Por
Con mi cuñada
La cosa empezó hace como tres años, poco después de que mi esposa y yo nos casáramos. Su hermana, Carla, siempre fue la «divorciadora», la que coquetea con todo lo que se mueve. Al principio eran miradas que duraban un segundo de más, «accidentales» roces cuando pasaba a mi lado en las cenas familiares, cumplidos sobre mi físico que traspasaban la línea de lo familiar. Yo, la verdad, al principio me hacía el loco, pero mi verga siempre votaba a favor de ella. Mi esposa, inocente, solo veía la complicidad normal entre cuñados.
El primer roce fuerte fue en una fiesta familiar. Estábamos bailando todos y, en un momento de desorden, Carla se pegó a mí para esquivar a un primo borracho. Sentí todo su cuerpo contra el mío, sus tetas aplastadas en mi pecho y su mano, que casualmente cayó justo sobre la marca de mi erección en el pantalón. No la quitó de inmediato. Al contrario, apretó un poco, me miró a los ojos con una sonrisa pícara y susurró: «Uy, perdón, no sabía que traías refuerzos». Esa noche me tuve que encerrar en el baño y jalármela como un adolescente, imaginando que eran sus manos las que me deslechaban.
Desde ahí, todo fue una pendiente resbaladiza. Empezamos a escribirnos, primero con excusas tontas, luego los mensajes se llenaron de dobles sentidos y fotos «inocentes». Ella en el gym, sudada, con esos leggins que le moldeaban un culo perfecto. Yo, «sin querer», enviándole una foto después de correr, sin camisa. La tensión era un animal vivo que nos comía por dentro.
La primera vez que nos besamos fue en su departamento. Mi esposa estaba de viaje de trabajo y yo fui a ayudarla a instalar un mueble. Terminamos sudados, tomando una cerveza en el sofá. De repente, un silencio cargado. Me acerqué y le robé un beso. Ella no se sorprendió. Al contrario, me devoró la boca con una hambre que me dejó claro que llevaba mucho tiempo esperándolo. Terminamos follando ahí mismo, en el sofá, como animales. Ella se montó encima de mí, guiándome dentro de ella con una mano mientras con la otra se tapaba la boca para no gemir muy fuerte. Me susurraba al oído: «Soy más apretada que mi hermana, ¿verdad? Dímelo». Y yo, poseído por el morbo, se lo confirmaba entre jadeos. Fue rápido, sucio y increíble.
Pensé que cuando ella consiguió novio, hace unos meses, la locura iba a acabar. Pero fue al revés. La muy zorra se obsesionó más. Ahora cada encuentro es más arriesgado y más caliente. Una vez vino a casa cuando mi esposa estaba en el supermercado. No llegamos ni a la habitación. Me la cogí contra la puerta del refrigerador, con su novio esperándole mensajes en el celular que ella tenía en la mano. Mientras yo se la metía por detrás, agarrando de sus caderas y escuchando cómo sus nalgas chocaban contra mí, ella le escribía voz: «Amor, ya casi salgo del trabajo, te extraño». Grité cuando me vine, y ella se giró y me besó para callarme, tragándose mis gemidos.
La obsesión ya es enferma. Me manda fotos de sus tangas mojadas después de vernos, me dice que se masturba pensando en mí cuando está con su novio, que le gusta sentir su pene dentro de ella pero imaginando que soy yo quien se la está cogiendo. Hace unas semanas, en una reunión familiar, se sentó frente a mí y, debajo de la mesa, se desabrochó los jeans y se tocó mientras manteníamos una conversación normal con toda la familia. Yo veía cómo su respiración se aceleraba y no podía hacer nada más que mirarla, con mi verga dura como una roca, deseando ser los dedos que sentía dentro de su chocha.
Temo el día en que esto estalle. Mi cuñada está obsesionada, y aunque su cuerpo es un templo (unas tetas naturales perfectas, un culo alto y firme, una cintura que pide ser agarrada) y cada polvo es una explosión de morbo puro, sé que esto no puede terminar bien. Pero cuando me llama y me dice «Ven, que mi hermana salió», mi cerebro se apaga y solo pienso con la verga. Es una adicción peligrosa, y lo peor es que a ella ya no le importa nada. Quiere más, siempre más, y yo no sé hasta dónde estoy dispuesto a llegar.


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