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Anónimo

agosto 27, 2025

517 Vistas

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Caliente en el transporte

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Hace poco entré a la universidad, y todo en mi vida parece ordenadito y en su lugar. Tengo a mi pareja estable, es un amor de verdad; nos encanta pasar el tiempo juntos, abrazarnos en el sofá, besarnos hasta quedarnos sin aire y fajar como si no hubiera un mañana. Pero ahí siempre se queda la cosa. Nunca hemos sido muy sexuales, y aunque no es algo que me apure normalmente, llevo una temporada en la que las ganas me recorren el cuerpo como un fuego lento y constante que no se apaga con nada.

El día anterior todo se desbordó. Tomé el transporte de siempre de vuelta a casa, una ruta larga y tediosa porque vivo fuera de la ciudad. Pero esa tarde estaba particularmente lleno, una lata de sardinas humana. Logré colarme y encontrar un hueco en un asiento, aplastada entre dos personas anónimas. El conductor, impasible, seguía gritando «¡Para atrás, que caben más!», apretándonos hasta límites inhumanos. En mi asiento, el poco espacio que había lo ocupó un muchacho. No le vi bien el rostro; yo, abrumada, llevaba la mirada gacha, abrazando mi mochila contra el pecho como si fuera un escudo. Pero podía sentirlo. La presión firme de su muslo contra el mío, desde la cadera hasta la rodilla, era innegable. Y su brazo, pegado al mío, transmitía un calor que parecía irradiar a través de las mangas. Y su olor… Dios, olía increíble. Una mezcla limpia de jabón de barra, algo parecido a la madera recién cortada y un punto muy tenue de sudor, ese sudor masculino que no apesta, sino que envuelve.

El bus arrancó con un tirón y comenzó su traqueteo habitual por el camino lleno de baches. Con cada frenazo, cada curva, cada bache que nos hacía saltar en el asiento, nuestros cuerpos se rozaban de manera más insistente, más deliberada. Yo, con la cara oculta, empecé a notar cómo el simple roce del tejido de mi pantalón contra mi entrepierna se iba convirtiendo en una caricia involuntaria pero intensamente placentera. El aroma de él me nublaba el pensamiento, era embriagador. Sin planearlo, casi como movida por una fuerza ajena a mí, incliné ligeramente la cabeza y me recosté en su hombro. Esperé un rechazo, una tensión… pero no llegó. Al contrario, su cuerpo pareció acomodarse al mío, aceptando el contacto.

Fue entonces cuando la osadía me poseyó por completo. Con la mochila aún sobre mi regazo, como una cómplice que ocultaba mis movimientos, deslicé una mano lentamente hacia mi entrepierna. La palma de mi mano se posó sobre el denim de mi pantalón y comencé a presionar suavemente, dibujando pequeños círculos justo donde el nerviosismo y el deseo se concentraban en un nudo de necesidad palpitante. La respiración se me empezó a cortar, era rápida y superficial, y sentía el eco de los latidos de mi corazón en mis oídos, ahogando el runrún del motor.

Fue él quien dio el siguiente paso, un paso que me dejó sin aliento. Levantó el brazo que tenía pegado a mí y, con una naturalidad pasmosa, lo pasó por detrás de mis hombros, rodeándome. No era un gesto brusco, sino posesivo, íntimo. Luego, inclinó su cabeza y apoyó sus labios en mi coronilla. No fue un beso, sino un contacto prolongado, como oliéndome el cabello, sintiéndome. Su respiración caliente me recorría el cuero cabelludo y me erizaba la piel. Yo, envalentonada por su audacia, presioné mi mano con más fuerza contra mí, buscando un punto de fricción más definido a través de la tela.

Y entonces sucedió. Su mano libre, la que no me rodeaba, comenzó a descender con una lentitud exasperante. Pasó por mi costado, rozó mi cintura y, tras un momento de vacilación que me pareció una eternidad, se posó sobre mi pecho izquierdo. No fue un agarre, ni una caricia evidente. Fue la palma de su mano plana, cubriéndome completamente el pecho a través de la tela de mi blusa y mi sostén, con un peso y una calidez que me electrizaron. Me quedé absolutamente inmóvil, paralizada por la audacia y el fogonazo de placer que me recorrió de la cabeza a los pies. Él no se movió, solo mantenía su mano ahí, afirmativa, mientras sus labios seguían en mi cabeza y su respiración se hacía un poco más grave.

Ese fue el detonante. La combinación de su olor, el calor de su cuerpo, el anonimato absoluto, la mano en mi pecho y la presión de mi propia mano empecinándose en mi clítoris a través del pantalón… No pude aguantarlo más. Un orgasmo silencioso pero violento me sacudió por completo. Apreté los dientes para no gemir, mis músculos abdominales se tensionaron como cuerdas y un temblor involuntario me recorrió las piernas. Me vine contra mi mano, con la suya still sobre mi pecho, sintiendo cómo las contracciones de placer me dejaban sin fuerzas, hundida contra su hombro.

La vergüenza llegó al instante, mezclada con la sobredosis de adrenalina. ¿Qué había hecho? ¿Quién era este desconocido? El bus comenzó a reducir la velocidad, mi parada se acercaba. Cuando se detuvo por completo, me separé de él de un salto, como si me hubiera electrocutado. Agarré mi mochila y, en un acto de puro impulso, me giré hacia él. Sin siquiera mirar su rostro con detalle, solo una impression borrosa de una barba incipiente y unos labios gruesos, le planté un beso rápido y húmedo en la comisura de su boca. «Gracias», musité, o algo parecido, y salí corriendo escaleras abajo, saltando del bus antes de que las puertas se cerraran por completo.

Me quedé en la acera, jadeando, con las piernas temblando y la entrepierna aún sensible y caliente. El bus arrancó y se alejó. No me dio tiempo de ver su rostro, de memorizarlo. Solo quería huir, escapar de lo que había hecho y de lo increíblemente excitante que había sido. El sabor a desconocido y a peligro aún me dura en los labios.

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