Por
El día que mi jefe, un negro enorme y casado por fin me cogió!
Ay, ahora que comencé a hablar de mi fascinación por las vergas negras, siento que no puedo parar. Es como abrir la caja de Pandora, pero en vez de males, salen puras vergas enormes y negras.
Tengo que contarles de otra anécdota, una que me hizo entender cuan rico es montar una bestia de esas.
Esto fue hace un par de años, cuando tenía 20 recién cumplidos y trabajaba de promotora en una licorería. Mi jefe, era… uf. Un negro como de un metro ochenta, con unos hombros que no cabían por las puertas, piel como ébano pulido y una presencia que calmaba hasta la tienda más alborotada. Siempre impecable, siempre respetuoso. Casado, con hijos, conocía a su esposa, una señora muy fina que a veces venía a buscarle. Y él, el muy caballero, me llevaba unos buenos 20 años. Pero yo, de muy perrita, desde el primer día que lo vi supe que debajo de esa ropa y esa sonrisa distante había un toro salvaje esperando su momento.
Un viernes, tuvimos una venta brutal. La tienda estaba llena, las cajas no paraban de sonar, y al final del día, para celebrar, sacaron unas cervezas. A mí se me subieron rápido. Con otras dos promotoras, empezamos a reírnos, a bailar sobre una mesa que habíamos despejado, entretuvimos a unos chicos que estaban ahí. Ellas se dejaban manosear, yo también, pero mientras esos manes, todos trigueños o latinos flacuchos, me sobaban, yo solo podía pensar en él. En mi jefe q estaba en su oficina, viendo los números, pero cuya mirada había sentido en mi espalda todo el día, pesada y caliente.
Ninguno de esos chicos cumplía mis expectativas, ni mis necesidades. Sus manos me parecían de niño, sus miradas, vacías. Yo necesitaba algo que me llenara, que me dominara de verdad.
Cuando la fiesta se apagó, fui a su oficina a buscar mi sobre de pago. La puerta estaba entreabierta. Toqué y entré. Él estaba sentado tras el escritorio, con las mangas de la camisa remangadas, esos antebrazos negros y musculosos que se me hicieron agua la boca. Me miró, y esa mirada ya no era la del jefe respetuoso. Era oscura, intensa, cargada de algo que había estado reprimiendo por años.
“Buen trabajo hoy,” dijo, su voz más grave de lo normal.
“Gracias,” respondí, y en vez de alargar la mano por el sobre, me acerqué a su escritorio. Lo miré directamente a los ojos. “La celebración estuvo buena, pero… me dejó con las ganas.”
Él no se inmutó. Solo reclinó el respaldo de su silla y abrió un poco más las piernas. No dijo nada. No hacía falta. Yo bajé la mirada y ahí estaba. Aún a través del pantalón de vestir, se le marcaba un bulto monstruoso, una protuberancia obscena que prometía el cielo y el infierno.
Me arrodillé. El suelo de la oficina estaba frío, pero a mí me ardía todo el cuerpo. Con manos temblorosas, le desabroché el cinturón, la bragueta, le bajé el cierre. Sus calzoncillos negros no podían contenerlo. Cuando se lo liberó, la verga saltó hacia mi cara, golpeándome en la boca. ahhhhhsssss Dios mío. Era más enorme de lo que había soñado. Negra, gruesa como mi muñeca, con las venas marcadas como cordeles y una cabeza morada, enorme y goteando. Olía a hombre maduro se me hizo agua la boca y la cuquita tambien.
La agarré con las dos manos y abrí la boca. No cabía. Ni de cerca. Pero eso no me detuvo. Empecé a chuparla, a lamerla, a tratar de que al menos la cabeza entrara. Él gruñó, una cosa baja y gutural, y puso sus manos enormes en mi cabeza, no para guiarme, sino para presionar. “Tragatela toda, putita, me decia mientras empujaba
Casi me ahogo. Sentí cómo esa masa de carne negra me abría la garganta, me hacía lagrimear, me provocaba arcadas. Pero estaba tan prendida, tan enferma de morbo, que seguí. Me la metía y sacaba, ahogándome en su sabor salado, en su olor a macho, sintiendo cómo palpitaba contra mi lengua. Las lágrimas me corrían por la cara la saliva me chorreaba por la barbilla, pero yoooo no paraba. Quería esa leche, quería que me usara hasta jartarseee.
Después de un rato, me levantó de un tirón. Quiero ese culo dijo, y me volteó, empujándome sobre el escritorio. Me bajó el short y la tanga de un solo movimiento, y me dio una nalgada tan fuerte que el sonido resonó en toda la oficina.
Eres una niña mala que necesita castigo, gruñó, y me dio otra, y otra, hasta que mis nalgas ardieron.
Yo estaba tipo siiiii siiiiii ahhhwwwwsss deme más duro, que ricoo..
Sentí el condón, luego la presión de esa punta monstruosa en mi entrada. Yo estaba empapada, chorreando, pero cuando empezó a entrar, grité. Era como ser abierta con un hacha. Empezó a coger, y cada embestida movía el escritorio, haciendo ruido contra la pared. Él me agarraba de las caderas, clavándomela hasta el fondo, y yo gritaba y gemía, una mezcla de dolor y placer tan intenso que me volvía loca.
“¿Te gusta mi verga? ¿Te gusta que te coja el marido de otra?” me preguntaba, y yo solo podía gemir que síiiiii, me encata tu vergaaa negra.
Cambió de ángulo y me dio por el culo, sin avisar, y ahí sí que vi a Dios. Fue brutal, primitivo, glorioso. Me corrí como una desquiciada, gritando su nombre, y él, con un último empujón bestial, se vino dentro del condón con un gruñido que salió de lo más profundo de su alma.
Me dejó ahí, temblando, deshecha sobre el escritorio, con mi cuca y mi culo absolutamente reventados, hinchados y adoloridos. Me limpió con un pañuelo, suavemente, como si no me hubiera hecho pedazos un minuto antes. “Vete a casa,” dijo, volviendo a ser el jefe. “Y mañana, puntual.”
Al día siguiente, volví. Y a la semana siguiente. Y a la otra. Porque una vez que pruebas una verga así, de un hombre así, no hay vuelta atrás. Es una adicción…


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