho. Abrí.
“Laura?”, preguntó.
“Sí, pasa”, dije, y entró. Luego vino otro. Y otro. En diez minutos, los cinco estaban en la sala. La casa no es enorme, y de repente se llenó de hombres. Todos distintos. Uno más grande, panzón pero con cara de simpático. Otro flaco, tatuado. Otro que parecía profesor. Todos me miraron de arriba abajo.
“Los chicos están en el cuarto del fondo”, dije, bajando la voz. “No hagamos mucho ruido”.
El flaco tatuado sonrió. “Nosotros no hacemos ruido, nena. Vos sí vas a hacer”.
Eso me prendió. Saqué una botella de vino, pero nadie quería. Querían otra cosa.
El que parecía profesor fue el primero en acercarse. Me agarró de la cintura y me besó. Fue un beso húmedo, con lengua. Yo gemí. Detrás, otra mano me tocó el culo por encima de la bata. Era el gordo.
“Sacate eso”, dijo uno.
Yo me solté la bata. Cayó al piso. Quedé en corpiño y tanga. Los cinco pares de ojos me recorrieron. “Acá o en el cuarto?”, preguntó el alto.
“En mi cuarto”, dije. El cuarto de Roberto y mío. La idea me excitó más.
Los llevé. La cama es grande, pero cinco hombres y yo… iba a estar apretado. No importó.
En el cuarto, el flaco tatuado me bajó el corpiño. Mis tetas salieron. El gordo se agachó y se puso a chupar una. El profesor tenía la verga afuera ya. Era larga, fina. Se la agarró y me la puso en los labios.
“Chupala”, dijo. Y yo lo hice. Me la metí toda en la boca. Sabía a limpio, a jabón. Mientras, otro tipo, uno callado que no había hablado, me bajó la tanga. Sus dedos me encontraron ahí abajo. “Estás chorreando”, dijo.
“Sí”, pude decir, con la boca llena.
Me pusieron de rodillas en la cama. Uno adelante, con la verga en mi boca. Otro atrás, preparándose para metérmela. Sentí la cabeza de su verga, grande, en mi entrada. Empujó. Me llenó de una. Grité, pero el grito se ahogó con la verga en la boca.
Empezaron a moverse. El de atrás me daba, fuerte, haciendo que la cama chirriara. El de adelante se metía y sacaba de mi boca. Los otros tres estaban alrededor, tocándome las tetas, el culo, mirando.
“Cambio”, dijo el de adelante. Se corrió y otro tomó su lugar. Esta verga era más gruesa. Me costó abrir la boca. Mientras, el de atrás se salió y otro se puso. Este era más rápido, más nervioso.
La cama sonaba mucho. Un chirrido constante, rítmico. Yo pensé: “los pibes deben escuchar”. Pero en ese momento, me importó poco. Estaba demasiado adentro de la sensación. De tener tantas manos, tantas vergas, tanto calor.
“Voy a acabar”, dijo el que me estaba cogiendo por detrás.
“Afuera”, dije yo, pero otro tipo, el gordo, dijo: “No, en la cara. Todos en la cara”.
La idea los prendió a todos. “Sí, hacete una mascarilla”, dijo el flaco.
El de atrás se salió. Me pusieron en el centro de la cama, de rodillas. Yo cerré los ojos y abrí la boca. El primero, el profesor, se vino. Caliente, espeso, en mi lengua y en mis mejillas. El siguiente, en mi frente y en el pelo. El tercero apuntó a mis tetas. El cuero me dio en los ojos, espeso. Yo jadeaba, con la cara y el pecho llenos de leche.
El quinto, el que había estado más callado, se acercó. Tenía la verga en la mano, todavía dura. “La última es mía”, dijo. Yo asentí, con los ojos medio cerrados por el semen.
Justo en ese momento, escuché un golpe en la puerta. Toc, toc.
Todo el mundo se congeló.
“Laura?” Era la voz de Lucas. Delgada, adolescente.
El tipo callado que estaba frente a mí miró hacia la puerta. “Decile que esperes”, susurró el gordo.
“Un minuto, Lucas!”, grité, tratando de que no me temblara la voz.
Pero la manija de la puerta giró. No la había cerrado con llave. Mierda.
La puerta se abrió unos centímetros. Lucas asomó la cabeza. Sus ojos, redondos, me encontraron a mí, de rodillas en la cama, con la cara y las tetas blancas, llenas de semen. Vio a los hombres alrededor, algunos con las vergas todavía afuera, otros medio vestidos. Se le congeló la cara.
El tipo que estaba más cerca de la puerta, el flaco tatuado, se movió rápido. Puso su cuerpo entre Lucas y yo. “Ey, pibe”, dijo, con voz calmada. “Tu mamá está ocupada. Salí y cerrá la puerta”.
Lucas no me quitaba la vista a mí. Yo no podía hablar. Tenía la boca llena. Tragué.
“Lucas, andá a tu cuarto”, logré decir, con una voz que no reconocí.
Él parpadeó. Su mirada bajó al piso, luego volvió a mí. No dijo nada. Dio un paso atrás.
El flaco tatuado cerró la puerta. Esta vez, le pasó el seguro. Oímos sus pasos alejarse por el pasillo.
Un silencio pesado llenó el cuarto.
“Bueno”, dijo el tipo callado, el que faltaba. “¿Terminamos?”
Todos lo miraron. Yo respiré hondo. La calentura, la vergüenza, la adrenalina… se mezclaron en mi estómago. “Sí”, dije. “Terminá”.
Él se acercó. Agarró su verga y se vino. Esta vez fue directo en mi boca. Tragué todo. Me sabía salado, amargo.
Después, fue raro. Los tipos se limpiaron, se vistieron. Hablaban en voz baja, como si nada. Yo me quedé sentada en la cama, con el semen secándose en mi piel, formando una máscara dura. Me sentía usada, vacía, y todavía excitada.
Se fueron uno por uno, como habían venido. El último, el profesor, me dio un beso en la mejilla. “Fue divertido”, dijo.
Cuando se fueron todos, me metí a la ducha. El agua caliente me quitó todo. Me vestí con un buzo y unos pantalones. Salí del cuarto.
La casa estaba en silencio. Fui a la puerta del cuarto de los pibes. Estaba cerrada. Toqué.
“Sí?”, dijo la voz de Tomás, el más chico.
“¿Puedo pasar?”
Un silencio. “Sí”.
Abrí. Los dos estaban sentados en la cama de Lucas. La Play estaba apagada. Me miraron. Tomás parecía confundido. Lucas… Lucas tenía una mirada que no le había visto nunca. No era enojo. Era como… asombro. Y algo más.
“Lo que pasó…”, empecé.
“No pasó nada”, dijo Lucas, rápido. Cortante.
“Quiero explicar…”
“No hace falta”, dijo. Miró a Tomás. “Viste? Nada. Un sueño o algo.”
Tomás asintió, pero no parecía convencido.
“Estaba con unos amigos del trabajo”, dije, sintiendo que la excusa sonaba ridícula.
Lucas me miró fijo. “Está bien, Laura. No importa”.
Pero importaba. Se notaba en el aire. En cómo no me podía mirar a los ojos por mucho tiempo.
“Bueno… la pizza debe llegar pronto”, dije, y salí.
Esa noche, la pizza llegó. Comimos en silencio en la cocina. Roberto me mandó un mensaje diciendo que había pescado una trucha grande.
Al día siguiente, Lucas y Tomás se fueron con su mamá. Roberto volvió. Le conté que había tenido una reunión aburrida con compañeros. Me creyó.
Pero ahora, cada vez que veo a Lucas, pienso en su cara en esa puerta. Y en vez de sentir vergüenza, siento… un cosquilleo. Una cosa que no debería sentir. Y él me mira distinto. Se queda mirándome un segundo de más cuando creo que no me doy cuenta.
Y yo, la verdad, no sé qué va a pasar ahora. Solo sé que el gangbang salió bien. Y que, por algún motivo, la parte más caliente fue después, cuando la puerta se abrió.


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