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febrero 21, 2026

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Comprando vino y leche

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No puedo creer lo que me pasó hoy en el supermercado. En el SUPERMERCADO, che, el lugar más aburrido del mundo y terminé con las piernas temblando y la concha latiendo como loca. Pero empecemos desde el principio, porque esto es demasiado bueno para no contarlo todo.

A la mañana me levanté con un calor terrible. De esos días que no sabés si es el clima o es que necesitás verga ya. Me miré al espejo, con las tetas al aire, enormes, pesadas, y me dije «con este par no podés andar en cualquier lado sin provocar un incendio». Me puse una remera bien ajustada, blanca, de esas que marcan todo. Y abajo un shortcito jean bien corto, que se me mete entre las nalgas cuando camino. Nada de corpiño, obvio, ¿para qué voy a esconder estas maravillas?

Salí a hacer las compras, total cerca de casa hay un chino. Pero después pensé, no, mejor voy al supermercado grande, el que está a unas cuadras, total hace lindo día y así camino un poco. Maldita idea o bendita idea, no sé todavía.

Crucé la calle y ya sentía las miradas. El tipo del kiosco, el del semáforo, el de la obra. Siempre igual. Mis tetas rebotan con cada paso, no puedo evitarlo, son grandes y naturales y tienen vida propia. Cada rebote es como un imán para los ojos de los hombres. Me encanta. Me encanta ver cómo giran la cabeza, cómo se les seca la boca, cómo algunos se tocan los pantalones disimuladamente. Hoy una de esas miradas me cambió el día.

Entré al supermercado, agarré un changuito y empecé a recorrer las góndolas. No necesitaba mucho, unas frutas, algo para la cena. Pero me tomé mi tiempo. Me inclinaba para agarrar las cosas de abajo, así mi remera se abría un poco y se veía el bulto de las tetas colgando. Me paraba de puntitas para las de arriba y la remera se me subía mostrando la panza. Jugaba, clarito.

En la góndola de los vinos lo vi. Un tipo de unos 50, canoso, con una camisa arremangada y los brazos gruesos. Estaba mirando etiquetas pero no movía los ojos. Me miraba a mí, fijo, por el espejo que hay al fondo. Lo descubrí al toque. Yo me hice la que no veía, pero me paré justo enfrente de él, como buscando un vino tinto. Me agaché un poco para ver los de abajo, bien lento, y cuando me enderecé me di vuelta rápido y lo encontré mirándome el culo descaradamente.

Se puso colorado, pero no apartó la mirada. Me sonrió.

«Buscás algo en especial?», preguntó. La voz grave, ronca.

«Un Malbec, pero no sé cuál», le dije.

«Yo te ayudo», dijo, y se acercó. Se paró al lado mío, muy cerca. Olía a perfume caro y a tabaco. «Estos son los mejores», señaló unos, pero yo no miraba los vinos. Miraba cómo se le movía la nuez cuando tragaba saliva, mirándome las tetas.

«Gracias», dije, y agarré una botella al azar. La puse en el changuito. Él no se movía.

«¿Vivís por acá?», preguntó.

«A unas cuadras», dije.

«Yo también», dijo. Y después, más bajo, casi susurrando: «¿Siempre salís sin corpiño? Porque se te marca todo».

Le sostuve la mirada. «¿Te molesta?»

«No», dijo rápido. «Me encanta. Me encanta ver cómo se te mueven cuando caminás. Hace rato que te vengo mirando».

Me reí. «Te vi».

«¿Y no te molesta?»

«No», dije. «Me gusta».

Él respiró hondo. Miró a los lados, el supermercado estaba medio vacío a esa hora. «¿Podemos ir a algún lado? Necesito… necesito estar cerca de vos un rato».

«¿Acá?», pregunté.

«No. Afuera. Mi auto está en el estacionamiento».

Lo pensé dos segundos. Mis tetas estaban duras, los pezones puntiagudos contra la tela blanca. La bombacha ya la sentía húmeda. «Dale», dije.

Pagamos rápido. Dejé las bolsas en la caja, total después vuelvo. Salimos al estacionamiento. Él me llevó hasta una camioneta negra, grande. Abrió la puerta de atrás y me hizo subir. Subió él, cerró.

Adentro olía a cuero y a su perfume. Estaba oscuro, apenas entraba luz por los vidrios polarizados. No bien cerró la puerta, se me tiró encima.

Me besó. Con una hambre que hacía años no sentía. Me mordía los labios, me metía la lengua, me apretaba la cara con las dos manos. Yo le respondía igual, agarrándole la nuca, jalándole el pelo canoso.

«Mostramelas», dijo jadeando. «Mostrame esas tetas que me tienen loco desde que te vi».

Me levanté la remera. Quedaron al aire, enormes, blancas, con los pezones oscuros y parados como piedras. Él las miró sin hablar. Después las agarró con las dos manos, las apretó, las sopesó como si fueran de él.

«Son increíbles», dijo. «Nunca vi unas así».

Se agachó y se metió un pezón entero en la boca. Me lo chupó con fuerza, haciendo ruido, mientras con la mano me masajeaba la otra teta. Yo gemía y le apretaba la cabeza contra mí.

«Chupamelas bien», le decía. «Así, así, dale».

Cambió de teta, después otra vez. No se cansaba. Me las manoseaba, me las apretaba, me las chupaba como un bebé hambriento. Yo estaba cada vez más mojada, la bombacha ya no daba más.

«Bajame los shorts», le ordené.

Me los bajó, y la bombacha de una. Quedé con las piernas abiertas en el asiento de cuero, mostrándole todo. Él se quedó mirando, con la boca abierta.

«Estás mojadísima», dijo.

«Por vos», le dije. «Todo por vos».

Metió la cabeza entre mis piernas y me chupó la concha. No fue suave ni lindo, fue con ganas, con hambre, metiéndome la lengua toda, chupándome el clítoris como si quisiera sacármelo. Yo gemía fuerte, apretándole la cabeza con los muslos, moviendo las caderas contra su boca.

«No pares, así, así», le rogaba.

Me hizo venir en un minuto. Fue un orgasmo rápido, intenso, que me sacudió toda. Grité su nombre, o lo que fuera, no sé. Cuando paré de temblar, lo levanté de los pelos.

«Ahora vos», le dije. «Sacala».

Se bajó los pantalones. Tenía la verga durísima, grande, con la cabeza hinchada. Me puse de rodillas en el piso de la camioneta y se la agarré con las dos manos. Se la empecé a chupar, lento al principio, lamiéndole la cabeza, después metiéndomela toda.

«Uf, así», gemía él. «Qué boquita, Dios».

Le chupé un rato largo, mientras él me agarraba las tetas y me las apretaba. Después me levantó y me puso boca abajo en el asiento, con el culo para arriba.

«Te quiero coger así», dijo. «Mirando ese culo que me mostraste en el supermercado».

Se puso atrás y me la metió de una. Toda. Grité fuerte. Era grande y me llenaba entera. Él empezó a cogerme rápido, agarrándome de las caderas, dándome con todo. El asiento de cuero hacía ruido, la camioneta se movía, yo gemía como loca.

«Te gusta que te cojan, ¿eh?», decía él jadeando. «Te gusta que te miren y después te cojan».

«Sí, sí, dame más», le rogaba.

Me agarró de las tetas desde atrás, me las apretó mientras me seguía cogiendo. Era una sensación increíble, tener sus manos en mis tetas y su verga adentro, todo al mismo tiempo.

«Me corro», dijo de repente. «¿Dónde querés?»

«En la cara», le dije. «En la cara y en las tetas».

Se sacó rápido y me puso de rodillas. Se la jaleó un par de veces y me disparó toda la leche en la cara. Caliente, espesa, me cayó en los ojos, en la boca, en las tetas. Era un montón, chorreaba por mi piel.

Se quedó mirando, jadeando. Yo me limpié los ojos con la mano y me chupé los dedos. Después agarré un poco de leche que me había quedado en las tetas y me la pasé por los pezones.

«Gracias», le dije, y me reí.

Él también se rió, cansado. «Volve mañana al supermercado», dijo.

«Voy todos los días», le dije. «Así que preparate».

Nos vestimos rápido. Bajé de la camioneta con las piernas temblando y la cara todavía pegajosa. Pasé por el baño del supermercado a limpiarme un poco, aunque no mucho, quería sentir su leche un rato más.

Agarré mis bolsas y me fui a casa. Todavía tengo el olor de él en la piel, el sabor en la boca, la concha latiendo. Y ya estoy pensando en mañana. En qué remera ponerme, si con corpiño o sin. En qué shorts. En cómo caminar. En todas esas miradas que me van a seguir, y en cuál de todas va a terminar otra vez en una camioneta oscura, con sus manos en mis tetas y su leche en mi cara.

Quiero un resumen y un título básico, muy común sobre:

No puedo creer lo que me pasó hoy en el supermercado. En el SUPERMERCADO, che, el lugar más aburrido del mundo y terminé con las piernas temblando y la concha latiendo como loca. Pero empecemos desde el principio, porque esto es demasiado bueno para no contarlo todo.

A la mañana me levanté con un calor terrible. De esos días que no sabés si es el clima o es que necesitás verga ya. Me miré al espejo, con las tetas al aire, enormes, pesadas, y me dije «con este par no podés andar en cualquier lado sin provocar un incendio». Me puse una remera bien ajustada, blanca, de esas que marcan todo. Y abajo un shortcito jean bien corto, que se me mete entre las nalgas cuando camino. Nada de corpiño, obvio, ¿para qué voy a esconder estas maravillas?

Salí a hacer las compras, total cerca de casa hay un chino. Pero después pensé, no, mejor voy al supermercado grande, el que está a unas cuadras, total hace lindo día y así camino un poco. Maldita idea o bendita idea, no sé todavía.

Crucé la calle y ya sentía las miradas. El tipo del kiosco, el del semáforo, el de la obra. Siempre igual. Mis tetas rebotan con cada paso, no puedo evitarlo, son grandes y naturales y tienen vida propia. Cada rebote es como un imán para los ojos de los hombres. Me encanta. Me encanta ver cómo giran la cabeza, cómo se les seca la boca, cómo algunos se tocan los pantalones disimuladamente. Hoy una de esas miradas me cambió el día.

Entré al supermercado, agarré un changuito y empecé a recorrer las góndolas. No necesitaba mucho, unas frutas, algo para la cena. Pero me tomé mi tiempo. Me inclinaba para agarrar las cosas de abajo, así mi remera se abría un poco y se veía el bulto de las tetas colgando. Me paraba de puntitas para las de arriba y la remera se me subía mostrando la panza. Jugaba, clarito.

En la góndola de los vinos lo vi. Un tipo de unos 50, canoso, con una camisa arremangada y los brazos gruesos. Estaba mirando etiquetas pero no movía los ojos. Me miraba a mí, fijo, por el espejo que hay al fondo. Lo descubrí al toque. Yo me hice la que no veía, pero me paré justo enfrente de él, como buscando un vino tinto. Me agaché un poco para ver los de abajo, bien lento, y cuando me enderecé me di vuelta rápido y lo encontré mirándome el culo descaradamente.

Se puso colorado, pero no apartó la mirada. Me sonrió.

«Buscás algo en especial?», preguntó. La voz grave, ronca.

«Un Malbec, pero no sé cuál», le dije.

«Yo te ayudo», dijo, y se acercó. Se paró al lado mío, muy cerca. Olía a perfume caro y a tabaco. «Estos son los mejores», señaló unos, pero yo no miraba los vinos. Miraba cómo se le movía la nuez cuando tragaba saliva, mirándome las tetas.

«Gracias», dije, y agarré una botella al azar. La puse en el changuito. Él no se movía.

«¿Vivís por acá?», preguntó.

«A unas cuadras», dije.

«Yo también», dijo. Y después, más bajo, casi susurrando: «¿Siempre salís sin corpiño? Porque se te marca todo».

Le sostuve la mirada. «¿Te molesta?»

«No», dijo rápido. «Me encanta. Me encanta ver cómo se te mueven cuando caminás. Hace rato que te vengo mirando».

Me reí. «Te vi».

«¿Y no te molesta?»

«No», dije. «Me gusta».

Él respiró hondo. Miró a los lados, el supermercado estaba medio vacío a esa hora. «¿Podemos ir a algún lado? Necesito… necesito estar cerca de vos un rato».

«¿Acá?», pregunté.

«No. Afuera. Mi auto está en el estacionamiento».

Lo pensé dos segundos. Mis tetas estaban duras, los pezones puntiagudos contra la tela blanca. La bombacha ya la sentía húmeda. «Dale», dije.

Pagamos rápido. Dejé las bolsas en la caja, total después vuelvo. Salimos al estacionamiento. Él me llevó hasta una camioneta negra, grande. Abrió la puerta de atrás y me hizo subir. Subió él, cerró.

Adentro olía a cuero y a su perfume. Estaba oscuro, apenas entraba luz por los vidrios polarizados. No bien cerró la puerta, se me tiró encima.

Me besó. Con una hambre que hacía años no sentía. Me mordía los labios, me metía la lengua, me apretaba la cara con las dos manos. Yo le respondía igual, agarrándole la nuca, jalándole el pelo canoso.

«Mostramelas», dijo jadeando. «Mostrame esas tetas que me tienen loco desde que te vi».

Me levanté la remera. Quedaron al aire, enormes, blancas, con los pezones oscuros y parados como piedras. Él las miró sin hablar. Después las agarró con las dos manos, las apretó, las sopesó como si fueran de él.

«Son increíbles», dijo. «Nunca vi unas así».

Se agachó y se metió un pezón entero en la boca. Me lo chupó con fuerza, haciendo ruido, mientras con la mano me masajeaba la otra teta. Yo gemía y le apretaba la cabeza contra mí.

«Chupamelas bien», le decía. «Así, así, dale».

Cambió de teta, después otra vez. No se cansaba. Me las manoseaba, me las apretaba, me las chupaba como un bebé hambriento. Yo estaba cada vez más mojada, la bombacha ya no daba más.

«Bajame los shorts», le ordené.

Me los bajó, y la bombacha de una. Quedé con las piernas abiertas en el asiento de cuero, mostrándole todo. Él se quedó mirando, con la boca abierta.

«Estás mojadísima», dijo.

«Por vos», le dije. «Todo por vos».

Metió la cabeza entre mis piernas y me chupó la concha. No fue suave ni lindo, fue con ganas, con hambre, metiéndome la lengua toda, chupándome el clítoris como si quisiera sacármelo. Yo gemía fuerte, apretándole la cabeza con los muslos, moviendo las caderas contra su boca.

«No pares, así, así», le rogaba.

Me hizo venir en un minuto. Fue un orgasmo rápido, intenso, que me sacudió toda. Grité su nombre, o lo que fuera, no sé. Cuando paré de temblar, lo levanté de los pelos.

«Ahora vos», le dije. «Sacala».

Se bajó los pantalones. Tenía la verga durísima, grande, con la cabeza hinchada. Me puse de rodillas en el piso de la camioneta y se la agarré con las dos manos. Se la empecé a chupar, lento al principio, lamiéndole la cabeza, después metiéndomela toda.

«Uf, así», gemía él. «Qué boquita, Dios».

Le chupé un rato largo, mientras él me agarraba las tetas y me las apretaba. Después me levantó y me puso boca abajo en el asiento, con el culo para arriba.

«Te quiero coger así», dijo. «Mirando ese culo que me mostraste en el supermercado».

Se puso atrás y me la metió de una. Toda. Grité fuerte. Era grande y me llenaba entera. Él empezó a cogerme rápido, agarrándome de las caderas, dándome con todo. El asiento de cuero hacía ruido, la camioneta se movía, yo gemía como loca.

«Te gusta que te cojan, ¿eh?», decía él jadeando. «Te gusta que te miren y después te cojan».

«Sí, sí, dame más», le rogaba.

Me agarró de las tetas desde atrás, me las apretó mientras me seguía cogiendo. Era una sensación increíble, tener sus manos en mis tetas y su verga adentro, todo al mismo tiempo.

«Me corro», dijo de repente. «¿Dónde querés?»

«En la cara», le dije. «En la cara y en las tetas».

Se sacó rápido y me puso de rodillas. Se la jaleó un par de veces y me disparó toda la leche en la cara. Caliente, espesa, me cayó en los ojos, en la boca, en las tetas. Era un montón, chorreaba por mi piel.

Se quedó mirando, jadeando. Yo me limpié los ojos con la mano y me chupé los dedos. Después agarré un poco de leche que me había quedado en las tetas y me la pasé por los pezones.

«Gracias», le dije, y me reí.

Él también se rió, cansado. «Volve mañana al supermercado», dijo.

«Voy todos los días», le dije. «Así que preparate».

Nos vestimos rápido. Bajé de la camioneta con las piernas temblando y la cara todavía pegajosa. Pasé por el baño del supermercado a limpiarme un poco, aunque no mucho, quería sentir su leche un rato más.

Agarré mis bolsas y me fui a casa. Todavía tengo el olor de él en la piel, el sabor en la boca, la concha latiendo. Y ya estoy pensando en mañana. En qué remera ponerme, si con corpiño o sin. En qué shorts. En cómo caminar. En todas esas miradas que me van a seguir, y en cuál de todas va a terminar otra vez en una camioneta oscura, con sus manos en mis tetas y su leche en mi cara.

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