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febrero 18, 2014

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A fuego lento 1

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Eduardo era un muchacho de 15 años, de unos 1,75 u 80 de estatura, de pelo castaño y lacio peinado con la raya al medio, tez aceitunada y ojos verdes. Era compañero de clase de mi hermano (tres años mayor), por lo que dos por tres estaba en casa.

Eduardo tenía un encanto especial que hacía que todos lo adoraran; simpático, divertido, ocurrente desfachatado y muy inteligente.

Por las tareas del colegio, estaba cada vez más seguido en mi casa, ya que según él, en la suya no se podía estudiar con tranquilidad. Lo cierto es que sus padres peleaban todo el tiempo por lo que finalmente se divorciaron.

A todo ese proceso (que imagino debe ser terrible), él decidió escaparle y se quedaba a dormir en mi casa hasta que prácticamente vivió como un año y medio con mi familia.

Yo ignorante de esa situación, no congeniaba muy bien con él… más bien que nada, cosa que él percibió y se encargaba bien de molestarme cuando nadie lo veía. Muchas veces hasta me comportaba bastante grosero por lo que mis padres me llamaban la atención y él disfrutaba muchísimo mirándome con una sonrisita socarrona…

Yo no sabía exactamente qué era lo que me molestaba de Eduardo, pero nuestra relación se fue consolidando de esa manera.

Recuerdo que una vez mis padres habían ido a un casamiento, mi hermano se había dormido temprano (como siempre) y nos quedamos solos Eduardo y yo mirando tele.

Aquello fue una carrera de quién molestaba más al otro.

En realidad Eduardo se divertía conmigo, sólo yo me enojaba.

En un momento me tomó de las muñecas y yo forcejeé hasta zafarme y corrí a mi habitación e intenté cerrar la puerta pero él me lo impidió. Entró y me tiró sobre la cama, él sobre mi inmovilizándome los brazos. Yo sólo medía 1,60 (hasta hoy).

Eduardo me exigía que le pidiera disculpas y yo me negaba.

Me dijo: ¿Te das cuenta que estás en mis manos y que puedo hacer contigo lo que quiera?

Yo estaba furioso. Por un momento recordé cuando estábamos en la misma posición con mi primo Carlos, pero esto era diferente.

En ese momento sentimos que llegaban mis padres y me dijo: Te salvó la campana, pero la vamos a seguir…

A partir de ese momento nos tratamos mejor, no con cariño pero civilizadamente.

Pasaron los meses y Eduardo se mudó a casa de un pariente que debía viajar y le pidió que le cuidara la casa.

Así que invitó a un amigo para no estar solo. De modo que allí, hacían fiestas, se quedaban a dormir otros amigos, en fin, lo que haría cualquier muchacho de casi 18 años con una casa sólo para él.

Ese verano, un viernes, Eduardo llamó a casa preguntando si había dejado allí una ropa. Como mi hermano se había ido unos días a la casa de uno amigo suyo al campo y mis padres no estaban, me preguntó si no me molestaba llevársela. Yo le dije que no, pero que lo haría más de tardecita por el calor.

Tal como prometí, cuando cayó el sol, me bañé, me cambié (sólo una remera, un short y alpargatas) y me fui con el bolso con su ropa a casa de Eduardo.

Al llegar observé que era una casa muy linda, tipo chalet con otra casa de altos cuyas entradas estaban juntas. Pregunté a unos chicos(más o menos de mi edad) que estaban sentados en el murito cuál era la puerta de Eduardo y me indicaron, así que toqué timbre y esperé. Los chicos me dijeron: deben estar durmiendo porque anoche estuvieron de joda…

Yo insistí varias veces hasta que la puerta se abrió y vi ante mí a un muchacho hermoso, de melenita rubia y enrulada con cara de aún no haber despertado y completamente desnudo que me dice que entre. Cierra la puerta y me mira…yo lo miro tratando de que no se me fuera la mirada a su sexo y pregunto si está Eduardo y me dice que lo busque y se vuelve a desplomar en una cama de dos plazas que estaba en el living casi vacío.

Comencé a buscar a Eduardo que estaba duchándose y me gritó que ya salía y que lo esperara en el living.

Yo esperé sin dejar de mirar a aquel adonis durmiente.

Eduardo llegó envuelto en la toalla y aún sin secarse y me saludó. Llevó el bolso a su cuarto, me ofreció una cerveza, se sentó en un silloncito y me invitó a sentarme en la cama donde dormía el rubio: con confianza, me dijo.

Charlamos unos momentos y Eduardo de pronto me mira y me dice a ver levántate que quiero mirarte… estás distinto ¿no?

Y era cierto, aunque de altura seguía igual mis piernas y mi cola habían tomado otro volumen. él se puso de pie a mi lado, me miró a la cara, dejó caer la toalla y de pronto con un sólo movimiento me tiró sobre la cama, se acostó sobre mí tomándome de los brazos y me dijo: ¿te acordás que te dije aquella vez que te salvó la campana pero que la íbamos a seguir?… este es el momento que me des lo que me negaste antes y me besó de una manera que me descolocó. Yo intenté resistirme pero Eduardo me había vencido. En ese momento me di cuenta que Eduardo me había gustado siempre, que él lo sabía y que me había estado cocinando a fuego lento todo este tiempo hasta mi punto justo…

Ahora sí ya soy tu dueño, me dijo.


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3 respuestas

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