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Anónimo

diciembre 29, 2025

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Acabé follando a una tía en una boda de la familia

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Estás parado en la orilla de la pista de baile, con la corbata ya deshecha y una cerveza tibia en la mano, sintiendo cómo el calor de Tepoztlán se te pega a la camisa. A tu alrededor, tus tíos y primos gritan celebrando a los novios, pero tú no estás viendo a la novia, ni al novio, ni siquiera a las primas de tu edad que se arreglaron horas para esta boda.

Tú solo tienes ojos para ella.

Ahí está tu tía Vanesa. Tiene treinta y ocho años, pero si no supieras que es hermana de tu madre, jurarías que tiene veinticinco y mucha más experiencia en pecado que cualquier mujer que hayas conocido. Lleva un vestido color vino, de satén, con una abertura en la pierna que es un insulto para la iglesia donde fue la ceremonia y una bendición para ti.

—Mira nada más cómo viene… —susurra tu madre a tu lado, con esa voz cargada de veneno y envidia—. Se cree una jovencita. Qué ridícula. A su edad y enseñando todo. Por eso no tiene marido.

Tú asientes mecánicamente para que tu madre se calle, pero por dentro piensas que tu madre no tiene ni puta idea. Vanesa no «se cree» una jovencita; se las come vivas. Mientras las amigas de tu prima están preocupadas por que no se les corra el rimmel, tu tía está en el centro de la pista, con una copa de gin en la mano, bailando reguetón con una cadencia que hipnotiza.

Suda. Brilla. Se ríe con la cabeza echada hacia atrás, exponiendo ese cuello largo que huele vida y experiencia.

Ella es la «tía divertida», la que viaja sola, la que llega a las comidas familiares con resaca y una sonrisa cínica. La que conserva ese cuerpo duro, de cintura estrecha y caderas que parecen diseñadas para agarrarse, precisamente porque no se ha desgastado criando hijos ni aguantando a un marido aburrido como tu padre.

De repente, ella se detiene. Se limpia el sudor de la frente y sus ojos recorren la fiesta buscando algo.

Te encuentran a ti.

Julián. Su sobrino favorito. El universitario callado que siempre la observa un poco más de la cuenta.

Ella sonríe. No es una sonrisa de tía cariñosa. Es esa sonrisa de complicidad que te ha lanzado un par de veces en Navidad cuando te sirve un trago a escondidas. Deja a su pareja de baile —un tipo divorciado amigo de tu papá que lleva media hora intentando ligársela— y camina directo hacia ti, partiendo la multitud con sus caderas.

Tu corazón empieza a martillear contra tus costillas. Sabes que tu madre te está mirando, pero no puedes moverte.

—Julián… —dice ella al llegar, y su voz ronca por el alcohol te eriza los pelos de los brazos—. ¿Qué haces aquí tan solito y tan serio? Pareces un señor.

Se acerca demasiado. Su olor te inunda: una mezcla de flores dulces, sudor de baile y mezcal.

—Estaba descansando, tía —respondes, y tu voz sale más grave de lo normal.

Ella suelta una risa corta y te quita la cerveza de la mano. Le da un trago largo, sin importarle que sea la tuya, dejando la marca de su labial rojo en el borde de la botella.

—Descansar es para los viejos, mi amor. Y tú… —te recorre con la mirada, de arriba abajo, deteniéndose un segundo peligroso en la zona de tu cinturón— tú estás en tu mejor momento.

Te toma de la mano. Su palma está caliente, húmeda.

—Ven. Vamos a bailar. Sácame de aquí antes de que el amigo de tu papá me invite otra pieza y me muera de aburrimiento.

—Pero… mi mamá… —empiezas a decir, volteando a ver a tu madre, que tiene los ojos entrecerrados de coraje.

Vanesa te jala con fuerza, acercando su boca a tu oído. Sientes su aliento caliente chocando contra tu lóbulo.

—Que se joda tu mamá, Julián. Ella ya tuvo su vida. Ahora te toca a ti divertirte con la tía loca.

Te dejas arrastrar al centro de la pista. La música está a todo volumen, un bajo retumbante que te vibra en el pecho. Vanesa se gira y empieza a moverse, encarando tu torpeza con una naturalidad aplastante.

Tú levantas las manos y, con una timidez que te hace sentir estúpido, las posas apenas sobre los costados de su cintura. Tus dedos rozan la tela satinada de su vestido con miedo, como si estuvieras tocando una pieza de museo que dice «no tocar». Estás rígido, manteniendo esa distancia de seguridad de «sobrino respetuoso».

Ella se da cuenta al instante. Suelta una carcajada que se pierde entre la música, niega con la cabeza y baja sus manos hacia las tuyas.

—Ay, mi amor, por favor… —te grita para hacerse oír—. Si me tocas así, voy a pensar que te doy asco o que te doy miedo.

Con un movimiento firme, atrapa tus manos y las presiona contra su cuerpo, obligándote a cerrar los dedos sobre la curva real de su cintura, ahí donde el hueso de la cadera se encuentra con la carne suave.

—Agárra bien, Julián —te dice, mirándote a los ojos con esa chispa burlona—. Que no soy de porcelana, no me rompo. Aprieta. Así se baila esto.

Al sentir tu agarre firme, ella sonríe satisfecha y se pega más a ti. De repente, la barrera invisible se rompe. Sientes el calor de su cuerpo traspasando el satén vino, sientes cómo se mueve cada músculo de su abdomen contra tus manos.

Es en ese momento cuando pasa el carrito de los shots.

Vanesa intercepta al mesero con la agilidad de una experta. Agarra tres vasos de tequila.

—¡Fondo, fondo! —grita ella, empujándote un vaso contra el pecho.

Tú te lo tomas de golpe. El líquido quema, raspa, y te saca una mueca. Pero antes de que puedas recuperarte, ella ya te está poniendo el segundo en la mano.

—El otro es para la otra pierna, para que no cojees —te dice con un guiño, mientras ella se toma el suyo sin siquiera pestañear, chupando un limón con una sensualidad innecesaria.

Te tomas el segundo. El alcohol te golpea rápido, mezclándose con el calor de Tepoztlán. El mundo se vuelve un poco más borroso, más brillante. Te sientes valiente.

A lo lejos, ves movimiento. Tus padres se acercan. Tu madre tiene esa cara de fatiga crónica y desaprobación; tu padre bosteza.

—Julián, nosotros ya nos vamos —dice tu madre, gritando sobre la música, fulminando a Vanesa con la mirada—. Tu papá está agotado y a mí me duelen los pies. ¿Te vienes o qué?

Miras a tu madre, luego miras a Vanesa, que está tarareando la canción, moviendo los hombros, fingiendo demencia.

—Eh… no, ma. Me quedo otro rato —respondes. El tequila habla por ti—. Está buena la fiesta. Yo me regreso caminando al hotel, está aquí cerca.

Tu madre frunce el ceño. —No tomes mucho. Y cuidado con… —lanza una mirada acusadora al vestido de tu tía— con las malas compañías.

Vanesa se interpone, abrazándote por el hombro, pegando su pecho contra tu brazo.

—Ay, hermanita, no seas amargada. Déjalo que disfrute, que está joven —dice Vanesa con una sonrisa viperina—. Vayan a descansar sus huesos. Yo te lo cuido. Yo me aseguro de que llegue… bien atendido.

Tu madre resopla, agarra a tu padre del brazo y se dan la media vuelta. Los ves alejarse entre la multitud, saliendo del jardín de eventos.

Y entonces, sucede.

La sensación de libertad te cae encima como un balde de agua fría… o de gasolina.

Ya no hay padres. Ya no hay juicios. Ya no hay nadie que te diga que esa mujer que tienes abrazada es tu tía. Ahora solo son un hombre joven con dos tequilas encima y una mujer espectacular que huele a peligro.

Vanesa te mira, y su expresión cambia. La sonrisa burlona se vuelve algo más oscuro, más intenso.

—Por fin… —murmura ella—. Ya se fueron los aguafiestas.

Se da la vuelta lentamente, dándote la espalda, y empieza a bailar de nuevo. Pero esta vez no es un baile social. Pega su trasero contra tu entrepierna, sin disimulo, y empieza a bajar despacio, frotándose contra ti al ritmo del bajo, dejándote sentir exactamente lo redonda y firme que está bajo ese vestido de satén.

Tú tragas saliva, sintiendo cómo tu pantalón de vestir se vuelve dolorosamente estrecho, y por primera vez en la noche, no intentas alejarte. Aprietas su cintura, tal como te enseñó, y te dejas llevar.

La música cambia de golpe. El DJ corta el reguetón y suelta los primeros acordes de una salsa clásica, de esas que exigen cadencia y cercanía. «Llorarás» de Oscar D’León empieza a sonar.

Vanesa se gira hacia ti. Sus ojos brillan con una intensidad líquida. Te agarra la mano derecha y la pone en su espalda baja, justo donde termina el escote del vestido y empieza la curva peligrosa de sus nalgas. Con su otra mano, te toma la nuca.

—A ver si es cierto que tienes ritmo, Julián —te reta.

Intentas seguirle el paso. El alcohol te ha soltado las piernas, pero ella es una experta. Te mueve a su antojo, pegándose y separándose, haciendo que sus muslos rocen contra los tuyos en cada vuelta. El roce de la tela satinada contra tu pantalón es una tortura exquisita.

Pero a mitad de la canción, cuando el coro explota, ella se detiene.

Mira a los lados. Nadie está prestando atención; todos están borrachos, saltando o ligando.

—Vente… —te susurra, jalándote de la corbata.

No te lleva a la mesa. Te jala hacia la orilla del jardín, lejos de la carpa principal, hacia la zona de los baños portátiles de lujo que pusieron para el evento. Pero no entra ahí. Te arrastra un poco más allá, detrás de una pared de buganvilias y piedra volcánica, donde la luz de la fiesta apenas llega y las sombras se comen todo.

El ruido de la música llega amortiguado. Aquí huele a tierra mojada, a noche de pueblo y, sobre todo, a ella.

Vanesa te empuja suavemente hasta que tu espalda choca contra la pared de piedra fría y rasposa. Ella se planta frente a ti, bloqueándote la salida, invadiendo tu espacio personal de una forma que ninguna tía debería hacer.

Respira agitada por el baile. Su pecho sube y baja, y tú no puedes evitar bajar la mirada a ese escote que brilla con una capa fina de sudor. Se ve deliciosa. Se ve prohibida.

Ella se da cuenta de tu mirada. No se cubre. Al contrario, echa los hombros hacia atrás para mostrártelo mejor. Levanta una mano y te acaricia la mejilla; sus dedos están fríos por el vaso que sostenía hace rato, pero su palma arde.

—Dime la verdad, Julián… —te dice, y su voz baja un tono, volviéndose cómplice, sucia—. ¿Tú también crees todo lo que dice tu mamá de mí?

Niegas con la cabeza, incapaz de hablar. Tienes la garganta seca.

Ella sonríe de lado y da un paso más, pegando su pelvis contra la tuya. Sientes el calor de su cuerpo a través de su vestido y de tu ropa. No hay duda de que ella puede sentir lo duro que estás. Imposible ocultarlo ahora.

Ella baja la vista hacia tu bulto, se muerde el labio inferior y vuelve a subir sus ojos oscuros a los tuyos.

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