Por
Cuatro pibes en un Golf
Ufa, que noche la que les voy a contar.
Acababa de salir de un boliche en Bariloche, mis amigas se habían ido todas porque algunas tenían laburo al otro día, y yo, la cabecita dura de siempre, me quedé sola esperando un taxi que nunca llegaba. Estaba en la vereda, con el aire frío de la madrugada pegándome en las piernas desnudas bajo la mini, cuando un auto frena a mi lado. No era un taxi, era un Golf tuneado, con cuatro pibes adentro, yo solo conocía a uno y siempre me había gustado, los otros no podían tener más de 25.
Bajaron la ventanilla y salió ese olor a birra y cigarrillo mezclado con colonia barata. Uno, el del copiloto, tenía rulos negros y una sonrisa que te desarmaba. «Che, ¿buscas taxi? Acá no pasan más a esta hora», me dijo. «Nosotros te llevamos, estamos yendo para el centro». Yo los miré, les medí la onda. Los cuatro tenían esa pinta de pibes de gimnasio, con las remeras ajustadas que les marcaban los brazos. No eran monstruos, pero estaban lindos, y la adrenalina de la noche todavía me latía en las venas.
«No sé, chicos», dije, tratando de sonar prudente, pero ya con una sonrisa estúpida en la boca.
«Tomate un trago con nosotros acá en el estacionamiento de la estación de servicio, te calmás un poco y después te llevamos, ¿qué te parece?», propuso el de rulos, agitando una botella de Fernet casi vacía.
Qué podía salir mal, ¿no? Me subí atrás. El auto era chico, y yo me senté en el medio, con dos de ellos apretándome a los costados. El de rulos, que se llamaba Ezequiel, me pasó la botella y yo tomé un trago largo, sintiendo cómo el dulzor me bajaba quemando hasta el estómago. La música electrónica sonaba fuerte, y el auto empezó a moverse lentamente, dando vueltas por las calles vacías.
Ahí empezó todo. Con la excusa de agarrar la botella, el pibe de mi izquierda, un rubio con ojos claros, apoyó su mano en mi muslo. No la sacó. Empecé a sentir el calor de su palma a través de la fina tela de mi pollera. Yo, en vez de alejarme, abrí un poco más las piernas. Fue inconsciente, una provocación pura. Por el espejo retrovisor, alcancé a ver cómo el que manejaba, un moreno con barba, clavaba la mirada justo ahí, en el triángulo oscuro que se me asomaba entre los muslos.
El de mi derecha, el más callado, empezó a acariciarme la rodilla con el dedo pulgar, haciendo círculos lentos. Nadie decía nada. Solo la música y la respiración de ellos, que se fue poniendo más pesada. Yo me dejaba hacer, tomando otro trago, sintiendo cómo la lujuria me trepaba desde la panza. Estaba mojada. Me di cuenta cuando el rubio deslizó su mano un poco más arriba y rozó el borde de mi bombacha. Un escalofrío me recorrió toda.
«Che, ¿adónde vivís?», preguntó el conductor de repente, rompiendo el hechizo.
Les di la dirección, y se hicieron un silencio incómodo. Estaba a diez cuadras. Cuando doblaron en la calle de mi casa, Ezequiel, el de rulos, se dio vuelta desde el asiento delantero. «Bueno, hermosa, acá está. Pero la carrera no es gratis, ¿eh?», dijo, con esa sonrisa pícara.
Me reí, nerviosa. «¿Y cuál es la tarifa?»
«Un beso», dijo él, y antes de que pudiera responder, bajó del auto.
Yo bajé también, pensando en despedirme rápido y entrar. Pero él me agarró de la cintura y me dio un beso. No fue un besito de despedida. Fue un beso profundo, húmedo, con lengua, que me dejó sin aire. Y mientras sus labios estaban sobre los míos, sentí que sus manos bajaban y me apretaban el culo por encima de la pollera. Yo gemí en su boca, y eso fue la señal.
De repente, la puerta trasera del auto se abrió. El rubio y el callado salieron, y sin mediar palabra, me levantaron entre los tres y me metieron de nuevo adentro, pero esta vez acomodándome sobre el asiento trasero, con las piernas hacia afuera. El rubio se subió encima mío, en el espacio minúsculo, y empezó a besarme el cuello mientras sus manos me abrían la campera y me sacaban la remera. Escuché cómo el auto arrancaba y comenzaba a moverse otra vez, pero ya no me importaba a dónde iban.
El callado, que se llamaba Tomás, se arrodilló en el piso del auto, entre mis piernas, y empezó a subirme la pollera. Cuando vio mi bombacha, una tanga roja ya empapada, soltó un gruñido. «Mirá eso, che», dijo, y hundió su cara ahí, lamiéndome a través de la tela. Yo grité, arqueándome, mientras el rubio, Leo, me chupaba las tetas con una furia increíble.
El auto frenó en seco en un lugar oscuro, un estacionamiento vacío al lado de una fábrica abandonada. El conductor, Marcos, y Ezequiel bajaron y abrieron las puertas traseras. El espectáculo que vieron los tuvo hipnotizados. Tomás me había sacado la bombacha y me estaba comiendo la concha como si no hubiera un mañana, mientras Leo me tenía los pechos ocupados.
«Vamos por turnos, che, no se aplasten», dijo Marcos, con la voz ronca. Se bajó el cierre de su jean y sacó una verga enorme, oscura, ya goteando. Me la puso en la boca sin ceremonia, y yo, atragantándome, empecé a chupársela mientras Tomás seguía dándome placer con la lengua. Era una locura de sensaciones. No podía pensar.
El turno fue así: mientras uno me la chupaba, otro me daba por la boca y otro esperaba, acariciándose o mirando. Luego, Tomás, que ya me tenía al borde del orgasmo con su lengua, se paró y me metió su pija de una. Era más delgada pero larga, y me llegó hasta el fondo. Yo gritaba, agarrada de los apoyabrazos del auto, con el culo medio fuera del asiento. Él me dio rápido, desesperado, y no duró mucho. «Me voy, me voy», avisó, y se corrió dentro mío, caliente.
Antes de que pudiera reaccionar, Leo lo empujó y tomó su lugar. Él era más fornido, y su verga era gruesa. El cambio se sintió brutal. Me llenaba de otra manera, rozando lugares que Tomás no había tocado. Marcos, desde afuera, me agarraba la cabeza y me guiaba hacia su pija, que seguía dura como una piedra. Era un ir y venir de cuerpos, de olores a sudor y sexo, de gemidos y órdenes.
«Salí, así la ponemos en cuatro», dijo Ezequiel. Me hicieron bajar del auto. El aire frío de la madrugada me golpeó la piel sudada, pero en segundos el calor de ellos me rodeó de nuevo. Me pusieron contra el costado del Golf, agachada, con las manos apoyadas en el techo. Ezequiel fue el primero. Se puso atrás mío y me entró por atrás, sin avisar. El dolor me hizo llorar, pero él no paró, agarrándome de las caderas y dándome con una fuerza salvaje. «Qué culo tenés, dios», jadeaba.
Cuando se corrió, salió y Marcos tomó su lugar, esta vez en mi concha, que ya estaba dolorida pero increíblemente sensible. Cada embestida me hacía ver estrellas. Luego vino Leo otra vez, y después Tomás, que ya se había recuperado.
Perdí la noción del tiempo. Solo era un cuerpo usado, una concha y un culo que recibían pija tras pija. En un momento, me dieron vuelta y me hicieron arrodillar en el asfalto frío. Los cuatro se pararon alrededor mío, con sus vergas en la mano, brillando bajo la luz de un farol lejano. «Abrí la boca, puta», dijo Marcos, y yo obedecí.
Fue un bukkake improvisado y sucio. Uno tras otro, se fueron corriendo en mi cara, en mis tetas, en mi pelo. La leche, caliente y espesa, me chorreaba por la barbilla, me salpicaba los ojos. Algunos gruñían, otros gemían mi nombre. Yo, con los ojos cerrados, la boca abierta, recibía todo, sintiéndome la mujer más zorra y más viva del mundo.
Cuando terminaron, me dejaron ahí, temblando, hecha un desastre, con el cuerpo lleno de sus fluidos. Me ayudaron a vestirme, casi sin hablar. Me subieron al auto y me llevaron a mi casa en silencio. Antes de bajarme, Ezequiel me dio un beso en la mejilla. «Fue increíble, Lu», murmuró.
Asentí, sin fuerzas para hablar. Bajé y entré a mi casa como un fantasma. Me metí a la ducha y me dejé caer el agua caliente, tratando de procesar lo que había pasado. El cuerpo me dolía por todos lados, pero por dentro, una brasa ardía. Una brasa de morbo, de vergüenza y de un placer tan intenso que sabía que iba a buscar repetir. Porque en el fondo, allá en la Patagonia, entre montañas y lagos, a veces lo más salvaje no está en el paisaje, sino en las ganas que te despiertan cuatro desconocidos en un estacionamiento vacío.


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