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Anónimo

diciembre 30, 2025

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El chico del gimnasio

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Llevaba 2 años entrenando en el mismo gimnasio. Mismos horarios, misma gente. A veces caras nuevas, pero por lo general siempre las mismas y la verdad no había mucho interesante para ver, y si lo había al poco tiempo dejaba de coincidir.

Hasta que, acostumbrada a tantos desencuentros, comienzo a coincidir en el mismo horario y mismos días con el mismo chico: en la semana, siempre en el último turno, a la noche.

Joven, de unos 28 años (yo 24, por lo que no me pareció que algo no pudiera pasar ahí) alto, pelo obscuro, buen cuerpo, con unos brazos que se robaban toda mi atención cada vez que pasaba, y unos rulos que daban ganas de dejarse enredar en ellos entre sábanas.

La verdad es que llamó mi atención desde un primer momento con esos ojos marrones que confluían en una mirada que me comía entera cada vez que pasaba enfrente de él con los shorts más cortos que podía ponerme, para que viera sin pudor la cola que se podía comer si tan solo se animara a hablarme.

Recuerdo cuando comenzó a seguirme en Instagram, follow que sin dudas devolví, para así poder pasar el resto de noches tocándome bajo las sábanas con sus fotos, acariciándome entera pensando en él, imaginando su pija y muriéndome entera de las ganas de montármela para que supiera de una vez por todas qué era lo bueno.

Pasaba noches pensando en su carita acabando dentro mío, lo cual terminaba en la misma escena: alcanzando el orgasmo con mis dos dedos más chiquitos adentro mío, mientras chorreaba y se escurría entre ellos la expresión de mi deseo por él.

Creo que mis deseos son órdenes, porque tiempo después comenzamos a escribirnos, día y noche, sin parar. A decir verdad me pareció que era muy educado, se notaba que era un chico «bien», de esos que parecen buenitos, y que una no sabe cómo son en la cama, ni siquiera puede sospecharlo o hipotetizar respecto a eso.

Finalmente acordamos vernos. Mi fantasía se disparaba hacia todos los escenarios posibles, sentía una sensación de nervios que me resultaba sumamente excitante. Me dijo que me pasaría a buscar en su camioneta a la madrugada, lo cual me pareció perfecto.

-«Justo para la hora del postre»-pensé, y sonreí. Busqué mi lencería más linda, negra de encaje, la mejor que encontré; pensé en que él se lo merecía solo por esa carita tan linda que tenía y por esa pija con la que soñaba siempre húmeda desde hacía rato.

Sonó el timbre, de repente sentí miedo, es decir, nervios. Temblando por dentro pero intentando mostrarme lo más segura que podía, salí afuera de mi casa, abrí el portón y ahí estaba: mirándome fijamente con esos ojos que sentía me comían, caminé y entré en su camioneta.

Un perfume amaderado pero a la vez dulce me envolvió y me sedujo, quedando bajo su poder: es así como ya era suya y él no lo sabía, o quizás sí.

Nos saludamos, hablamos sobre trivialidades, hasta que llegamos a su casa. Abrió la puerta y me hizo pasar primera, por lo que pude ver por el reflejo de una ventana que se estaba devorando mi cola con la mirada.

-«Subí arriba, a la izquierda»- ordenó. Hice caso sin preguntar, comencé a sentir mucho calor.

Siguió tras mío, cerró la puerta, se acercó a mí y de pronto sentí que me olía profundamente, como aquel animal a punto de devorar su presa.

Sentí también sus manos, que me encantaron al ver lo marcadas que estaban, comenzó a acariciar mis caderas, luego me apretó el culo.

-«Que buena estás»- dijo. Sonreí, estaba empezando a mojarme la verdad.

Comenzó a besarme el cuello mientras yo me encontraba inmovilizada, pero a la vez me dejaba fluir por la excitación de aquel momento.

Fue cuando de pronto, con aquella suavidad que sospechaba pero que hasta el momento no había encontrado, me arrinconó contra una pared. Llevó mi cuerpo hacia el suyo, sintiéndome tan pequeña entre la pared y su cuerpo, sintiendo contra mi cola su pija dura e hinchada, me asaltaron deseos de comérmela.

Metió dos dedos en mi boca, y los lamí imaginando que eran su pija, para que me deseara, para que me cogiera la boca de una vez…

De pronto los sacó, subió un poco mi pollera y comenzó a tocarme, yo estaba, húmeda por demás. Tenía ganas de su pija, de sus dedos, de él.

Pasó sus dedos por afuera, subió, bajó, lo hacía tan lento que no podía desear algo más que él, que su sexo.

Comenzó a metérmelos a un ritmo que daba calambre, lo hacía tan bien que sentía que tocaba el cielo con las manos, era todo placer, éxtasis.

Sus dedos dispuestos en aquella tarea comenzaron a chorrear. Estaba por llegar al climax cuando por su mirada pude saber que lo notó. Paró. No me iba a dejar acabar tan rápido. Era un hombre que sabía exactamente qué hacer con una mujer.

Se agachó lentamente, tomó mis piernas y me dio media vuelta. Ahí estaba yo, aún vestida, pero totalmente entregada como si no lo estuviera.

Corrió mi encaje negro para un costado, como quien acomoda la mesa antes de sentarse a comer. Así se dispuso a comerme como ningún hombre nunca me lo había hecho antes: con ganas de probarme, con excitación, sensualidad y sobretodo, hambre de mí.

Pude ver la satisfacción de sentir mi gusto en sus ojos marrones que esta vez me comían, y no desde lejos. Se notaba que le encantaba hacerlo, y a mí eso me excitaba aún más.

Sentía mis cachetes rojos, que quería explotar entera, que me desarmaba ante él, mi cuerpo se comenzaba a tensar, mis piernas comenzaban a transpirar, mi respiración se agitaba, se aceleraba hasta que no pude sostener más y comencé a acabar mientras él me comía. Éxtasis.

Por unos segundos me salí de mi misma, el orgasmo recorrió mi cuerpo de una manera tan intensa que mis piernas comenzaron a temblar. No pude sostenerme en pie, me apoyé contra la cama que se encontraba a mi lado para no caerme.

Cuando pude volver a la realidad después de bajar de aquel paraíso de éxtasis lo vi a él más duro que nunca mientras me miraba gozoso de mi estado.

Nuestras miradas no se apartaron ni un segundo, le sonreí, tuve que agacharme en respuesta de esa pija que imploraba por mi boca. Y que mi boca iba a tener. Esa noche era toda suya, y él lo sabía.

Me acerqué y me dispuse a descubrir esa pija que tanto quería hace rato. Desabroché un botón, otro, bajé el cierre, los pantalones marrones que traía puestos, su calzoncillo blanco, y ahí estaba, esperándome.

Me dispuse a admirarla en todo su esplendor: gorda, larga, pero tampoco por demás, era el tamaño justo para satisfacerme, me encantaba lo anchita que era, tenía una cabecita hermosa y unas venas que la recorrían de una manera exquisita.

Estaba mojada. Una hermosa gotita caída de la punta de la cabecita. Comencé a tragármela sin dudarlo, necesitaba que me cogiera la boca para tomarme su jugo completo.

Él comenzó a gemir, su respiración se comenzó a agitar, sentí su cuerpo tenso. Fue cuando me sacó, vi su pija explotada, a punto de dar rienda suelta a la culminación, pero no. Yo solo quería sentir dentro de mi boca su jugo. Me frustró, lo miré enojada.

-«No así chiquita, sacate todo y acostate»- me dijo. Así hice.

Me desnudé mientras él no sacaba sus ojos de mí, noté que miraba mis tetas con entusiasmo.

-«¿Querés un poquito?»- le pregunté burlona de la excitación que su carita expresaba.

Fue cuando me tiró él en la cama avalanzándose sobre mí y mi cuerpo desprotegido de cualquier tela. Comenzó a comer mis tetas, una por una, al mismo tiempo mientras las agarraba con sus dos manos. Las saboreaba con un placer el cual no había dilucidado nunca antes en ninguno de los tipos que había conocido antes.

«¿Dónde estuvo este hombre toda mi vida?» pensaba yo.

Mientras comía mis tetas me di cuenta que tomaba su miembro duro para colocarlo donde yo había estado esperando y sobretodo fantaseando. Se dispuso sobre mí y comenzó a introducirlo suavemente.

Sentí llenas partes que no sabía que estaban vacías. Era perfecto, más de lo que alguna vez había imaginado entre sueños, fantasías y toqueteos conmigo misma.

Comenzó a cogerme lento, suave, parecía amor, parecía que me estaba haciendo el amor. Pero el ritmo se aceleró, su respiración también y así la mía igual, dejamos de hacer el amor para garchar un rato.

Me tensé, lo abracé con mis piernas, no quería que se fuera nunca de adentro mío.

Su ritmo se aceleró, su cuerpo se tensó, el mío también, escaló, escalamos en un viaje de satisfacción y unión que finalmente nos condujo en un profundo e intenso orgasmo que duró una eternidad y a la vez 3 o 10 segundos.

Sentí todo su ser dentro mío, quería guardármelo todo y no dejarlo salir jamás.

Perdí la noción del tiempo en esa habitación a decir verdad. Así quedaron nuestros cuerpos deshechos, rotos en una guerra entre sábanas y sudor que nos tuvo a ambos de cómplices, de testigos.

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