DESCONOCIDOS Autor MAPMAKER
En el bar, no se dijeron nombres, ningún nombre, sencillamente se subieron a su auto y de pronto estaban en su apartamento.
Entraron en la habitación; se despojaron de sus ropas y fueron hacia el lecho.
En el bar, no se dijeron nombres, ningún nombre, sencillamente se subieron a su auto y de pronto estaban en su apartamento.
Entraron en la habitación; se despojaron de sus ropas y fueron hacia el lecho.
Lentamente fui volviendo a la realidad, la somnolencia me embargaba pero sentía placenteramente las caricias que proporcionaban a mi sexo; algo húmedo penetraba en mi concha causando contracciones en mi vientre.
Tatiana; que era el nombre de mi esposa, empezó a hacer el amor de una manera desconocida para mí; empezó cambiando sus hábitos de vestirse en casa; no usaba ropa interior y ejecutaba movimientos que permitían que yo lo notara; se agachaba mostrándome su portentoso culo
A Eva le gustó tanto la sesión de sexo que llamaba a mi conyugue para ver si la necesitaba de sus servicios; buscando siempre que coincidiera con las horas en que estuviera en negocios fuera de la casa; cuando esto ocurría, corría presta para coger conmigo.
Se llamaba Eva; era menuda, de contextura robusta, le calculaba unos treinta y cinco años y fungía como personal de limpieza esporádico; era dinámica; hacía la limpieza en la mitad del tiempo que la hacían otros.
Doña Rosa era viuda; nunca tuvo hijos; se estableció en la ciudad cinco años atrás y vivía de un fideicomiso dejado por su esposo; nunca se le vio en compañía de algún hombre ni tenía pareja conocida; la sobriedad con que vestía la hacía aparentar mayor edad
Entre por la ventana que descuidadamente habían dejado abierta, sigilosamente empecé a registrar a ver si encontraba algo de valor; en el cuarto contiguo escuche los ronquidos de la dueña de la casa; maldije para mis adentros al no encontrar nada.
El deseo de tener un miembro dentro del culo me tenía obsesionado pero no quería que nadie se enterara de mis oscuras fantasías y ansias ocultas; el único que sabría y no diría nada era mi perro labrador de nombre Sansón. Quedé solo por varios días y tomé la decisión de satisfacer mi fantasía.
Ya no podía echarse atrás, estaba en el umbral del cuarto del motel; sintió arrepentimiento y temor por lo que iba a hacer pero la vorágine de sentimientos la confundió aún más; él la atrajo hacia su cuerpo buscando sus boca con avidez.
Estaba en la piscina del hotel matando el tiempo, iba a pasarme el fin de semana con mi pareja pero venía retrasada porque estaba laborando e iba a llegar en horas de la noche; el sol inclemente me obligaba a zambullirme en las refrescantes aguas para mitigar el calor.