JHonatan

enero 28, 2026

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El culote de Laura

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El hombre piensa diferente cuando se siente apretado en el pantalón. Resulta fácil que su mente y su cuerpo se entreguen sin resistencia en busca de los placeres de la lujuria, de los adorables cuerpos de las mujeres.

Privilegio o debilidad, pasión o desgracia. El sexo ha moldeado la historia, ¿Por qué no habría de cambiar también mi vida?

La conocí durante un viaje de verano en Valencia. Yo estaba de vacaciones, mi esposa y yo nos hospedaríamos por alrededor de una semana en la casa de mi primo Martín.

Desde hace meses, Martín me contaba que andaba cortejando a Laura. Me decía que era una colombiana muy bella, que lo tenía loco, pero que no parecía corresponderle de a mucho.

A pesar de eso, tenían una amistad y se veían con frecuencia. Por supuesto, Martín no perdía oportunidad para armar cuánto plan saliera para estar más cerca de Laura.

La primera tarde, Martín nos llevó al apartamento de Laura (lugar que compartía con una amiga de ella llamada Luisa) a cocinar una pizza.

Cuando la vi, lo primero que me impactó de ella fueron sus ojos de color ámbar, grandes y brillantes, su cabello castaño claro, piel blanca; pómulos sobresalientes y redondeados, que al terminar se continuaban por una ligera depresión en la mejilla hasta el mentón, recto y dividido. Su boca con labios rosados y finos, y una sonrisa amplia y pulida. —Ahora entiendo por qué está tan obsesionado Martín con ella— pensé.

Laura, de altura y contextura mediana, llevaba una blusa blanca que hacía resaltar sus senos medianos y redondos, y un pantalón de Yoga negro, por el que pude vislumbrar una figura de facciones latinas generosas y curvilíneas; sobre todo en sus caderas y sus muslos, anchos y cortos pero tonificados, de esos que al verlos le permiten a uno asumir casi con seguridad que vienen acompañados de un gran culo.

Y efectivamente, en un momento Laura se retiró de la mesa, y al verla pasar casi no pude disimular mi asombro ante su tremendo culo: grande, redondeado, parado, con forma de durazno, se tambaleaba y vibraba con cada paso que ella daba contoneando sus caderas. —Definitivamente, ahora sí que lo entiendo— me dije varias veces emocionado.

Laura me volteó a mirar y se dio cuenta de que yo la observaba. Me sonrió, y siguió caminando a saltitos como un pato, arqueando la espalda y levantando el culo, haciendo rebotar y resaltar aún más sus increíbles y hermosas nalgas.

Traté de mantener mi vista en ella, pero sabía que no era prudente. Me reincorporé y actúe con naturalidad, pero durante toda la reunión no me pude sacar aquella tentadora imagen de mi cabeza.

Un par de días después, lo siguiente que supe de Laura fue algo que mi esposa me contó sobre ella. Ambas se habían encontrado por casualidad en el gimnasio (yo no fui porque estaba enfermo) y habían hecho algo de ejercicio juntas.

—Amor, mira que Laura es de esas mujeres a las que les gusta llamar la atención de los hombres.

—Ah, ¿Sí? ¿Por qué lo dices?

—Me la encontré hace poco en el gimnasio. Vieras como se fue vestida para hacer su rutina de pierna, tenía uno de esos leggins de color blanco que se transparentan al agacharse, ¡Y debajo llevaba puesta una tanga negra!

¡Se le veía todo cada vez que se agachaba! Incluso desde la distancia, no tenías que esforzarte mucho para verle la tanga. ¡Los tipos en el lugar no paraban de mirarle el culo!

—¡Pues qué bonito! —le dije en tono de broma, mientras maldecía mi suerte por no haber ido al gimnasio.

—¡Ash Andrés! Tu sí.

Mi esposa se lo tomó también de broma y no le prestó mayor cuidado al asunto. Sin embargo, yo estuve toda aquella noche, y otras tantas desde entonces, tratando de imaginarme a Laura con sus leggins blancos y su tanga negra, haciendo sus ejercicios, o caminando semidesnuda en tanga y levantándome su culo seductor como un patico.

—¡Maldita sea! — Me decía cada que recordaba que pude haberla visto, que podría estar recordándola en lugar de imaginándola. No está de sobra decir que en más de una ocasión, aquellas fantasías solitarias terminaron en masturbaciones compulsivas.

Otro par de días después, Martín nos llevó de nuevo al apartamento de Laura, por motivo de una lasaña y de unos postres que cocinarían. En esa ocasión nos acompañó su amiga Luisa. Charlábamos y compartíamos normalmente.

Luego de un rato, a mi esposa le surgió un asunto urgente en el trabajo. Le pedimos a Martín que la llevara de vuelta en su auto al apartamento, ya que debía conectarse a su laptop cuanto antes. Yo me ofrecí a acompañarla, pero ella insistió en que me quedara y me relajara.

Al poco tiempo de que mi esposa y Martín habían salido, yo me retiré por un momento para ir al baño. Al salir del baño y mientras regresaba a la sala, accidentalmente pude escuchar lo que conversaban Luisa y Laura.

Decidí quedarme por un poco tiempo espiándolas, hasta que salió el tema a colación.

—Bueno Lau, ¿Y tú y Martín, al fin qué?

—Él es un buen chico, pero no sé, no me gusta, es complicado. Varias veces le he dicho que no estoy preparada y que lo veo como amigo.

—Mmm complicado, ¡Claro, como ahora andas de crush con tu Andresito!

—¡Shhh, pasito! Jajaj No, crush no. Sólo digo que me gusta y ya, lo quiero probar.

—¡Pero está casado, y tiene 33!

—Eso no me interesa, no digo que quiera ser su nueva mujer, ni su amante ni nada de eso. Sólo digo que si tuviera la oportunidad de comérmelo, ¡la tomaría! jajaj…

…Es difícil describir como me sentí al escuchar eso, me tomó totalmente por sorpresa. Claro, no puedo negar que me elevó el ego y que me puso muy contento saber que una mujer tan bella, y casi 10 años menor que yo, estaba sexualmente interesada en mí.

Sin embargo, me puse muy nervioso. Me asusté y decidí olvidar de momento lo que había escuchado. Esperé por un par de minutos más antes de entrar a la sala, haciéndome el desprevenido y continuando con la reunión como si nada hubiese pasado.

Un poco después mi primo regresó, y luego de un rato todo terminó sin mayores novedades. Pero sí hubo una diferencia en mí: comencé a buscar más activamente el contacto visual con Laura (me excitaba al ver cómo me veía sabiendo que yo le gustaba) y poco a poco, unas leves, escondidas y cómplices sonrisas habían comenzado a surgir entre nosotros.

Con cada sonrisa, volvía a imaginarla, pero esta vez follando conmigo. Sentía como se me apretaba más y más el pantalón. Tenía la verga a punto de explotar.

Desde que supe que Laura gustaba de mí, me obsesioné aún más, y en las noches tenía que ahogar mis deseos, satisfaciéndome una y otra vez pensando en ella.

Un día antes de irnos, Martín invitó a Laura al apartamento desde temprano para compartir en nuestra reunión de despedida.

Cuando ella entró, vi que se había puesto una ajustada camiseta ombliguera azul oscura, sin sostén (podía verse el relieve de sus pezones), y esos apretaditos leggins blancos de los que me habló mi esposa, que yo tanto me había imaginado.

Como sospeché al instante, tuve una erección inmediata y por poco delatora, cuando noté que la sensual diosa provocadora también se había puesto por debajo esas deliciosas tangas negras, con las que me había pasado fantaseando toda la semana.

Mi excitación se volvió tristeza cuando noté que aquel era nuestro último encuentro, y que la tendría muy difícil para tener una oportunidad a solas con ella. —Es probable que Martín y mi esposa vayan hoy al gimnasio, si van juntos, es mi única oportunidad— pensaba, suplicaba al cielo.

Pero Martín y mi esposa no fueron juntos al gimnasio. Ella estuvo encerrada todo el tiempo trabajando en la habitación, y él se quedó como tonto y con ganas ver a Laura así vestida cuanto pudiera (no lo culpo). De modo que los tres nos pasamos el día comiendo, viendo series y películas, y jugando al Nintendo Wii.

Yo traté de disimular mi atracción hacia Laura, pero no podía sacarme su culito (culazo) y sensual cuerpo de la cabeza, ni de los ojos; me era inevitable terminar fijándome en su hermoso culo tambaleando, en sus lindas tetas delineando, o en sus translucidas e incitadoras tangas a cada momento, con cada movimiento que ella hacía.

Además, parecía que Laura se divertía realizando deliberadamente sutiles pero atractivas poses y movimientos. Verla así fue un espectáculo erótico memorable, un delirio cautivador y fascinante. Me esforcé para no delatarme con Martín, que de todas formas estaba igual de ocupado y abstraído que yo con ella.

Poco después del almuerzo, mi esposa terminó de trabajar y salió del cuarto directo hacia el gimnasio. Cuando regresó, un par de horas después, se metió inmediatamente a al baño para ducharse, como suele hacer.

Casi al mismo tiempo de que mi esposa llegara, Martín se decidió por ir al gimnasio, se alistó y se fue. Él había tratado antes de convencer con insistencia a Laura para que lo acompañara, pero ella prefirió quedarse.

Ambos sabíamos, sin decirlo, que aquella pequeña franja sería nuestra única oportunidad. Yo sabía que mi esposa saldría de la ducha en unos 20 o 30 minutos. Apenas Martín salió y cerró la puerta, Laura pausó el juego.

—Ya no quiero jugar más a esto, ¿Tú que quieres hacer? —Me dijo mientras me miraba seductora y sonreía.

—Quiero pasarla bien contigo— le dije torpe, inexperto y nervioso, mirándola de arriba abajo, deleitándome con la figura y silueta de su cuerpo; hipnotizado por la vista y relieve de las apretaditas tangas negras en su entrepierna.

Laura notó mi fijación.

—¿Con ropa o sin ropa? — replicó con picardía, jalando y sacando de debajo de los leggins las braguitas de las tangas, dejándolas estiradas y visibles sobre su cintura. Al subirlas así, provocó que se le marcaran y dividieran espléndidamente sus preciosos y carnosos labios mayores.

—¿Te gustan? — remató coqueta contoneando la cadera.

¡Se veía tan sublime y deliciosa! Sentí mi corazón acelerando, y el pantalón me comenzó a apretar. Tenía ganas de lanzarme ahí mismo sobre ella, pero tenía miedo de mi esposa. Sabía que era el momento de decidirme, lo pensé por un instante y le dije:

—¡Me encantan, estás muy buena, y te quiero probar! Juguemos a que tú haces todo lo que yo te diga. Ahora vas a cerrar los ojos y evitarás hacer cualquier tipo de ruido— le dije con mi verga levantándose.

Ella asintió riendo y cerró los ojos, la tomé de la mano y la conduje hacia la habitación de Martín. La dejé parada al lado de la cama y cerré la puerta con cuidado.

Me volví hacia ella, y ahí estaba: aquel culo de mis fantasías, mejor de lo que me había imaginado, sin duda. Las irresistibles tanguitas negras, me llamaban a gritos desde debajo de los sensuales y apretados leggins blancos, emergiendo y trazando hacia el contorno angosto y curvo de su cintura.

No tardé mucho en arrodillarme detrás de ella. Le quité los leggins, y pude por fin ver frente a mis ojos a aquel escultural culazo: bello, redondo, voluminoso, terso y parado. Su blancura contrastaba con la tanga negra, que en la parte de atrás formaba una especie de rombo sostenido por cuatro bandas delgadas, dos de cada lado, que como bragas horizontales le recorrían por la cintura y por arriba de las nalgas.

—¡Tienes un culazo hermoso! — le dije extasiado, mientras lo contemplaba, lo acariciaba y lo apretaba con mis manos.

Laura no dijo nada.

—¡Has entendido muy bien! — le dije aún más excitado, y comencé a besarle, a lamerle con lascivia y desespero cada una de sus nalgas. Me las metía a la boca todo lo que podía, las saboreaba, las acariciaba milímetro a milímetro con mi lengua. Las barría de arriba abajo, por en medio, de un lado y de otro.

Las mordía raspando suavemente con mis dientes sobre su piel. Las tomaba entre las manos, las admiraba, me sonreía incrédulo y volvía a besarlas. Debí contener las ganas de nalguearla con fuerza para no hacer ruido.

—¡Mira ese culote, mira cómo te queda de bien esa tanguita! — le decía mientras le sacudía las nalgas a dos manos. Ella callaba.

La coloqué en cuatro sobre la cama, de manera que su culo me quedara accesible en el borde de la misma, y seguí adorándola como un loco desbocado. Le corrí un poco la tanga hacia un lado, y comencé a meterle mi lengua por el ano.

Me sabía delicioso, quería lamerlo cada vez más y más profundo. Con mis manos le separaba las nalgas, las veía y me lanzaba nuevamente al hoyo con avidez.

Mientras le metía y le movía mi lengua adentro, una y otra vez, acariciaba sus nalgas y sus tetas, las apretaba con las manos y pellizcaba sus pezones endurecidos.

Luego, me quedé por un rato observando su rosada y hermosa vagina. Estaba muy mojada y chorreaba flujo transparente. Me lancé sobre ella con mi boca, besando sus suaves y suculentos labios.

Comencé a explorarla por adentro con mi lengua sedienta. Quería beberme hasta el último de sus cálidos efluvios. —¡Esta sí que es la fuente de la vida eterna, porque podría quedarme bebiendo de ella para siempre! — me decía.

Lo único que me hacía separar de Laura era mi necesidad de respirar. Me ahogaba con mi rostro metido entre sus nalgas, degustando y succionando en lo profundo de su vagina, pero estaba dispuesto a morir por tan enorme placer y privilegio.

Estimulaba su clítoris continuamente, alternando con mis dedos y mi lengua. Luego de un rato así, Laura comenzó a soltar unos pequeños gemidos.

—¡No puedes hacer ruido! — le recordaba, y le lamía nuevamente el clítoris con energías renovadas. Me encantaba escucharla disfrutar, me fascinaba saber que mi deseo incontenible era correspondido, y que estaba llenando de lujuria y de sexo a tan hermosa mujer.

En medio del trance, recordé que no disponíamos de mucho tiempo. Así que me desvestí y comencé a meterle la verga por la vagina. Laura estaba mojada y caliente, tan excitada y húmeda que la penetré a la primera con toda mi verga con facilidad.

Un poco antes, se me ocurrió tomar mi celular y comenzar a grabar. Tuve que poner la cámara en posición horizontal, ¡Porque en vertical no cabía completo el culote hermoso de Laurita!

Registré cuando comencé a follarla por unos segundos, ella quiso retirarse la ombliguera para estar más cómoda y desnuda. Su culo era tal, que un tipo como yo, que mido 1.86m y que peso 85 kilos, a su lado me veía como un delgado niño con mucha suerte. Y vaya que aún lo creo así.

Disfrutaba tanto de grabarla, de ver su culo perfecto adornado en aquella tanga, a esas nalgas tan hermosas y redondas rebotando contra mí; de sentirme penetrando en su vagina tan lubricada y caliente, que no podía creerlo.

Me excité tanto, que tuve que finalizar la grabación del vídeo y parar por un momento para no llegar antes de tiempo. Mientras esperaba un poco, mantenía mi verga dentro de ella, consentía su culo con mis manos. Trataba de agarrar sus nalgas por completo, pero con una mano no era suficiente.

Continué penetrándola, ella se masturbaba masajeándose en el clítoris, y yo tenía que contener mi impulso para no movernos demasiado y delatarnos por el ruido de la cama (¡lo que le hubiera dado de haber podido!).

Así que opté por tomar sus caderas con mis manos para jalarlas hacia mí, al mismo tiempo que empujaba con mi cadera hacia adelante e intentaba penetrarla lo más profundo que mis fuerzas y mi verga me permitían. Una y otra vez, no tan rápido, pero con toda la intensidad, con todas mis ganas y mi alma.

Sentía mi verga penetrando en ella. Laura jadeaba y gemía contenida, y yo la disfrutaba más y más.

—¡Me encantas, me encanta estar adentro tuyo! — le decía.

—¡Me encanta tu culote, me gustas así, toda calentita y mojadita! — le seguía diciendo mientras le apretaba y le separaba las nalgas para penetrarla más profundo.

Luego de un rato deleitándome en mi locura, sentí nuevamente que iba a llegar.

—¡Voy a llegar! — le dije.

—¡No pares, vente adentro! — replicó Laura entre jadeos y con la voz entrecortada.

Continué follándola y comencé a eyacular dentro de ella. Con cada espasmo, un corrientazo caliente me recorría por la verga. Sentí la presión y el enorme placer de los chorros de esperma bombeando y saliendo de mí. Me temblaba el cuerpo y debía contener mis gemidos.

Jamás había tenido un orgasmo tan intenso, tan extasiante, me esforcé para seguir penetrándola con ritmo.

—¡Deliciosa, deliciosa, que buena que estás Laurita! —le decía alucinado, al mismo tiempo que admiraba sus hermosas y rebotantes nalgas. Mientras también disfrutaba al sentir cómo la llenaba a paralizantes estallidos con mi semen.

Percibí que Laura también tenía sus contracciones. En su orgasmo jadeaba, gemía más fuerte y entrecortado, y los músculos de sus piernas se contraían.

Nuestros paroxismos duraron por unos pocos segundos, que para mí fueron como una breve pero intensa e indeleble euforia en la eternidad. Al finalizar, Laura se volteó y me besó apasionadamente.

—¡Me encantó tu jueguito! y me di cuenta de que me estuviste grabando.

—¿Te molesta? Le pregunté preocupado.

—Haz con el vídeo lo que quieras, ¡disfrútalo! — Me aclaró.

—¡Entonces también me quedaré con estas! — Le dije mientras la besaba de vuelta y le quitaba las tangas (¡lo mojadas y calientes que estaban!). Laura solo sonrió.

Al instante, me alerté por la inminencia de mi esposa. Abrí la puerta, puse un poco de atención y escuché que aún sonaba la ducha. Tuvimos algo de tiempo para vestirnos y aclimatarnos (yo busqué un escondite para las tangas).

Luego de eso, tuvimos una despedida normal de amigos con una tarde de comidas y juegos. Y al terminar el día, mi esposa nunca llegó a comentarme nada sobre algunas tangas negras que se vieran bajo los leggins blancos de Laurita.

Ha sido un antes y un después desde aquella vez. Algo me decía desde hace mucho que las mujeres y sus bellos culos serían mi perdición.

No hay día en el que no me acuerde de Laura sin que se me apriete el pantalón, en el que necesite oler los celestiales fluidos impregnados en sus tangas negras, y en el que me recuerde y me vea disfrutando con desenfreno a la dueña de ese culote blanco, terso, redondo y hermoso.

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