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mayo 22, 2015

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Descontrol hormonal (cap.II) Un beso a tres bocas

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Lucy nació en Dusseldorf, en el seno de una familia adinerada donde ella, como hija única (sus padres, aunque lo intentaron, no pudieron tener más hijos) gozaba de las atenciones y de toda la buena educación que el dinero puede proporcionar. Junto a sus padres, había viajado desde niña a todas partes, pero nunca lo había hecho sola. El año de Erasmus que la había traído hasta el piso que compartíamos, representaba para ella la gran oportunidad de al fin ser independiente; gozaba de un libre albedrío que nunca había llegado a imaginar. Lucy llegó a la ciudad con ganas de estudiar, de salir, emborracharse, conocer gente, pero, sobre todo, Lucy llegó a la ciudad con la firme convicción de perder la virginidad. Así me lo contó Alma, mientras compartíamos el cigarrillo de rigor luego de otro gran polvo. Es virgen y anda cachonda todo el día la pobre, me decía. Esta información fue como un regalo caído del cielo. En su mirada y actitud había notado los mismos cambios que en Alma. Justo ese mismo día en la mañana, cuando entré a la cocina a buscar cualquier cosa con qué desayunar, me encontré a Lucy buscando algo en la nevera. Vestía un camisón de algodón amarillo de esos cortos que acaban justo por encima del ombligo. Y abajo nada. O casi nada. Sus pies descalzos, sus largas piernas, una panty rosada que apenas cubría nada. Cuando le vi casi me corro en ese mismo instante. No sé cómo, contuve el impulso de follarla allí mismo de cualquier manera. Ella se giró, sonrió y enseguida sus ojos verdes apuntaron hacia mi entrepierna. Luego me dijo algo así como: �Ay, ay, ay, papito, papito�. A continuación me sacó la lengua y salió corriendo como lo haría una niña de primaria.

Alma, a la vez que se masturbaba frotando su clítoris en círculos de infinitas vueltas, me iba contando más detalles sobre Lucy: que si nunca había tenido novio, que un chico la había besado el otro día en una discoteca, pero que a la hora de la verdad ella se echó para atrás. Decía que se estaba guardando para alguien especial.

De pronto Alma me trajo de vuelta al mundo real, a nuestro piso, a su habitación, a su cama, a su entrepierna. Tenía el coño irritado y los labios de su vagina hinchados de tanto follar y porque no paraba de masturbarse. Se tocaba todo el tiempo. Resultó obvio para mí que la testosterona le encantaba porque ya era una viciosilla. Alma disfrutaba del sexo desde siempre, lo llevaba en su ser, la testosterona tan sólo se estaba encargando de derrumbar los pocos tabús que hasta entonces todavía conservaba. La historia sobre Lucy se estaba tornando aburrida cuando de pronto Alma soltó la frase: �Pero besa bien rico -y después de una corta pausa-, me encanta besarla�.

¡WTF!

Eran casi las diez de la noche y a mí se me prendió el bombillo.

-¡Vístete! �le solté de pronto a Alma-. Vamos a la inauguración de un bar.

Ella no tardó mucho en ponerse guapa. Sólo necesito encajarse unas lindas bragas, una verde falda corta, una ajustada camiseta azul, el primer par de zapatillas que encontró a mano, su cabello pese a ser largo es tan liso que un minuto estaba como de salón; toda una princesa instantánea. Los dos salimos de su habitación a la vez y en el pasillo nos topamos con Lucy frente a frente. Llevaba el mismo camisón de la mañana, pero esta vez sus bragas color rosa estaban cubiertas por un short (bastante short) color verde que hacía un bonito juego con su mirada encendida del mismo color.

-¿Y ustedes�qué?-nos preguntó sin preámbulo-.

-¿Nosotros? �respondí- Nosotros vamos a la inauguración del bar de unos amigos, ¿te apuntas?

En el bar, la noche fue como fue. Bailamos, reímos, nos emborrachamos, el deseo se fue fraguando más en plan erótico que en plan porno; y aquello me encantaba. En un rincón de la pequeña pista de baile, Alma y Lucy se abrazaban cuando la de la garganta profunda me dijo, Ven acá. Sus labios casi se rozaban cuando invitaron al baile a los míos. Estaban jugando a un juego que me encantaba jugar. La lengua de Alma fue la primea que buscó contacto. Con Lucy. Conmigo. Conmigo. Con Lucy. Aquel beso a tres bocas creo que será lo último que querré recordar antes de morir, aunque quizá también querría recordar todo lo que sucedió inmediatamente después.

Salimos del bar bastante antes de que cerrara. Por suerte, se encontraba cerca de casa. Lucy a mí izquierda, Alma a la derecha. Los tres anduvimos el corto camino dando tumbos abrazados. Íbamos cagados de la risa por cualquier cosa. Al llegar a la escalera, las dejé subir delante para verles el culo. Las dos lo pillaron y de inmediato, entre risas, comenzaron a posar en plan peli porno. Lucy se bajó el pantalón lo justo para que pudiera alcanzar a ver la diminuta tanga que dejaba ver perfectamente los labios mayores de su vagina depilada. Alma, para no quedarse atrás, prefirió quitarse la camiseta y acabar de subir las escaleras con las tetas al aire.

Acabamos en mi habitación armando un escándalo cagados de risa. Nadie encendió la luz porque no era necesaria. La que se colaba a través del balcón, abierto de par en par, resultaba perfecta. Fue Alma, como no, quien tomó la iniciativa. Muerta de risa, luego de darme un beso pícaro y otro a Lucy, soltó sin sonrojarse:

-Tengo calor en el chocho.

Lucy y yo intercambiamos miradas y continuamos riendo mientras Alma se quitaba la ropa. Se desnudó tan rápido que para Lucy y para mí aquello fue como presenciar un acto de magia. Fue un ahora con ropa y ahora completamente desnuda con las piernas abiertas sobre la cama.

De pronto Lucy distrajo la atención que prestaba a la entrepierna de Alma.

-Siempre desee que fueses tú �me dijo al oído mientras besaba el lóbulo de mi oreja-. Lo que no imaginé es que perdería mi virginidad haciendo un trío.

Yo no supe qué decir, en mi cabeza surgieron un montón de tonterías que preferí no compartir; por eso decidí ocupar la boca en otra cosa y la besé. Sus labios gruesos, húmedos y rojos palpitaban. Lucy estaba tan caliente que podía sentir el latir de su pulso en su lengua. Porque me dejé llevar, la sujeté con firmeza en la nuca enterrando mi mano en su cabello rubio. Giré sobre ella sin soltarla hasta colocarme justo detrás. Así besé su cuello, lamí todo el camino que marcaban las vertebras de su espalda. Le fui quitando la ropa a medida que recorría su piel con mis manos, con mis besos, con mis mejillas, la recorrí con mis oídos, quizá deseaba escuchar lo que decían sus entrañas. Una vez su cuerpo estuvo completamente desnudo, volví a la posición en que todo había comenzado.

Frente a mí la espalda desnuda de Lucy, su cabello largo, sus delgados hombros, su piel blanca salpicada con lunares sexys, también frente a mí, mirando un poco hacia abajo: su lindas pequeñas, redondas y tiernas nalgas. Nalgas que dan origen a un par de largas y atléticas piernas de veinteañera. Y sobre la cama, Alma. Otro espectáculo para los sentidos. Sus piernas tampoco parecen tener fin y donde convergen yace un volcán de los que lanzan lenguas de fuego. Sin parar ni un segundo de frotar su clítoris, Alma nos observa. Su mirada recorría de forma indecorosa el cuerpo desnudo de su amiga. Observa su rostro, sus pechos al aire, fijó su atención en esos lindos aritos rosados coronados por erectos pezones. Alma miraba el vientre de Lucy y se ponía más caliente. Cuando clavaba su mirada en los labios de aquel coño se calentaba aun más. Mientras tanto, sin la intención de metérsela, frotaba mi polla en la entrepierna de Lucy. Estás muy mojada, le dije al oído cuando sentí a mi polla empaparse por su flujo.

-Es tu culpa, mira como me tienes.

Y entonces también.

-Es tu culpa, mira como nos tienes �quiso destacar Alma-.

Y aunque aquello era una verdad a medias, en aquel instante era un hombre completamente feliz.

CONTINUARÁ�


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2 respuestas

  1. nindery

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