Desleche a tres bebés de 18 de la universidad
A mis 30 primaveras, la vida me había dado tantas vueltas que terminé de nuevo en la universidad, compartiendo salón con chavos que todavía creen que la cerveza más cara es la Corona. Primer semestre, grupo lleno de caras frescas, miradas que no han visto lo suficiente y cuerpos que todavía no saben lo que es un dolor de espalda por mala postura. Entre ellos, yo, con mis tatuajes que cuentan historias que ellos apenas están empezando a imaginar.
El trabajo en equipo era inevitable. «Formen grupos de cuatro», dijo el profesor, y yo me vi rodeada de tres chicos de 18 años que parecían salidos de un catálogo de ropa deportiva. Carlos, el más alto, con una sonrisa que delataba su inseguridad; Javier, de ojos verdes que no sabían disimular la curiosidad; y Luis, el callado, cuyo silencio era más elocuente que cualquier palabra.
«¿Por qué no vamos a mi departamento?», propuse, viendo cómo sus pupilas se dilataban al unísono. «Podemos trabajar sin distracciones». La mentira más grande que he dicho en mi vida.
Mi departamento huele a incienso y a libertad. Los libros apilados en el suelo, los cuadros torcidos, el desorden que habla de una mujer que ya no pide permiso. Los vi entrar como ciervos en un territorio nuevo, mirando cada detalle como si fuera una pista.
Empezamos con el trabajo. Laptops abiertas, libros de texto, apuntes desordenados. Pero yo ya había decidido que hoy no íbamos a aprender de teorías, sino de práctica. Llevaba una blusa escotada, de esas que sabes que van a hacer su trabajo sin que tú tengas que esforzarte demasiado. Cada vez que me inclinaba sobre la mesa, sentía sus miradas clavadas en mi escote, en los tatuajes que se asomaban por debajo de la tela.
«¿Y esos tatuajes?», se atrevió a preguntar Carlos, el más valiente del grupo.
«¿Cuál quieres que te cuente?», respondí, sabiendo muy bien a dónde iba esto.
«El de la mariposa en…», tragó saliva, «en la espalda baja».
Ahí estaba. La invitación. Me levanté lentamente, dando una vuelta completa hasta quedar de espaldas a ellos. Me bajé el jeans solo lo suficiente para mostrar el tatuaje completo, la mariposa cuyas alas parecían moverse con cada respiración. El silencio en la habitación era tan denso que podía oír cómo sus corazones latían al unísono.
«Les gusta?», pregunté, volviéndome para enfrentar tres pares de ojos vidriosos.
Asintieron como autómatas. Javier se ajustó el pantalón incómodamente. Luis no podía apartar la mirada de mis caderas.
«Tal vez deberíamos tomar un descanso», sugerí, y antes de que pudieran responder, me quité la blusa.
Quedé en sostén, mostrando los tatuajes que recorren mis brazos, mi espalda, mi estómago. «El trabajo puede esperar».
Fue Carlos quien se levantó primero, acercándose como si yo fuera una fiera peligrosa. «¿Podemos… tocarlos?», murmuró, su voz quebrada por la excitación.
«Así se empieza», pensé. «Sí», dije en voz alta.
Sus dedos, torpes e inseguros, comenzaron a recorrer mi piel. Primero Carlos, tocando el dragón en mi hombro. Luego Javier, atreviéndose con la flor de loto en mi costado. Luis seguía sentado, pero su mirada ardía.
«¿Saben lo que realmente quiero?», susurré, llevando la mano de Carlos hacia mi pecho. «Quiero ver lo que tienen para mí».
Fue como soltar una compuerta. En segundos, estaban desvistiéndose con la urgencia de quienes han esperado toda su corta vida por este momento. Tres cuerpos jóvenes, firmes, inexpertos. Tres vergas duras, palpitantes, que prometían una tarde inolvidable.
«En la cama», ordené, y obedecieron como cachorros bien entrenados.
Me arrodillé frente a ellos, tomando las tres vergas en mis manos. Eran diferentes: la de Carlos, larga y delgada; la de Javier, más corta pero gruesa; la de Luis, perfectamente promedio pero con un glande que parecía hecho para ser chupado.
Empecé con Carlos, metiendo su cabeza en mi boca mientras masajeaba las otras dos. Sus gemidos llenaron la habitación, música para mis oídos. Cambiaba de una a otra, saboreando sus diferencias, sintiendo cómo temblaban bajo mi lengua.
«Quiero verlas juntas», dije, y los posicioné para que sus vergas formaran un trío perfecto. Las tomé con ambas manos, frotándolas una contra otra, mi boca yendo de una a otra en un ritmo que los tenía al borde del delirio.
Javier fue el primero en gemir que no aguantaba más. «Esperen», ordené, y corrí a mi habitación por el vibrador más grande que tengo. «Ahora sí», dije, encendiéndolo y pasándolo por mis pechos mientras continuaba la doble mamada.
El sonido del vibrador mezclado con sus jadeos era mejor que cualquier música. Me puse a cabalgar el vibrador frente a ellos, abriéndome bien para que vieran cómo me entraba y salía, cómo mis jugos mojaban el sillón.
«¿Quién quiere ser el primero?», pregunté, y los tres gritaron al unísono.
Empecé con Carlos, montándolo mientras con una mano me seguía masturbando y con la otra acariciaba la verga de Javier. Luis observaba, masturbándose con una intensidad que prometía una corrida épica.
Cuando sentí que Carlos estaba cerca, cambié a Javier. Su verga gruesa llenaba cada centímetro de mí. «Dame más duro», le gemí, y él respondió con embestidas que delataban su juventud e inexperiencia, pero también una energía que ningún hombre de mi edad podría igualar.
Luis no pudo esperar más. Se acercó por detrás y me la metió por el culo sin pedir permiso. El dolor inicial se transformó en un placer tan intenso que grité, haciendo que los otros dos se excitara aún más.
Ahí estábamos, los cuatro en un enredo de piernas, manos y vergas. Yo en el medio, siendo follada por dos al mismo tiempo mientras la tercera verga entraba y salía de mi boca. El sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con mis gemidos y sus jadeos.
«Voy a venirme», gritó Javier.
«Yo también», agregó Carlos.
Luis solo gruñó, clavándome más profundo.
«Esperen», jadeé, deteniendo el movimiento. «Quiero que los tres se vengan al mismo tiempo. En mi boca».
Fue el espectáculo más hermoso que he visto. Me arrodillé frente a ellos, abriendo bien la boca mientras se masturbaban frenéticamente. Primero Javier, con un gemido agudo, llenando mi lengua con su leche caliente. Luego Carlos, cuyo chorro parecía interminable. Finalmente Luis, que salió en un hilo espeso y blanco que se mezcló con el de sus amigos.
Tragué todo, mostrándoles la boca vacía antes de sonreír. «¿Les gustó la clase práctica, niños?»
No podían hablar, jadeando, cubiertos de sudor, con sus vergas todavía palpitando. Yo, en cambio, me sentía más viva que nunca. Mis tatuajes brillaban bajo el sudor, mi cuerpo latía con la energía de tres orgasmos masculinos, y mi sonrisa era la de una mujer que acaba de recordar por qué ama ser exactamente quien es.
«Ahora», dije, limpiándome la barbilla, «¿se portarán bien en clase o tendré que castigarlos otra vez?»
La mirada en sus ojos me dijo que esta sería la primera de muchas sesiones de estudio. Y a mis 30 años, después de tantos tropiezos, por fin sentía que la universidad me estaba enseñando algo realmente útil.


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