Por

Anónimo

diciembre 25, 2025

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Despertando en navidad con la boca llena de leche

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La cena de Nochebuena fue una locura, mucha comida, más trago y risas hasta tarde. Mis amigos se fueron arriba, a sus cuartos, y nosotros nos quedamos en la habitación de invitados, que era la matrimonial de ellos. La cama era enorme, con sábanas nuevas que olían a suavizante, y desde el primer momento que la vi, solo pensé en una cosa: estrenarla follando como animales.

Mi pareja, sin embargo, tenía otros planes. Después del tercer vaso de coñac, se desplomó sobre el colchón, roncando suavemente, completamente ido. Yo me quedé ahí, a su lado, con la calentura comiéndome por dentro. Podía oír las risas ahogadas y los pasos de mis amigos arriba, y esa idea, la de que ellos estaban tan cerca, me excitaba aún más. Pero no hubo caso. La noche pasó y él no se despertó ni aunque le puse la mano en el paquete, que estaba blandito y inútil.

Esta mañana, con la resaca pintando el aire, las cosas cambiaron. Abrimos la ventana para que entrara el fresco, y desde el patio llegaron voces y risas. Mis amigos ya estaban despiertos, recogiendo o preparando algo. Ese sonido, saber que estaban ahí, justo al otro lado de la pared, hizo que la calentura de anoche volviera con el doble de fuerza.

Me giré hacia mi pareja, que estaba desperezándose, y sin mediar palabra, bajé la sábana y me metí bajo ella. Él todavía estaba medio dormido, pero su cuerpo reaccionó al instante. A través del boxer, ya sentía su verga creciendo. La saqué, ya firme y caliente, y sin más preámbulos me la llevé a la boca.

Él intentó protestar, un susurro de «espera, que nos oyen», pero yo ya estaba en mi mundo. La chupé con ganas, mojándola bien con mi saliva, haciendo los ruidos más obscenos que pude. Quería que se escuchara. Quería que mis amigos, ahí afuera, supieran lo que estaba pasando. Mi propia entrepierna estaba empapada, y me frotaba contra la sábana por algo de alivio.

Él es tímido, lo sé, y trató de detenerme, poniendo sus manos en mi cabeza para alejarme suavemente. Pero yo le clavé la mirada, con sus verga aún entre los labios, y le dije, con la voz ronca por la excitación: «Cállate y disfruta». Eso lo detuvo. Sus ojos se cerraron y un gemido escapó de sus labios.

Aceleré el ritmo, usando una mano para masajearle los huevos mientras con la boca trabajaba la punta, sensualmente, para después metérmela toda hasta la garganta. Sentía cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus dedos se enredaban en mi pelo. Sabía que estaba a punto.

«Me voy a correr», jadeó, y esa vez no hubo protesta. Solo un aviso. Yo asentí, sin soltarlo, y seguí chupándolo con más determinación. Con un temblor, soltó un gemido ahogado y sentí el chorro caliente de su leche en mi lengua. Me lo tragué todo, cada última gota, mientras él se estremecía bajo mí.

Cuando me separé, él quedó jadeando, con una sonrisa de derrota y placer en la cara. Desde el patio, las voces seguían, inconscientes del espectáculo que acababan de ‘escuchar’. Yo me limpié la boca con el dorso de la mano, sintiendo un triunfo sucio y delicioso. Toda la mañana he estado caliente, recordando su gemido final y el sabor salado en mi boca. Hoy será un largo día, y mi mente ya está pensando en la próxima vez que pueda provocar ese sonido, quizás con un público un poco más atento.

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