Por
Amor por el creampie
Te juro que desde que me puse el DIU y empecé con mis anticonceptivos, mi vida sexual dio un vuelco total. Antes, con el susto de un embarazo, nunca me atrevía a tanto, pero ahora… ahora es mi debilidad.
Todo empezó con mi follamigo de entonces, un tipo llamado Gabriel. Un pana atlético, con un cuerpo que parecía tallado a mano y una verga que, te lo juro, era perfecta. Ni muy grande para doler, ni muy pequeña para no llenar. Justa, venosa, y con una cabeza que se ponía tan roja cuando estaba excitado que parecía una cereza. Un día, después de follarnos como conejos en mi apartamento, me miró con esos ojos verdes que tenía y me dijo: «Cristina, ¿y si hoy acabo adentro?».
Yo me quedé tiesa, marico. Mi mente dio un vuelco. Por un lado, el miedo antiguo que me decía «¡no, loca, qué vas a hacer!». Pero por el otro… por el otro, una curiosidad inmensa. Gabriel, que me conocía bien, vio mi duda y sonrió. «Tranquila, nena. Confía en mí. Si no te gusta, no lo volvemos a hacer».
Y así fue. Esa noche, lo monté. Me encanta cabalgar, sentir el control, ver cómo le tiembla la cara de placer. Iba arriba de él, moviéndome lento al principio, luego más rápido, sintiendo cómo su verga me llenaba por completo. Él tenía las manos en mis caderas, guiándome, y sus ojos no se despegaban de los míos. «Cuando sientas que voy a venir, apriétame,» me dijo, y yo asentí, sin poder hablar.
El momento llegó. Lo sentí primero en su respiración, que se hizo más jadeante, más profunda. Luego, en sus manos, que me apretaron con más fuerza. Y entonces, ahí, adentro de mí, un pulso. Un latido fuerte, caliente, que se repitió una, dos, tres veces… una descarga tras otra de su leche. Marico, no te miento, fue como si me inyectaran puro placer en las venas. Sentí cómo me llenaba, cómo ese líquido caliente llenaba cada rincón de mi pepa, cómo se expandía dentro de mí. Él gemía, con los ojos cerrados, y yo no podía dejar de moverme, extrayendo hasta la última gota.
Cuando por fin se detuvo, me quedé sentada sobre él, jadeando, sintiendo el calor de su semen dentro de mí. Y entonces, cuando se deslizó fuera… ay, Dios. Un chorro de leche salió con él, manchando las sábanas y, para mi sorpresa, mis muslos. Yo llevaba una falda negra, super linda, que no me había quitado. Me puse de pie, tambaleándome un poco, y miré hacia abajo. Mis piernas, marico, estaban embadurnadas. Blanco sobre mi piel morena, escurriendo lentamente. Caminé hasta el espejo del closet y me miré. Ahí estaba yo, con mi falda bonita, mi pelo revuelto, la cara colorada del esfuerzo, y mis muslos… mis muslos chorreando semen. Me sentí… no sé cómo describírtelo. Me sentí tan mujer, tan deseada, tan… posesionada. Fue una vaina tan primal, tan salvaje, que me reí sola, mirándome en el espejo.
Desde ese día, se volvió nuestro ritual. Cada vez que nos veíamos, él tenía que acabar dentro. Y yo, la muy zorra, empecé a planearlo todo. Me compré faldas sin pantis, vestidos fáciles de levantar. Una vez, en el carro, estacionados en un mirador, me la folló contra el volante y, cuando sintió que se venía, me susurró: «Abrí bien las piernas, quiero que se te salga todo». Y así fue. Cuando terminó, me bajé del carro y, ahí, bajo las estrellas, sentí cómo su leche me corría por las piernas, fría ahora contra la brisa de la noche. Fue poético, en su manera sucia.
Pero no solo con Gabriel. Después de él, probé con otros. Con Roberto, el casado que te conté, que la primera vez que lo hicimos me llenó y luego se quedó mirando, fascinado, cómo su semen se mezclaba con mis jugos y goteaba en las sábanas del motel. «Nunca lo había hecho sin condón,» me confesó, y yo solo sonreí, sabiendo que le había dado algo que su mujer no le daba.
O con Luis, el del gym, que tiene una leche espesa, casi cremosa, que tarda en salir. Ese, me encanta sentirlo palpitando dentro de mí, como una máquina de bombeo lento que no para. Después de estar con él, camino hasta el baño y me miro en el espejo, con el abdomen marcado por el placer y las piernas brillantes de su regalo.
¿Y sabes qué es lo mejor? La sensación después. Ese goteo constante que te recuerda, horas más tarde, lo bien que la pasaste. Estar en el trabajo, atendiendo a una clienta, y de repente sentir un hilo de semen caliente deslizándose por tu muslo bajo el pantalón. Sonreír para mis adentros, sabiendo que llevo un secreto sucio y delicioso conmigo.
Una vez, incluso, me fui a tomar un café con una amiga justo después de verme con Gabriel. Llegué tarde, disculpándome, y me senté frente a ella. A los diez minutos, sentí el familiar goteo. Me excusé para ir al baño, y ahí, en el cubículo, me bajé los pantalones y vi que todavía salía, blanco y espeso, contra la tela de mi tanga. Me limpié lo justo, pero supe que ese olor, ese aroma a sexo y a hombre, se quedaría conmigo todo el día.
No es solo el acto, mi amor. Es todo. Es la confianza de saber que mi cuerpo es mío y puedo disfrutarlo sin miedo. Es la intimidad brutal de permitir que un hombre te marque así por dentro. Es la cara que ponen ellos, de puro éxtasis, cuando se vacían en ti, sabiendo que les estás dando un placer que muchas mujeres niegan.
Y sí, a veces es un desastre. He tenido que lavar sábanas a medianoche, o limpiar el asiento de mi carro con toallitas húmedas. Pero cada mancha, cada gota, es un recuerdo de un momento de pura pasión.
Ahora, cuando conozco a un hombre y la cosa se pone seria, siempre saco el tema. «Oye, y tú… ¿te gusta acabar dentro?». La reacción me dice todo. Los que se sonrojan o se ponen nerviosos, usually no llegan lejos. Pero los que me miran con esos ojos oscuros, con esa sonrisa pícara, y me dicen «claro, es lo mejor»… esos, marico, esos son los que valen la pena.
Porque al final del día, ¿qué hay más íntimo que eso? Más que un beso, más que un polvo rápido. Es entregarte por completo, en el sentido más literal. Y yo, que siempre he sido de riesgos, encontré en el creampie mi riesgo favorito. Una adicción deliciosa, calientita, que espero no curar nunca.
Así que aquí estoy, entre cremas y tintes, con mi DIU como escudo y mi pepa como templo, esperando al próximo hombre que quiera dejarme su firma en líquido. Porque esta venezolana no solo sabe teñir cabellos, sino que también sabe cómo hacer que un hombre se sienta como un dios, aunque sea solo por el tiempo que tarde su leche en salir de mi cuerpo. ¡Qué vida, pana!
Una respuesta
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UUUUFFFF QUE RICO RELATO!!


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