El amigo de mi papá
Oigan, esta historia es vieja, de cuando yo todavía jalaba en el colegio. Pero me acuerdo como si fuera ayer, porque esta vaina fue la que más o menos me abrió la cabeza pa’ lo que me gustaba. Y no, no fue un pata de mi edad. Fue el vecino de mi jato, un huevón que le decían Jorge. Mi papá era re amigo de él, se juntaban a tomar chela, a ver fulbo, toda la huevada. El tipo tenía como cuarenta y pico, pero estaba entero, no te miento. Siempre bien vestido, con su cuerpazo que se notaba que iba al gym, y una sonrisa que te dejaba tiesa.
El tema es que el huevón chocó su auto, una cagada, y se quedó sin carro. Entonces empezó a agarrar la combi pa’ ir a su chamba. Y yo, pues yo siempre agarraba el mismo combi pa’ ir y volver del cole. De ida no nos topábamos porque él salía más temprano, pero de vuelta… ahí sí. Casi siempre era el mismo combi, a la misma hora.
Al principio era pura hablada normal. “¿Qué tal el cole, Bianka?”, “Bien, don Jorge, y usted ¿cómo le fue?”. Toda la huevada educada. Yo le decía don, por respeto, pero por dentro ya me lo estaba imaginando sin ropa. El huevón tenía unas manos grandes, con venas, y una mirada que cuando te veía, sentías que te desvestía.
Un día, la combi iba casi vacía. Yo me senté en un asiento doble, cerca de la ventana. Me puse a mirar pa’ fuera, cansada, con esa huevada del uniforme que me apretaba las tetas y la falda que siempre se me subía. De repente, siento que alguien se sienta a mi lado. Era él.
“¿Aquí libre, Bianka?”, dijo, con esa voz ronca de fumador.
“Sí, don Jorge, siéntese”.
Nos pusimos a hablar, pero yo estaba muerta de sueño. Bostecé sin querer.
“Estás cansada, chica”, me dijo. “Recuéstate un rato, yo te aviso cuando bajemos”.
Le hice caso. Me recosté contra la ventana, pero estaba dura. Entonces sentí su brazo pasar por detrás de mi espalda. “Aquí, en mi hombro”, dijo. Y me acomodó.
Pensé: “qué huevón más amable”. Me quedé dormida, o eso fingí. La verdad es que su olor me tenía loca. Olía a jabón caro y a hombre, a puro macho.
De repente, me desperté un poco. Pero no abrí los ojos. Sentía algo en mi pierna. Algo caliente, pesado. Era su mano. La tenía puesta en mi muslo, bien alto, casi rozando el borde de mi calzón. Yo llevaba la falda del cole, claro, y ese día me había puesto un calzón normal, de algodón, nada especial.
Me quedé quieta. No me moví. ¿Qué mierda hacía? ¿Se le había ido la mano sin querer? Pero no, porque la mano se movió. Apretó mi muslo. Sus dedos empezaron a subir, muy lento, rozando mi piel. Llegaron hasta el dobladillo de mi falda. Y ahí se pararon. Yo contuve la respiración. Mi corazón latía tan fuerte que creí que él lo iba a escuchar.
Sus dedos empezaron a jugar con la tela de mi calzón. Rozaban la costura, justo ahí en el medio. Yo me mojé al instante. Sentí un chorro de calor entre las piernas. Él debió sentirlo, porque la tela se puso húmeda. Y entonces, el muy huevón, metió un dedo. Solo un poco, por encima de la tela, pero presionando justo donde estaba mi pepa.
Ay, no jodas. Casi me vine ahí mismo. Tuve que morderme el labio pa’ no gemir.
Él seguía, con ese dedo haciendo círculos sobre mi calzón mojado. Con la otra mano, yo la sentí moverse. Miré un poquito, entre mis pestañas. El muy pendejo se estaba tocando el bicho por encima del pantalón. Se le veía un bulto enorme, que apretaba con la mano.
Esto duró como tres paradas, que fueron una eternidad. Yo ya estaba temblando, deseando que metiera la mano y me tocara de verdad. Pero de repente, escuché voces. Gente subiéndose a la combi.
Él quitó la mano al toque, como si nada. Me acomodó la falda, bajándola bien. Luego me dio un leve codazo. “Bianka, ya casi llegamos”.
Yo abrí los ojos, haciéndome la dormida. “Ah, sí… gracias, don Jorge”.
Nos bajamos. Caminamos hasta mi casa en silencio. Yo no podía ni mirarlo a la cara. Mis piernas temblaban, y entre mis muslos estaba toda babosa. Él me dejó en la puerta.
“Hasta mañana, Bianka”, dijo. Y me guiñó un ojo. El muy conchudo.
Entré a mi casa y fui directo al baño. Me cerré con llave. Me bajé el calzón, que estaba empapado. Olía a mí, y también un poco a él, a su mano. Me senté en el lavamanos y me abrí las piernas. Con dos dedos, me toqué. Estaba tan sensible que con tres roces ya estaba viniéndome. Gemí en silencio, mordiéndome el puño, imaginando que era su mano la que me tocaba.
Después de eso, yo ya era otra. En el cole, no podía pensar. Solo quería que fuera la hora de salir, de tomar la combi. Y yo, la muy zorra, me puse en plan provocador. Me levantaba la falda un poco más cuando me sentaba frente a él. Me ponía sin mangas, que se me marcaran las tetas. Y él lo notaba. Me miraba con esa sonrisa de lobo.
Pasaron como dos semanas. Yo ya empezaba a pensar que se había arrepentido, que fue una calentura de momento. Pero un día, otra vez. la combi medio vacío, con esas luces tenues que ponen al atardecer. Nos sentamos juntos. Yo, esta vez, me recosté en su hombro sin que me lo pidiera.
“Tengo sueño otra vez”, dije, mirándolo.
Él solo asintió. Me puso el brazo alrededor. Empecé a fingir que dormía. Pero esta vez, no esperé. Moví mi mano y la puse en su muslo. Él se quedó tieso. Pero no me la quitó. Mi mano subió, despacio, hasta llegar a su entrepierna. Ahí estaba. Duro como una piedra. Un bulto enorme, caliente, que latía bajo el pantalón.
Lo apreté. Él respiró hondo. “Bianka…”, dijo, en un susurro.
“Shhh”, le dije, sin abrir los ojos. “Yo también estoy dormida”.
Y entonces, él se soltó. Su mano fue directo a mi falda. Esta vez no hubo rodeos. Metió la mano por debajo, me agarró el calzón y lo corrió a un lado. Sus dedos, grandes y ásperos, me tocaron directo. Me abrieron los labios. Uno de ellos se metió dentro de mí.
Casi me desmayo. Fue tan húmedo, tan caliente. Empecé a mover las caderas contra su mano, sin poder evitarlo. Él metió otro dedo. Yo gemí bajito, ahogando el sonido en su hombro. Con la otra mano, yo seguía apretando su verga a través del pantalón. Quería sacársela, pero no me atrevía.
Él se inclinó y me habló al oído, con la boca casi pegada a mi piel. “Te gusta, ¿verdad, putita?”
Yo solo pude asentir, con la cabeza enterrada en su cuello.
“Quiero verte”, dijo. “Quiero verte la conchita”.
“No aquí…”, jadeé.
“En tu casa. Tu papá sale a las seis. Tu mamá trabaja hasta las ocho. Yo sé”.
El huevón tenía todo calculado. Yo abrí los ojos y lo miré. Asentí.
Ese día, cuando nos bajamos, no fuimos cada uno por su lado. Caminamos hasta mi casa, pero en vez de despedirnos, él entró conmigo. La casa estaba vacía, como él dijo.
Cerré la puerta y me apoyé contra ella. Él vino y me besó. Fue un beso salvaje, con dientes, con lengua. Me levantó la falda del uniforme y me bajó el calzón de un tirón.
“Aquí, en el pasillo”, gruñó. Se bajó los pantalones y se sacó la verga. Era enorme. Más grande de lo que imaginé. Morena, gruesa, con la cabeza bien rosada y brillando.
Me puso contra la pared, me levantó una pierna y me la metió de un golpe. Yo grité. Me llenó toda. Empezó a cogerme ahí, en el pasillo, con mi uniforme del cole todavía puesto. El sonido de nuestros cuerpos era lo único que se escuchaba.
“Eres una putita de colegio, ¿verdad?”, me decía al oído, mientras me daba. “Te gusta que te coja el amigo de tu papá”.
“Sí”, gemía yo. “Sí, papi, dame más”.
No duró mucho. Él se vino dentro de mí, con un gruñido que retumbó en el pasillo. Yo me vine con él, otra vez, sintiendo su leche caliente adentro.
Después, se arregló rápido. Me dio un beso en la frente. “Hasta mañana, Bianka”.
Y se fue. Yo me quedé ahí, deshecha, con las piernas temblando y su leche chorreándome por los muslos. Y supe, en ese momento, que esto no había hecho más que empezar. Y que yo, la hija de su amigo, era su puta secreta. Y me encantaba.


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