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La cabeza de Don Chicho
Don Chicho era conocido en todo el barrio como el mejor restaurador de antigüedades. Manos hábiles, paciencia de santo y un ojo clÃnico para devolverle la vida a cualquier pieza rota.
Lo que nadie sabÃa era que, desde hacÃa meses, tenÃa una obsesión secreta: Clotilde, su vecina de enfrente. Clotilde era una morena 34 años, coqueta por naturaleza, con un culo grande, redondo y firme que hacÃa que Don Chicho se quedara embobado cada vez que la veÃa caminar. Él siempre le lanzaba piropos:
—Clotilde, ese culo merece su propio monumento, le decÃa sonriendo. Ella solo reÃa, movÃa la mano con desdén y seguÃa su camino, ignorándolo.
Hasta ese dÃa. Clotilde trabajaba como mucama en una mansión de diplomáticos. Mientras limpiaba una vitrina, accidentalmente tiró una figura de porcelana antigua, una pieza de colección valorada en miles de dólares. La figura se hizo pedazos en el suelo. Las otras mucamas la miraron con pánico.
—Estás jodida, Clotilde. Te van a correr y te van a cobrar hasta el último centavo. Desesperada, se acordó de Don Chicho. Lo llamó casi llorando y le explicó todo.
—Tranquila. Llevo las herramientas y voy para allá, respondió él. Cuando llegó a la mansión, Clotilde lo esperaba en una de las habitaciones de servicio. Le mostró los pedazos de la figura. Don Chicho, examinó los fragmentos con calma y le explicó el procedimiento: pegamento especial, resina, pintura al detalle, varias capas de barniz…
El costo no era bajo, pero era posible salvarla. Mientras hablaba, no podÃa evitar mirar el uniforme ajustado de Clotilde, especialmente ese culo que tanto lo volvÃa loco. Su pija empezó a endurecerse dentro del pantalón, formando una tienda de campaña imposible de ocultar. Clotilde se dio cuenta. Sus ojos bajaron y se quedaron fijos en el bulto. Una sonrisa pÃcara apareció en sus labios.
—Don Chicho… si usted me ayuda con este problema…, dijo acariciando lentamente el bulto con la mano, yo le ayudo con este otro.
Sin esperar respuesta, le bajó el cierre y sacó la polla. Se quedó congelada con la boca abierta. La cabeza de la pija de Don Chicho era gigantesca, gruesa, hinchada, en forma de hongo enorme y brillante.
El tronco no era tan grueso, pero esa cabeza era desproporcionada, casi intimidante.
—Puta madre…, susurró ella. Don Chicho sonrió con orgullo y le dijo con voz ronca.
—No te asustes del cabezón, Clotilde. Solo necesita que lo trates con cariño. Clotilde se mordió el labio, excitada. Se puso de rodillas y abrió la boca todo lo que pudo. Apenas logró meter la enorme cabeza. Tuvo que usar las dos manos para masturbar el tronco mientras chupaba y lamÃa ese glande monstruoso. Babeaba sin control, haciendo ruidos húmedos y sucios.
Don Chicho gemÃa, agarrándola del pelo, empujando suavemente para que tragara más.
—AsÃ, mamacita… chúpale la cabeza al viejo. Después de varios minutos, la levantó, la puso contra la pared y le subió el uniforme, le bajó la tanga y restregó esa cabeza enorme entre sus nalgas y su concha ya empapada. Cuando empujó, la cabeza del cabezón la abrió de una manera brutal. Clotilde soltó un gemido ahogado, sintiéndose estirada como nunca.
— ¡Ay, Dios! Me está partiendo…, jadeó. Don Chicho la agarró fuerte de las caderas y empezó a cogerla con estocadas profundas, en cada embestida metÃa esa cabeza gruesa hasta el fondo, frotando todas sus paredes. El culo de Clotilde rebotaba salvajemente contra él.
La volteó, la sentó en una mesa y le abrió las piernas. La cogia mirando cómo su cabezón entraba y salÃa de su concha rosada. Clotilde se corrió por primera vez, temblando y apretando esa pija monstruosa.
Pero Don Chicho no habÃa terminado. La puso en cuatro sobre la alfombra, le escupió en el ano y empezó a meterle el cabezón en el culo. Clotilde gritó de placer y dolor mientras esa cabeza enorme la dilataba.
Poco a poco logró meterla toda y empezó a bombearla con fuerza, cogiendo ese culo rico y apretado mientras le daba nalgadas.
—Este culo siempre fue obsesión, gruñÃa. Clotilde se corrió por segunda vez, casi desmayada de placer.
Don Chicho sacó su pija y eyaculó sobre ese culo grande, pintándolo de semen. Cuando terminaron, Clotilde se giró, todavÃa jadeando, y miró esa cabeza de pija brillante.
—Don Chicho… de ahora en adelante, cada vez que necesite ayuda… usted me llama. Él sonrió, todavÃa con el cabezón medio duro.
—Y tú, mamacita, ya no vas a poder ignorarme más. La figura se restauró. El trabajo se salvó. Pero lo que realmente quedó restaurado fue el deseo que ambos habÃan reprimido durante tanto tiempo.


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