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octubre 13, 2026

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La despedida en el depósito con la encargada de mis locales

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Hace unos meses compré un fondo de comercio. La encargada era una pelirroja venezolana de 34 años que venía con la advertencia de la dueña anterior de que era una puta bárbara que se había cogido a los novios de dos compañeras. Hace dos semanas renunció y la verdad me sirvió muchísimo: su laburo lo puedo hacer yo de a ratos y me ahorro un sueldo.

Sin embargo, la piba era un espectáculo. De contextura baja, no más de 1,55, flaquita que no pesaba más de 45 kilos, pero 5 kilos eran solo de culo. No era un culo trabajado de gimnasio, pero qué buen orto tenía, por Dios; era enorme, redondo, blando. venía siempre en jeans tan apretados que marcaban todo. Además, la loca era de lo más pícara: cada vez que yo llegaba al local me saludaba con un beso bien marcado en los cachetes y me tocaba la cintura para hacerse la linda. Con todo ese combo de ser hermosa, provocadora y la reputación que traía, la verdad es que me calentaba muchísimo, aunque mientras fue mi empleada mantuve la distancia.

Pero la última semana, sabiendo que ya se iba y que no había nada que perder, aflojé las barreras y le entré al juego: la saludaba tocándole también la cintura y devolviéndole las miradas. El ambiente entre los dos quedó bien picante.

El viernes, en su último día, ella salía a las 5 de la tarde. Fui por la mañana para despedirme, pero antes de llegar, literalmente en la esquina del local, apagué las cámaras desde el celular para que no quedara absolutamente nada grabado. Ya adentro y sabiendo que estaríamos solos, charlamos un rato y, cuando nos dimos el abrazo de despedida, me animé: le pasé la mano por la cola, se la toqué apenitas y enseguidita la volví a levantar. «Perdón, te la quería tocar. Voy a extrañar semejante paisaje» —le tiré entre risas.
Ella se empezó a cagar de risa y me soltó: «Bueno… tocala si querés».

Ahí nomás se me voló la cabeza. Le volví a bajar la mano pero con otra intensidad, empezando a apretarle esa tremenda cola con una mano. En eso me fui a sentar a la banqueta que está al lado de la caja registradora. Se la empecé a manosear con las dos manos, con más fuerza y ganas, y la piba no dudó: se acercó, se dio vuelta y me apoyó la cola bien contra la pija, que ya la tenía al palo. Metí la mano por delante y, por encima de esos jeans bien ajustados, le arranqué a manosear la concha a lo loco mientras ella gemía bajito.

Sin decir una sola palabra más, nos fuimos rajando al depósito, bien lejos de cualquier mirada.
Apenas cerramos la puerta nos agarramos a los besos, re calientes. Y así, sin vergüenza, mientras nos besábamos, agarré, me desabroché y saqué la pija. Le dije de una: «Tenés una pinta de que te la sabés tragar entera».

Y automáticamente se agachó. Yo tengo un pito promedio, nada del otro mundo, pero como la mina tenía una carita de miniatura, la posta es que mi pija era más larga que toda su cara. Se arrodilló y lo primero que hizo fue clavarme una garganta profunda de un solo viaje, tragándomela hasta el fondo sin asco. Me la chupó, me la devoró y me hizo de todo a pura intensidad durante dos minutos hasta que le vacié toda la leche en la boca, la hija de puta. Algo cayó al piso, así que nos dimos un último beso caliente, me acomodé y limpié un poco el suelo.

Ese día volví a mi casa y me habré hecho como cuatro pajas pensando en ese pete. Qué buen pete, por Dios, y qué buen orto tenía esa piba.

Seguro alguno en los comentarios dirá: «Che, ¿pero por qué no la cogiste?». Y la verdad es que estábamos en un depósito donde no había espacio ni comodidad para más, ni tampoco tenía preservativo encima. Tampoco daba para invitarla a mi casa ni irnos a un telo en ese momento. Fue rápido, sin vueltas y al grano ahí mismo. Se fue la empleada que no me servía y me dejó la despedida más corta, picante e intensa de mi vida.

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