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noviembre 3, 2026

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A los Pies de Doña Rosita. Capítulo 3: El primer entrenamiento canino

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Capítulo 3: El primer entrenamiento canino

—¿Vas a salir, ma’? Pero si es sábado —dijo Marisol, la hija de Rosita, mientras estaba cómodamente recostada sobre el sillón de la sala viendo televisión.

—Tengo trabajo, me ocupan para limpiar una casa, allá en la colonia fifi donde fui el martes pasado —respondió Rosita mientras se ponía unos bonitos aretes de perlas falsas, quería verse un poco más arreglada que en las sesiones anteriores.

—¿En sábado?

—Sí, algunas sí tenemos que llevar el sustento a la casa —le replicó la madre mientras veía a su hija adolescente echando hueva en el sofá.

—Bueno, bueno, pero no te enojes.

—Mira, ten. Para que te compres algo si te da hambre. No voy a tardar mucho, así que más te vale estar aquí en la casa cuando regresé —dijo Rosita mientras sacaba $300 pesos de su cartera y se los entregaba a su hija.

—Gracias, gracias, mami. Por lo menos te están pagando bien en esa chamba —dijo Marisol con una sonrisa mientras agarraba el dinero.

Rosita salió de su casa, cerró la puerta y empezó a caminar hacia la parada del camión que la llevaría hasta la casa de Herman.

— oOo —

Rosita tocó la puerta y no tardo mucho para que el señor Herman le abriera y le diera una cálida bienvenida.

—Doña Rosita, buenas tardes, qué gusto verla. Pase, por favor —dijo el hombre con una sonrisa sincera.

Rosita entró al recibidor de la gran casa y Herman cerró la puerta. Ahora sí en la privacidad de su hogar, le preguntó a la mujer:

—Señora Rosita, ¿me permitiría saludarla como usted merece?

—“Como yo merezco” ¿Y cómo sería eso? —preguntó con curiosidad.

—Déjeme enseñarle —apenas dijo esto Herman se puso rodillas, luego colocó sus brazos contra el suelo, quedando a cuatro patas, inclinó su cabeza para que estuviera justo sobre el calzado de Rosita y comenzó a besar apasionadamente las tiras de los viejos huaraches que usaba la señora.

Rosita se quedó mirando como este hombre postrado besaba una y otra vez su calzado, y dentro de ella sintió una pizca de gusto por ello, no estaba seguro del porqué, pero ver a un hombre humillándose ante ella le empezaba a causar una extraña sensación de satisfacción.

—Bienvenida, doña Rosita, gracias por venir y permitirme servirla —dijo Herman tras dejar el último de los besos sobre la tira del huarache izquierdo.

Herman se levantó y caminó junto a Rosita hasta el salón de la casa, con el gran sofá y la televisión de pantalla ancha.

—Así que, ¿qué es lo que haremos en esta segunda sesión, señor Herman? ¿Acaso le gustaría darme otro masaje de pies? —preguntó Rosita con algo de entusiasmo.

—Para mí siempre será un placer darle un masaje de pies, doña Rosita. Sin embargo, hoy tenía pensado en hacer algo nuevo. Le aseguro que le gustará.

—Ohh, y ¿de qué se tratará esto nuevo? Explíqueme, por favor —preguntó la mujer mientras se sentaba en el sofá y cruzaba las piernas para acomodarse mejor.

—¿Ha escuchado alguna vez sobre el pet-play?

—Señor Herman, por si no se había dado cuenta yo no sé hablar inglés muy bien, tendrá que explicármelo en español —dijo la señora burlonamente.

—El pet-play, o en español “juego de mascotas” es una clase de juego de roles donde una de las personas adopta el rol de un animal: la mascota, mientras que la segunda persona adopta el rol de humano: el dueño o cuidador —explicó Herman, de forma clara y concisa.

—Okey, okey, creo que ya voy entendiendo —dijo Rosita mientras movía la cabeza de arriba a abajo—. Entonces, ¿quiere que yo sea la humana y usted sea el animal?

—Así es. Me gustaría tener un juego de roles en donde yo soy una mascota y usted es mi dueña.

—¿Y qué clase de animal sería?

—Un perro si usted me lo permite.

—Aww, me encantan los perros. Solía tener uno cuando era niña, era un chihuahua y se llamaba Bicu’ —dijo Rosita mientras recordaba a su amada mascota—. Bien, entonces durante lo que dure esta sesión usted será mi perrito —trataba lo mejor posible de asimilar como debería de comportarse durante el rol.

El rostro de Herman se iluminó con una sonrisa al ver lo bien que Rosita se estaba adaptando a este nuevo mundillo de la dominación y el femdom.

—Sé que esto de los juegos de rol puede ser un poco complicado al principio. Pero le garantizo que es más fácil de lo que parece. Si le ayuda en algo puede fingir que usted es una actriz interpretando un papel, como en las novelas que pasan por la tele’ —dijo Herman.

—“Como en las novelas que pasan por la tele’” —repitió Rosita entendiendo cómo hacer para meterse en el papel—. Tiene usted suerte de que yo siempre he tenido una gran fascinación por el mundo de la actuación y el espectáculo. Trataré de hacer mi papel de dueña que ama con mucho cariño a su único perrito lo mejor posible.

—Perfecto. Esa es la actitud —respondió Herman con entusiasmo.

—Solo hay un pequeño problema, señor Herman —dijo Rosita— no veo que usted tenga ni collar ni correa, ¿no debería ser algo necesario para actuar de perro?

Herman asintió con la cabeza.

—Tiene toda la razón, señora Rosita. La verdad es que se me ha olvidado ese pequeño detalle. Le prometo que para las próximas sesiones lo tendré listo. Por el momento hagamos el juego de roles con lo que tenemos ahora mismo.

—Bien, me parece bien. Ahora, ¿cómo deberíamos comenzar?, ¿qué es lo que se supone que debería hacer en el papel de su dueña? —preguntó Rosita dudosa.

—Es sencillo. Solo tráteme al igual que como trataría a un perro, como si yo fuera su mascota, ordéneme que ladre, que saque la lengua, enséñeme trucos: a sentarse, dar la pata, tumbarse; hágame caminar detrás de usted, juegue conmigo. Simplemente, sea creativa, lo que usted me ordene yo lo haré con gusto —explicó Herman con ánimo.

—Okey, lo tengo, lo tengo, entonces ¿empezamos?

—Empezamos.

Enseguida, Herman se puso a cuatro patas, con las rodillas, los codos y las manos sobre el piso de mármol blanco, inclinó la cabeza hacia arriba para ver a los ojos a Rosita, quien seguía sentada en el sofá, le mostró una enorme sonrisa de felicidad y comenzó a ladrar como perro.

—¡Guau, guau, guau! —ladró Herman con fervor, como un perro que ve regresar a su ama a casa después de todo un día en soledad.

Rosita casi se ríe tantito, extrañada por la situación, pero se contuvo a tiempo y recordó que tenía que mantenerse en el papel de dueña amorosa, en vez de eso sonrió y dijo:

—¡Aww, que lindo cachorrito eres! Has estado esperándome todo el día, ¿verdad? —respondió Rosita acercando su postura hacia Herman—. Vamos, ladra más, muestra que tanto has estado esperando a tu dueña.

—¡Guau, guau, guau, guau, guau! —ladró Herman con ánimo a todo pulmón— ¡Guau, guau, guau, guau, guau!

—Aww, eres un buen chico, buen chico —le decía Rosita mientras con las manos le acariciaba el pelo dorado con cariño y el hombre respondía jadeando con la lengua de fuera como un verdadero perro.

—Muy bien, perrito, se nota que estás muy feliz de verme de nuevo. Ahora mueve tu colita para tu ama, quiero ver como la mueves —a cuatro patas Herman movió su trasero de izquierda a derecha repetidamente con energía. Rosita no pudo evitar reírse al ver al hombre-perro humillarse así—. ¡Ja, Ja, Ja! Buen chico.

—Ahora vas a hacer unos trucos para ver que tan bien entrenado estás, perrito —la voz de la señora era suave y afectiva, como la de una ama que habla con su querida mascota— Perrito, ¡sentado!

En seguida Herman levantó sus brazos del suelo, quedándose únicamente de rodillas y colocó sus manos pegadas al pecho, como si de sus patas se tratarán. Jadeaba con la lengua de perro mostrando su entusiasmo por el rol que interpretaba.

—Bien hecho. Ahora, ¡la pata! —el hombre levantó su mano derecha y se la ofreció a su ama— ¡la otra pata, ahora! —Herman le ofreció la mano izquierda —¡Buen chico, buen chico!

—¡Al suelo, túmbate boca arriba! —el hombre obedeció y se tumbó sobre el piso de mármol, frente al sofá donde su dueña estaba sentada. Rosita se inclinó sobre él y comenzó a acariciarle la panza y el pecho —Eres un buen chico, buen chico. ¿Te gusta que tu ama te dé caricias en la panza, verdad, perrito?

Herman respondió ladrando dos veces en señal de afirmación.

—¡Guau, guau!

Desde el sofá, Rosita podía ver claramente el rostro del hombre que estaba tumbado en el piso, recibiendo esas caricias, y notaba en su sonrisa y en sus ojos lo feliz que estaba interpretando su papel de perro. Rosita le sonrió de vuelta.

—¡Da vueltas en el piso, perrito! ¡Ahora! —con algo de dificultad por su tamaño Herman comenzó a rodar por el salón de su propia casa, primero un par de vueltas a la izquierda, luego a la derecha —¡Ja, ja, ja! —reía Rosita mientras se tapaba la boca con la mano—. Okey, tal vez girar no es tu punto fuerte, perrito, ahora lo sabemos. Ven aquí.

Herman regresó a su posición a cuatro patas y gateó hasta volver a estar frente a su dueña.

—Muy bien, perrito. Parece que eres realmente bueno haciendo trucos, excepto girando, claro. Eres un perro muy bien entrenado. Ahora, como premio, ¿te gustaría jugar, perrito? —Herman ladró dos veces para decir sí.

Rosita comenzó a buscar una pelota con la mirada.

—Pelota, pelota, pelota, a ver, ¿dónde hay una pelota para que juegues con ella? —decía desde el sofá mientras giraba la cabeza en busca de alguna pelota en la sala.

—¿No tendrás alguna pelota en casa, perrito? —el hombre negó girando la cabeza de izquierda a derecha—. Vaya… no pelotas, ¿cómo vamos a jugar entonces? —se preguntó a sí misma Rosita.

Fue entonces cuando la mujer notó que su perro mantenía la mirada fija en sus pies, sobre todo en los viejos huaraches de cuero café que siempre usaba. Rosita se preguntó a sí misma que tanto tiempo llevaba aquel hombre mirando su calzado, tal vez desde que empezó la sesión. Una idea creativa le llegó de improvisto a la mente.

—¿Qué pasa, perrito? Ya me di cuenta de que te la has pasado mirando mis huaraches, parece que te gustan mucho, dime, perrito, ¿qué tanto te gustan mis huaraches?

—¡Guau, guau! ¡Guau, guau! —Herman ladró con emoción mostrando su entusiasmo por el calzado que llevaba puesta Rosita.

—Okey, okey, ya entendí. Te encantan mis huaraches —dijo Rosita con una sonrisa en el rostro al ver lo fácil que era complacer a ese hombre que estaba a cuatro patas, bastaba con tan solo ofrecerle un poco de su viejo calzado usado para que su cuerpo se llenará de emoción.

Doña Rosita comenzó a quitarse el huarache derecho con delicadeza, dejando dicha pierna cruzada sobre la otra, poco a poco su pie descalzó comenzó a estar expuesto al fresco aire del salón, lo que se sintió bastante gratificante para la señora, quien ya llevaba un buen tiempo con el pie metido en el calzado y necesitaba ventilarlo un poco.

Herman se emocionó, inseguro de lo que vendría a continuación, su mirada cambiaba continuamente entre el pie moreno de su ama y el huarache derecho, ambos siendo los objetos de su deseo fetichista.

Rosita comenzó a mover el huarache de izquierda a derecha, entretenida de ver como su perro movía la cabeza de un lado a otro en busca de ver su preciado calzado.

—¿Lo quieres, perrito? ¿De verdad lo quieres? Pues vamos a jugar un juego. Lo voy a lanzar lejos y tú vas a ir por él y me lo traes de vuelta, ¿entendido?

—¡Guau, guau! —los dos ladridos de afirmación canina.

—Muy bien, pues ¡allá va, ve por él! —gritó Rosita tras tirar su huarache hasta el otro lado del salón.

El huarache calló seco sobre el piso, casi llegando a donde la sala y el comedor se unen. Herman giró la cabeza, vio el lugar donde el calzado aterrizó y sin esperar un solo segundo comenzó a gatear a cuatro patas como el perro que era (por lo menos que sería durante el tiempo que duraría la sesión).

No estaba acostumbrado a gatear por lo que batalló un poco más de lo esperado en coordinar sus movimientos, aun así, tardo solo unos pocos segundos en llegar justo a donde estaba el calzado. En cuanto llegó se fijó en él, ahora que tenía la cabeza a solo unos centímetros puso atención en los pequeños detalles del huarache: se fijó en las tiras de cuero, en la suela desgastada y en el interior marcado con las huellas de los dedos y del talón en negro, pruebas del uso que Rosita les había dado durante años.

Fue entonces cuando Herman se dio cuenta de que al estar en cuatro patas no podría tomar el calzado con las manos y gatear al mismo tiempo, se cuestionó como es que le traería de vuelta el huarache a su ama, la solución más obvia le llegó a la mente en apenas un instante. Él era un perro, debía de comportarse como un perro, así que sin dudarlo abrió la boca, agachó la cabeza y mordió con cuidado el calzado derecho de su ama.

Hizo el mayor esmero posible para no morder con fuerza, para evitar que sus dientes dejaran marcas en el cuero del huarache y terminar disgustando a su dueña, en vez de eso trato de mantener el agarre fuerte al calzado usando en su mayoría la fuerza de sus labios y su lengua. Levantó el huarache del piso y comenzó su camino de regreso a donde estaba su señora.

Mientras gateaba notó como un poco de la suciedad de la suela del huarache, que estaba en contacto directo con su lengua al sujetarlo, se empezó a disolver en su propia saliva y percibió con sus papilas gustativas un ligero sabor agrio y terroso de lo que sea que doña Rosita haya pisado al caminar por las calles. Si bien Herman no estaba acostumbrado a ese sabor terroso y al principio le causo algo de disgusto, se recordó a sí mismo que él no era más que el perro sumiso de su ama y que incluso lamer la suciedad de las suelas de su dueña era un honor y un privilegio para alguien como él.

—¡Buen perro, buen perro! —dijo Rosita cuando finalmente llegó su mascota humana con su huarache en la boca—. Pero que listo que eres, perrito. Recordaste que no puedes usar tus patitas para agarrar cosas así que lo tomaste con tu boquita. Muy bien, así me gusta, perrito —dijo sonriendo, orgullosa de bien que estaba obedeciendo órdenes.

Herman asintió moviendo su cabeza de arriba a abajo, aún con el calzado en la boca.

—Ahora regrésame mi huarache —el hombre abrió la boca y le dejo el huarache justo sobre la mano que Rosita tenía extendida—. ¡Buen chico!

Rosita se descalzó de su huarache izquierdo y al igual que el anterior lo tiró hasta el otro lado del salón, este calló en el suelo donde la sala y el recibidor se unían.

—¡Vamos, ahora el izquierdo, ve por él, perrito! —le gritó la señora con ánimo a su perro-humano.

Herman gateó rápido hasta el huarache y volvió a tomarlo con la boca y se lo regresó de vuelta a su ama. Esto de jugar a traer la pelota (o en este caso el calzado de Rosita) comenzaba a gustarle y a excitarle, se sentía como un perro bien entrenado.

Además, así tenía la oportunidad de meterse en la boca aquellos huaraches usados que le volvían loco por completo, e incluso podía saborearlos, aunque sea solo un poquito, en esas partes del calzado que su lengua alcanzaba a tocar.

—Lo estás haciendo excelente, perrito. Vamos a ir aumentando la dificultad.

Rosita comenzó entonces a tirar ambos huaraches a la vez, de forma desordenada, caían en todas partes del salón. Herman, sin embargo, solo podía tomar con la boca un solo huarache a la vez, por lo que se vio apurado tratando de igualar la velocidad con la que su ama lanzaba el calzado. Una y otra vez Rosita tiraba esos viejos huaraches, y una y otra vez su obediente y dócil perro iba por ellos y se los regresaba.

Después de alrededor de 15 minutos del juego de tirar y traer Herman estaba claramente agotado del ejercicio físico que era ir a gatas por todo el salón, estaba sudoroso, acalorado, su piel blanca se había tornado rojiza y jadeaba con la lengua de fuera para refrescarse, como si realmente fuera un perro.

—¿Qué pasa, perrito?, ¿ya te cansaste de jugar? —le preguntó Rosita tras recuperar ambos huaraches. El hombre respondió con dos ladridos de afirmación—. Aww, okey, perrito, en ese caso vamos a tomarnos un descansito, que lo has hecho muy bien y te lo tienes bien merecido.

Rosita colocó su calzado en el piso al lado del sofá donde estaba sentada.

—Vamos, perrito. Túmbate en el suelo, panza arriba, aquí junto a mis pies.

El hombre obedeció en seguida y se acostó en el piso con la espalda sobre el frío suelo y la mirada fija en los ojos de su ama, estaba contento de obedecerla. Rosita subió sus pies y los posó sobre el estómago de Herman, como si de un reposapiés se tratara. Él notó al instante el peso de las piernas de su ama sobre su abdomen, aun estando agotado a Herman le encantó tener los pies de Rosita encima de él, la idea de servir de mueble como un escabel para su ama le excitaba un montón.

Rosita comenzó a frotar las plantas de sus pies contra la camisa blanca de vestir que llevaba Herman, había algo en la suave textura de la fina tela de esa camisa que le gustaba sentir en sus suelas.

Además, le complacía la idea de estar limpiando las suelas de las plantas de sus pies, aquellas con las que había caminado durante el día y que habían sudado fuertemente, en esa camisa elegante y costosa que casi parecía brillar de lo blanca que era; le hacía sentir poderosa y ese sentimiento comenzaba a gustarle cada vez más.

Rosita acercó ambas plantas al rostro de Herman, apenas a unos centímetros de su cara, tan cerca que un poco del hedor a sudor llegaba a su nariz. El hombre no pudo evitar quedarse mirando fijamente esos pies morenos que tanto anhelaba, con la boca abierta y la lengua de fuera, jadeando como un perro acalorado tratando de refrescarse un poco.

—¿Qué pasa, perrito?, ¿acaso te gustan mucho mis pies, eh? —le dijo Rosita divirtiéndose de ver a Herman tan deseoso de esas cansadas plantas.

—¡Guau, guau! —ladró el hombre con emoción para decirle «Sí, ama».

—Aww, pero qué perrito con gustos tan particulares —le decía Rosita mientras empezaba a frotar los deditos del pie izquierdo contra la frente y la nariz del hombre, tentándolo—. Mis pies de señora no son precisamente los más atractivos, perrito. Están algo rugosos, ásperos. Me vendría bien recibir una pedicura un día de estos. Pero a ti, perrito, a ti te encanta justo como están, ¿no es así?

—¡Guau, guau! —ladró de nuevo para mostrar que le encantaban sus pies tal y como eran.

—Aww, es muy lindo de tu parte, perrito. Me da gusto que te gusten mis pies tal y como son. Muchos otros perritos les harían el feo a mis pies, pero a ti te encantan y es por eso que para mí tú eres el mejor perrito del mundo.

Rosita le profirió una hermosa sonrisa a Herman mientras frotaba su planta derecha entera contra su rostro, como si limpiara su sudor sobre una toalla. Para este punto, la mujer ya sabía exactamente qué es lo que tanto deseaba aquel hombre (o debería decirle perro) y estaba lista para dárselo finalmente.

—¿Sabes qué debe de hacer un perrito para mostrarle a su dueña que la quiere mucho, mucho, mucho? Un buen perrito debe lamer los piecitos de su dueña. Así que vamos, ¡sé un buen perrito y lame mis pies!

Herman no esperó un solo segundo tras escuchar la orden, su fantasía finalmente se había cumplido. Con entusiasmo canino Herman saco su lengua, la extendió por completo y comenzó a darle lametones largos y apasionados por toda la planta del pie derecho. La lengua del hombre-perro se movía como un animal salvaje, salía de su boca, acariciaba esa planta morena y caliente, volvía a la boca a recuperar saliva y a repetir de nuevo una y otra vez en frenesí. «Ñam, ñam, ñam, ñam, ñam» sonaba reiteradamente cada que la lengua del perro pasaba por la planta de Rosita. La excitación de estar lamiendo esos pies maduros que tanto anhelaba le aceleró el pulso y le nublo la mente un poco a Herman.

—Tranquilo, perrito. Que parece que te quieres comer mis pies a lametazos. Mis piecitos no se van a ir a ningún lado, puedes disfrutarlos a gusto, sin prisa —le dijo con una voz linda y casi maternal.

—Mhn… mhn —sollozó Herman, aún con la lengua pegada al pie de su dueña, como el gemido de un perro avergonzado que quiere pedir perdón por su comportamiento.

—¡Vamos!, que no dije que pararas, sigue lamiendo, perrito.

Herman prosiguió lamiendo las plantas de Rosita, pero ahora un poco más calmado, con la mente más tranquila y tratando de no molestar a su ama con su inquietud. Con todo, la adoración que le estaba dando a esos pies tan increíbles (a ojos de Herman) siguió de la forma más apasionada y afectuosa que la lengua del hombre pudo proveer.

Mientras tanto, Rosita tenía sentimientos encontrados: por una parte, no terminaba de acostumbrarse a sentir la húmeda lengua de aquel hombre pasar sobre sus cansadas y algo sudadas plantas morenas, cada que sentía la lengua pasar le daban un poco de cosquillas que trataba lo mejor posible de ocultar; además, toda la situación le parecía un poco surrealista cada que pensaba en ello, es decir, qué hacía una señora como ella, una trabajadora doméstica, acostada en el salón de una gran casa como aquella teniendo a un hombre casi desconocido lamiéndole los pies como si fuera un perro. Sin duda, esta estaba siendo la semana más extraña de su vida.

Pero, por otra parte, había algo en toda esa situación, en ese juego de roles, en la dominación, que le estaba gustando un montón. No entendía del todo el porqué, pero ver a ese hombre blanco y adinerado tirado en el suelo, comportándose como un perro obediente y lamiendo sus plantas maduras y morenas, esas mismas plantas con las que había caminado por los tianguis a mediodía por tantos años, con las que se había subido a camiones en hora pico día a día, con las que tantas casas había barrido y trapeado para ganarse la vida, y con las que en ocasiones (cuando no lograba encontrar sus chanclas o simplemente le daba flojera) había estado descalza caminando por los suelos de su propia casa, provocando que se ensuciaran y terminaran negras; esas mismas plantas eran las que ahora estaba lamiendo sin parar aquel hombre.

­—Buen chico, eres un buen chico —le decía suavemente Rosita mientras veía como su perro lamía sus anchas plantas morenas como si fueran lo más maravilloso del mundo.

Poco a poco la sensación de cosquillas que le provocaba la húmeda lengua de Herman se iba desvaneciendo y en vez de eso un pequeño sentimiento de satisfacción mórbida y placer crecía en el interior de la mujer.

Es como si el tabú de tener a un hombre tirado en el piso lamiéndole los pies se fuera desvaneciendo y en la mente de Rosita el acto de sumisión y entrega que Herman estaba realizando en ese momento se estuviera normalizando, como si fuera algo casi cotidiano.

La pena y la vergüenza que sentía doña Rosita al principio se fueron esfumando y la mujer finalmente pudo relajarse un poco, tirar su espalda cansada en el sofá y gemir levemente de placer.

—Hmmmm. Aaahhh —el gemido salió involuntariamente de la boca de la señora—. Lo admito, perrito, se siente algo bien que te laman los pies, ja ja.

Mientras tanto Herman seguía lamiendo la planta con lentitud y pasión, quería decirle a su ama algo como «Gracias, ama. Hago el mejor trabajo posible», pero recordó que en este momento no era más que un perro, y los perros no hablan, así que optó por seguir lamiendo en señal de que le encantaba lo que hacía.

Rosita cambiaba de pie: izquierdo y derecho, cada pocos minutos para asegurarse de que el perro no dejara un solo centímetro de sus plantas sin lamer. Al poco rato comenzó a sentir como ambas suelas estaban bien húmedas y empapadas en la saliva de Herman, una muestra de lo verdaderamente en serio que se tomaba su papel de perro lamedor. «Me pregunto si la saliva servirá como humectante de piel. Sería realmente útil de así serlo» divagó la mente de la señora mientras el perro lamía.

—Hey, estás haciendo un buen trabajo en las plantas, perrito. Pero tampoco te olvides de darle un poco de atención a mis deditos, eh, que parecen que están dioquis —le replicó Rosita a su perro, quien obedeció de inmediato.

—¡Guau, guau! —ladró Herman en su forma canina de decir «Sí, ama, en seguida mismo».

Rosita movió el pie derecho y lo posó en el rostro de Herman de la manera adecuada para que el perro tenga sus dedos de los pies justos sobre su boca. El perro no dudó un segundo y se metió el dedo gordo y el de al lado en la boca —o tal vez hocico sería el terminó adecuado en esta situación—.

Comenzó a chupar ese par de dedos con entusiasmo, como si hubiera algo en esos dedos que valieran su peso en oro. En realidad los dedos de los pies de Rosita eran bastante propios de una mujer latina de su edad, los dedos eran pequeños y gorditos, de piel morena y con las uñas cortas y al natural. Para la mayoría no había nada de especial en esos dedos y en esos pies, pero para Herman esos eran los pies de su ama y debería ser venerados y servidos.

—Así me gusta, buen chico. Lame bien esos deditos —decía Rosita con una sonrisa en el rostro mientras veía como el perro seguía chupando sus dedos.

Herman metió su lengua en el espacio entre ese par de dedos que aún tenía en la boca: el gordo y el segundo, al instante pudo sentir un leve sabor salado, amargo y ácido, posiblemente se trataba de alguna pizca de mugre o restos de sudor seco. «Doña Rosita debe haber caminado mucho, y sus pies deben haber sudado bastante» pensó el hombre mientras tragaba ese regusto salado.

Aun así Herman no sintió ni un ápice de asco o disgusto en lamer esos dedos, después de todo eran los dedos de su ama y dueña (por lo menos durante lo que durara la sesión) y, por lo tanto, debía de adorarlos, y sí eso significaba tragar un poco de mugre entonces él iba a tragar gustoso y sin quejarse.

¡Riiing! ¡Riiing! ¡Riiing!

Era la alarma sonando del celular de Herman que había puesto al iniciar la sesión y que anunciaba que justo esta había acabado.

—Awww. Parece que la sesión ha terminado, perrito —dijo Rosita mientras sacaba los dedos de su pie derecho de la boca de Herman, quien gimió un poco, como un perro al que le quitan su juguete favorito—. Pero no te pongas triste, perrito. Esta es solo tu primera sesión de entrenamiento y te prometo que habrá muchas más —le respondió doña Rosita sonriendo mientras veía a los ojos con dulzura a aquel hombre-perro.

Esta historia continuará…

— oOo —

Gracias por leerme. Esta historia fue escrita por un aficionado más a los relatos eróticos (sobre todo con temáticas de femdom y fetichismo de pies). No utilicé ningún tipo de modelo de IA para escribir este relato, cada palabra fue tecleada por mí mismo en LibreOffice Writer. Todos los sucesos del relato son ficción.

Si te gustó lo que acabas de leer puedes hacerme comentarios, preguntas, consejos, críticas o recomendaciones de lo que te gustaría ver en siguientes capítulos mandándome un correo a [email protected]

Estaré encantado de leerte. Además, si como yo eres un aficionado a los pies femeninos y tienes algún relato, página web, video, foto o demás que quieras compartirme estaré más que agradecido.

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