diciembre 15, 2025

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Ari: Prisionero de Mi Piel VI (Remasterizado)

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El silencio de la habitación pesaba más que el cansancio en mis músculos. La cama aún conservaba el calor de su cuerpo, el aroma de su piel mezclado con el sudor y el sexo de hace un momento. Yo, tirada de lado, con las sábanas apenas cubriéndome, me descubrí buscando su silueta, como si todavía estuviera allí.

Pero no estaba. Jordan se había ido, y con él, ese dominio que me consumía y me hacía sentir viva.

Cerré los ojos y apreté las piernas, recordando la forma en que me había tomado, la fuerza en sus manos, la crudeza en su voz ordenándome obedecer. Era como si mi piel aún llevara su marca. Mis labios se mordieron solos, y un escalofrío me recorrió el cuerpo.

—¿Qué me paso, que me hiciste Jordán…? —susurré al aire, apenas consciente después de todos los orgasmos que me dio Jordán.

Me moví inquieta entre las sábanas, la respiración acelerándose con solo imaginarlo de nuevo frente a mí, desnudo, mirándome con esa seguridad que me aplastaba y me levantaba a la vez. Cada recuerdo era un fuego encendido en mis entrañas, un recordatorio de que lo quería de vuelta, que lo deseaba reclamándome otra vez, llevándome más allá de mis propios límites.

La ausencia era insoportable, pero también era un veneno dulce. Me hacía comprender que no había marcha atrás: yo ya le pertenecía. No importaba cuándo regresara, ni cómo… sabía que cuando volviera, iba a abrirme a él sin resistencia, cansada o no, rota o no. Porque ese era mi lugar: bajo su mirada, bajo su control, bajo su poder.

Me aferré a la almohada como si fueran sus brazos. Y entre suspiros entrecortados, con el cuerpo ardiendo de deseo y la mente rendida, solo pude pensar en una cosa: que vuelva… que me reclame otra vez. Ya se lo que ustedes pensaran de mí que estaba loca por querer que vuelva.

La casa estaba en silencio, pero dentro de mí había un ruido insoportable, estaba devastada, humillada, con harta culpa. Me quedé acostada mucho tiempo, con la mirada fija en el techo, aun temblando por lo que había pasado. No podía borrar su voz, su calor, la forma en que me había arrancado algo que ni siquiera yo entendía del todo, Había pasado el día entero con su sombra clavada en mi piel, recordando su dominio, su cuerpo, sus órdenes y yo obedeciéndolo sumisamente, lo ultimo era lo que mas me torturaba, yo comportándome como su mujer.

Me llevé las manos al rostro y solté un sollozo.
—¿Qué hice…? —susurré entre lágrimas.

Sentía que había perdido algo más que mi virginidad. Era como si hubiera muerto en vida, y aunque la culpa me mataba Jordán en ese momento me había hecho disfrutar como nunca, pero ahora que Jordán se fue solo quedaba el vacío, la vergüenza y esa sensación amarga de estar manchado por dentro.

Todo me ardía: la piel, la mente, el pecho y sobre todo mi pobre anito, temía que me haya perforado algo por dentro y lo peor que no podía recurrir a un doctor por un diagnóstico, estaba muy asustada necesitaba contárselo a alguien, pero no podía estaba sola en esto.

En mi mente estaba Jordán, Jordán, Jordán el estúpido ese, cerraba los ojos y lo veía encima de mí dominándome, humillándome y yo sumisamente comportándome como su mujer.

Me sentía humillado.
No por él… sino por mí. Porque no lo detuve. Porque lo dejé entrar. Porque en algún rincón oscuro de mi ser lo había deseado.

—Soy un cobarde… —me repetía, mordiendo los labios hasta hacerme daño.

El espejo en la esquina del cuarto me devolvió una imagen que no reconocía. Ya no era yo. Era alguien distinto, alguien marcado. Me acerqué lentamente, mirándome con los ojos hinchados de tanto llorar. Toqué mi propio reflejo con la yema de los dedos.

—Ya no soy el mismo… —murmuré.

Cada rincón de la habitación estaba impregnado de él: las sábanas, el aire cargado de su olor. Mi conciencia me torturaba, gritándome que había fallado, que había perdido la última defensa.

Me repetía a mí misma que lo odiaba. Lo odiaba por lo que me había hecho. Pero también me odiaba a mí mismo porque, en el fondo, temía volver a necesitarlo.

Me arrodillé junto a la cama, las manos en el cabello, sintiendo la desesperación arrancarme el alma.
—Dios… ¿qué me está pasando? —susurré, con la voz quebrada.

Las horas pasaron lentas, me la pase llorando hasta que mis párpados se cerraron por puro cansancio terminando en un sueño profundo.
Cuando desperté ya era de noche, me dio adormilado pensé que todo había sido un mal sueño, pero la molestia en mi culito y lo desnuda que me encontraba me hizo volver a la realidad, había dormido demasiado… tanto por el cansancio físico por todo lo que me había hecho Jordán en la cama y por la tortura mental que me mataba, me hicieron dormir demasiado profundo, mama ya había regresado, y me llamo para cenar, gritándome desde el comedor yo estaba completamente desnuda, y grite:
– Ahí bajo mami…

Quise bajar enseguida pero mi cuerpo estaba todo pegajoso por el sudor y empezó a escurrirme de mi anito el semen de Jordán por más que ya habían pasado horas de nuestro encuentro íntimo no cabe duda que Jordán es un semental me dejo bien preñada con su leche, fui corriendo a ducharme, cuando me estaba jabonando sentí mi anito muy sensible y muy abierto que me asusté, susurrando el nombre de Jordán muy molesta.

Me bañe y me puse un pantalón bien ancho con una chompa, sentía frio, baje y mama estaba sirviendo la cena.
Ella me dijo: – que paso hijo, mucho trabajo.

Yo aun ida y pensando en lo sucedido solo respondí con un sí.

Cenamos… mi madre me contaba cosas de su trabajo, pero yo estaba en otro mundo, mi mente estaba en Jordán… después de cenar me despedí de mama y me fui a mi habitación con la excusa que no me sentía algo bien, yo siempre después de cenar ayudaba a mama a lavar el servicio, pero mi mami entendió mi malestar y me apoyo.

En mi habitación no dejaba de pensar en Jordán y en lo que había pasado tenía una cara de boba hasta que me volví a dormir.
Al día siguiente al despertar mama ya no estaba, me bañé y me puse ropa cómoda para empezar a trabajar cuando entonces, tocaron a la puerta:
¿Quién es? —pregunté, la voz temblando un poco.

—Soy yo… —respondió, con esa calma segura que hacía que todo mi cuerpo se erizara.

Al oír su voz, no pude esperar más. Corrí hacia la puerta y la abrí de golpe. Allí estaba Jordan, con esa seguridad de siempre que me desarmaba en segundos, y antes de que pudiera decir palabra, me plantó un beso fuerte, tomándome de la cintura con firmeza. Mi cuerpo tembló al instante; su cercanía me desarmaba. No me dio tiempo a reaccionar, y yo me rendí a ese primer contacto, sintiendo cómo el mundo se reducía a él y a mí.
Una vez dentro y cerrando la puerta tras de sí. Me deposito en la sala y su mirada me recorrió de arriba abajo, intensa, dominante, mientras yo me quedaba paralizada, consciente de mi vulnerabilidad y de la sumisión que ya me atrapaba.

—Sabía que me estabas esperando —dijo sin rodeos.

Yo estaba con un short flojo y una camiseta ligera, nada preparado… mis mejillas estaban ardiendo por el beso.

No me dio tiempo a responder. Caminó hacia mí, me tomó del cuello con una firmeza que me obligó a mirarlo a los ojos. Esa mirada me atravesó, me quebró. Y antes de que pudiera procesar nada, sus labios nuevamente estaban sobre los míos, rudos, demandantes.

Me empujó contra la pared y sus manos ya estaban deslizándose bajo mi camiseta. Su voz fue un gruñido bajo:
—Tu madre no va regresar hasta la noche… ¿verdad?
Negué con la cabeza, jadeando.
—Entonces eres mía sin interrupciones.
En un solo movimiento me levantó, haciéndome rodear su cintura con las piernas. La tela de mi short subió, y la fricción con su erección me arrancó un gemido ahogado. Jordan sonrió satisfecho.
—Eso… así te quiero.
Me llevó cargada hasta mi habitación. No hubo suavidad; me lanzó sobre la cama y me quitó la camiseta de un tirón, dejándome mis pequeños senitos expuestos. Su erección era muy notoria dejando a la vista esa dureza que ya me asustaba y excitaba al mismo tiempo. Yo lo miraba con los labios entreabiertos, sintiéndome presa de su presencia.
Pero me incorporé de golpe.
—No… —susurré—. No puede ser…
Jordán Caminó con calma, como si mi cuarto fuera suyo.
—Princesa… —dijo, cerrando la puerta tras de sí—. Te dije que volvería.
—No deberías estar aquí… ya me hiciste suficiente daño.
Él arqueó una ceja, acercándose paso a paso.
—¿Daño? —rió suavemente—. No mientas, Ari. Si hubiera sido daño, no me hubieras abierto la puerta y dejado entrar, me habrías echado… pero aquí me tienes otra vez.
—Yo… no… —mi voz se quebró.
Jordan me tomó del mentón, obligándome a mirarlo.
—Tu silencio me lo dice todo. Tú ya me entregaste a mí. Y ahora… por siempre vas a recordarlo.
—Yo me odio… —confesé con lágrimas en los ojos—. Me odio por haberlo permitido.
Él acercó su boca a mi oído, su aliento recorriéndome la piel.
—Entonces ódiame a mí también… por que yo fui el que te hizo mujer y lo voy ha seguir haciendo mi chiquita.
Sentí que mis rodillas flaqueaban. Jordán me empujó suavemente hacia la cama. Mi cuerpo obedeció sin resistencia. Me sentía como una marioneta, atrapada en un juego que yo misma no sabía si quería detener.
—¿Sabes por qué vuelvo, Ari? —preguntó, inclinándose sobre mí.
—¿Por qué…? —musité, apenas respirando.
—Porque tú me llamas. Aunque tu boca diga lo contrario, tu cuerpo grita mi nombre. Y yo… solo quiero complacerte.
—Eres cruel… —susurré, con el rostro ardiendo.
Las lágrimas rodaban por mis mejillas, y al mismo tiempo un calor insoportable me recorría. No podía negar lo que me hacía sentir, aunque quisiera.
—Jordan… por favor… no me humilles más…
Él soltó una risa grave.
—Quítate todo haciendo alusión a mi short —ordenó, con esa voz que no admitía objeciones.

Obedecí, temblando, quedando expuesta solo con mi ropa interior. La sonrisa de Jordán se ensanchó mientras se subía a la cama, inclinándose sobre mí. Me abrió las piernas con brusquedad y sus dedos recorrieron mi piel como un dueño reclamando lo que es suyo.
Yo cerré los ojos, rindiéndome, con la voz quebrada:
—Haz lo que quieras… ya no puedo luchar más.
Su sonrisa se ensanchó, victorioso.
—Eso quería oír mi chiquita—arrancarme el último pedazo de tela que me cubría.

Jordán se desvistió rápidamente sin dejar de tocarme, antes de darme cuenta me vi en cuatro mamándosela. Jordán gemía y suspiraba mientras me sostenía del cabello, lo saco despacio de mi boca y me coloco de espaldas a la cama y se colocó sobre mí, atrapándome bajo su cuerpo, me levanto las piernas a sus hombros y sin ninguna delicadeza, me penetro con fuerza. Solté un grito que sin duda se escuchó en todos lados. Jordán estaba desatado, entraba y salía de mí con ansiedad, y en esa posición me entraba todo sin que algo lo detuviera, me dolía y sentía que de un momento a otro me destrozaría por completo. Mis gritos de dolor y mis gemidos solo lo excitaban más, y mis suplicas eran ignoradas. De su boca solo salían insultos «así puta», yo trataba de ahogar mis gritos mordiendo sus brazos fuertes y duros, y él no se detenía ni un instante. Marcaba el ritmo, dominaba cada movimiento, sujetándome de las muñecas contra la cama, obligándome a rendirme bajo su fuerza.

Yo gemía, lloraba de placer, sin poder resistir. Cada embestida era un recordatorio de que estaba bajo su dominio absoluto, mi cuerpo ardía y mi mente gritaba que lo deseaba, rogaba porque no parara nunca.

—Dime que eres mía —ordenó, mirándome con intensidad.
—Soy tuya… —jadeé, rota, entregada, enamorada.

Jordan sonrió, penetrándome más fuerte, como si esas palabras fueran el tributo que necesitaba para reclamarme por completo.
Apreté las sábanas, temblando. Su lengua se deslizó por mi cuello, bajando hasta mis pechos, y mis gemidos ya eran débiles, rendidos por el desgaste de energía. Jordán me sujetó las muñecas sobre mi cabeza, su boca devoraba mis senos por completo, Jordán era un experto me dominaba a su antojo me puso boca abajo donde sentía su cosota llegar hasta mi estómago, me puso en 4, me hizo el amor por toda mi habitación en todas las posiciones. Cada embestida era un choque de cuerpos y emociones, un incendio que me consumía. Yo gritaba su nombre… Hayyyyy Joooordaaann Joooordaaann Joooordaaann hayyyy.

Momentos después sentí como llegaba en mí y como una gran oleada de leche me llenaba toda, exhaustos, cubiertos de sudor y jadeos, me abrazó con fuerza. Su pecho era una muralla caliente donde hundí mi rostro, aun temblando. Me besó la frente con ternura, como si ese gesto simple fuera más íntimo que todo lo anterior.

—Eres maravillosa Ari —dijo en un susurro—. Y yo, me sentía muy suya mientras me aferraba fuerte a su pecho.

Me quedé en silencio, desnuda en su abrazo, sabiendo que esa mezcla de deseo, miedo y ternura era lo que me mantenía viva. Jordán se separó muy muy lentamente, se paró y con señas me indico que iba al baño, Y aunque estaba agotada me levante de la cama y sentí como el espeso semen de Jordán me escurría de las piernas, tome un pañuelo desechable y me limpie, luego saque del ropero una toalla bata y me vestí con él.
Estaba terminando de recoger mi ropa y colocarla en el bote de la ropa sucia cuando entro de nuevo Jordán, nada más verme vestida si vi como su enorme verga volvía a erectarse, no me dio tiempo de nada, me lanzo otra vez a la cama y la penetración fue inmediata, profunda, brutal. Jordán me hizo el amor salvajemente. Perdí la noción del tiempo solo sé que me lo hizo 3 o 4 veces más, cuando finalmente Jordán acabo conmigo se fue dejándome dormida en la cama hecha añicos.

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