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Anónimo

octubre 23, 2026

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sabor a sal y semen en bajamar

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Sabor a Sal y Semen en el Club Náutico de Bajamar

Antes de que cualquier hombre me pusiera la vista encima aquel día, yo ya sabía exactamente lo que provocaba. Tengo 32 años y un cuerpo que es una trampa de seducción. Poseo esa silueta de reloj de arena que vuelve locos a los hombres: unos pechos generosos, pesados y firmes que luchan por no escaparse de cualquier prenda, contrastando con una cintura sorprendentemente estrecha que invita a ser agarrada con fuerza. Mis caderas son anchas, diseñadas para el placer, culminando en unos glúteos redondos y tersos que se balancean con un ritmo hipnótico al caminar. Mi piel es suave, pero esconde un secreto: una estrechez visceral; un canal vaginal corto y apretado que convierte cualquier penetración en una lucha por el espacio, haciendo que quien me posee sienta que estoy succionando su polla con cada fibra de mi interior.

Era julio en La Laguna, y el sol de Tenerife caía como plomo sobre las piscinas del Club Náutico de Bajamar. Yo estaba allí, tendida en la tumbona, sintiendo cómo el calor fundía el protector solar sobre mi piel. Llevaba un bikini turquesa que apenas contenía mis pechos y dejaba muy poca cosa a la imaginación; la tela se pegaba a mis curvas, resaltando mi cintura y la firmeza de mis glúteos. Mientras tanto, mi hijo de dos años estaba a salvo con mi suegra, dejándome la mente libre para cualquier pecado que pudiera ocurrir.

En ese momento pasó Alberto. Tiene 55 años, una presencia imponente y esa mirada de quien sabe exactamente dónde poner las manos. Se detuvo a mi lado, recorriendo con la vista cada centímetro de mi cuerpo, deteniéndose en la curva de mis caderas y el relieve de mis pezones bajo la tela turquesa.

—Vaya monumento… Tienes un cuerpo que es un pecado, Candelaria —me soltó con una voz ronca que me hizo vibrar el vientre.

Me puse nerviosa, pero excitada. Empezamos a conversar, un juego de palabras peligrosas que terminó con él acercándose a mi oído.

—Acompáñame a la sauna. Quiero ver si ese bikini es lo único que te sobra.

Sin pensarlo, me dejé guiar. Al entrar en la sauna, el calor húmedo envolvió nuestros cuerpos. Allí ya nos esperaba Javier, un socio del club de 52 años, un hombre robusto que ya estaba desnudo, con una polla erecta y palpitante que parecía reclamar mi boca. Pero no estaban solos. Junto a ellos se encontraba Sebastián, de 45 años. Era un hombre de mirada depredadora y una anatomía intimidante. Estaba desnudo y su miembro era un espectáculo de brutalidad: 25 centímetros de longitud y unos 6 centímetros de grosor, una columna de carne vena a vena que hacía que cualquier otra polla pareciera pequeña a su lado.

No hubo preámbulos. Alberto me arrancó el bikini turquesa con una brusquedad que me dejó jadeando y, en un movimiento rápido, me obligó a ponerme de rodillas sobre el suelo caliente de la sauna.

—Toma, puta, empieza por aquí —ordenó Javier.

Me lancé sobre su polla, succionando con hambre, sintiendo cómo el miembro de Javier llenaba mi boca mientras Alberto, detrás de mí, empezaba a masajearme los pechos con fuerza, pellizcando mis pezones hasta que gimí de placer. La rapidez de Javier fue letal; no tardó ni cinco minutos en correrse. Sentí el chorro caliente y espeso de su semen disparándose contra mi garganta y derramándose por mis mejillas. Me lamió la cara, saboreando su propia leche sobre mi piel, mientras Alberto ya estaba preparando su artillería.

Alberto se posicionó detrás de mí. Sentí su polla, un martillo pilón de unos 20 cm, golpeando la entrada de mi coño. Me sujetó los tobillos, elevándome la pelvis, y con un empujón violento me la metió entera. Sentí cómo el glande golpeaba con fuerza el fondo de mi vagina, un impacto que me hizo gritar y llorar de placer y dolor a la vez.

—¡Mira cómo se la traga esta zorra! —rugió Alberto.

Empezó a follarme con una rabia animal. Cada embestida era un golpe seco que retumbaba en mis intestinos. Javier, que no había terminado de jugar, se puso delante de mí y volvió a meter su polla en mi boca, forzando mi garganta mientras Alberto me martilleaba el útero. Me sentía como un trozo de carne, una puta abierta par en par, llena de pollas y semen.

—¿Te gusta la leche, verdad, perra? —me gritó Javier mientras me obligaba a tragar otra carga de su semen.

—¡Sí, quiero más! ¡Lléname más! —contesté yo, totalmente entregada.

Entonces apareció Sebastián. Se acercó con esa mirada depredadora, observando cómo Alberto me destrozaba el interior. No hubo tiempo para palabras; me agarró del cabello y me obligó a girarme, dejándome a cuatro patas mientras Alberto, sin sacar su miembro de mi vagina, me sujetaba con fuerza.

Fue entonces cuando sentí la verdadera magnitud de Sebastián. Su polla, esos 25 centímetros de puro músculo y 6 centímetros de ancho, se posicionó en mi entrada trasera. Sin previo aviso, empujó con una fuerza bruta. Sentí cómo su miembro desgarraba mi estrechez anal, expandiéndome hasta un límite que creía imposible. El dolor fue un relámpago que rápidamente se convirtió en una lujuria insoportable. Estaba empalada: una polla masiva en mi recto y otra golpeando mi útero, mientras Javier volvía a reclamar mi boca.

—Mira cómo se abre para nosotros —gruñó Sebastián, empezando a bombear con una potencia devastadora.

Cada estocada de Sebastián era un terremoto que desplazaba mis órganos internos, coordinándose con los golpes de Alberto. Era una tortura deliciosa. El calor de la sauna se mezclaba con el olor a sexo y sudor, creando una atmósfera asfixiante que me hacía perder la razón. Me sentía saturada, llena hasta el borde, el espacio entre mis paredes vaginales y rectales desapareciendo bajo el peso de aquellos dos gigantes.

—Siente cómo te abrimos, Candelaria. Ahora eres nuestra —susurró Alberto, acelerando el ritmo.

El placer fue tan agudo que mis ojos se llenaron de lágrimas. Mis músculos se contrajeron en un orgasmo violento y prolongado que me dejó temblando, completamente rendida. En el clímax, ambos descargaron sus semillas simultáneamente: uno inundando mi vientre y el otro llenando mi ano, mientras yo tragaba la última carga de Javier.

Me dejaron exhausta, con las piernas abiertas y la piel roja por el vapor y los impactos. Mientras me recogía los trozos de bikini turquesa, sabía que mi matrimonio acababa de cambiar para siempre. Salí de aquel recinto sintiéndome una extraña en mi propia piel, marcada secretamente por el semen de tres hombres que ahora poseían un rincón oscuro de mi mente. Al caminar hacia el parking, el sol de julio seguía brillando, pero yo llevaba conmigo el secreto más sucio de Bajamar.

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