Por
Anónimo
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Cierre en el almacén del bar
Te voy a ser sincero, esto no fue nada elegante ni de película, fue puramente de esas veces que las ganas te ganan y no hay vuelta atrás.
Pasó hace un par de meses. Trabajo en un bar de copas bastante concurrido en el centro. Lucía es una de las camareras; siempre habíamos tenido ese tonteo pesado de barra, de chocarnos «sin querer» en los pasillos estrechos o tirarnos comentarios con doble sentido delante de los clientes para ver quién se ponía rojo primero. La tensión estaba ahí flotando desde hacía semanas.
Esa noche nos tocó cerrar a los dos. Eran como las tres de la mañana, la música ya estaba apagada y las piernas nos pesaban horrores. Bajamos al almacén del subterráneo a meter los barriles vacíos y sacar las botellas para el día siguiente. El almacén es un cuarto pequeño, frío, lleno de cajas de cerveza apiladas y con una luz fluorescente que zumba todo el tiempo.
Lucía estaba agachada contando cajas de ginebra. Llevaba unos pantalones ajustados y la camiseta del bar pegada por el calor de la jornada. Me acerqué por detrás para coger una caja de la estantería y rozé su cadera.
—Cuidado, que no quepamos dos no significa que me tengas que empujar —dijo girándose, pero sin apartarse ni un centímetro. Tenía los labios pintados de rojo, algo descoloridos ya, y me miró directo a los ojos con esa cara de «a que no te atreves».
No dije nada. Solté la caja en el suelo, le agarré la cintura con las dos manos y la pegué del tirón contra la pila de cajas de cerveza. Ella soltó un jadeo del susto, pero antes de que pudiera decir nada le metí la boca en un beso duro, directo, de esos en los que te chocas los dientes y sientes que te falta el aire.
A Lucía se le fue la cabeza para atrás y soltó un gemido que retumbó en todo el almacén. Me rodeó el cuello con los brazos y me pegó tanto a su cuerpo que podía sentir cómo le latía el pecho a mil por hora. Sus manos no iban con calma; me agarró del pelo con fuerza y me jaló para profundizar el beso mientras abría las piernas para darme espacio.
Le metí las manos por debajo de la camiseta, subiendo rápido por sus costados. Tenía la piel hirviendo en comparación con el frío del almacén. Le subí la tela hasta el pecho y le bajé los tirantes del sujetador sin delicadeza. Cuando le apreté los pechos con las manos y le pasé los pulgares por los pezones bien duros, soltó un «joder» entre dientes que me volvió loco.
Me agaché y le bajé la cremallera de los pantalones de un tirón. Lucía me ayudó empujándolos hacia abajo junto con las bragas hasta las rodillas. Estaba húmeda, empapada. Le metí dos dedos de golpe, sintiendo cómo se apretaba a mi alrededor desde el primer segundo. Empecé a mover los dedos rápido, buscando el punto exacto, mientras con la otra mano le sujetaba el muslo para que no se me escapara.
Ella apoyó la espalda contra las cajas de plástico, echando la cabeza hacia atrás.
—Más rápido, dale… —me dijo con la voz totalmente rota, agarrándose de mis hombros con las uñas clavadas.
No aguanté más. Me desabroché el cinturón a toda prisa, me saqué la polla y me posicioné entre sus piernas. La agarré fuerte del culo, la levanté un poco para ajustar la altura y me metí dentro de ella de una sola estocada, bien al fondo.
El gemido que pegó me retumbó en el oído. El ritmo fue rápido, sucio, brutal. No había espacio para ser delicados. Cada embestida hacía que las cajas de cerveza detrás de ella chocaran contra la pared haciendo un ruido metálico. Sentir el apretón de su carne cada vez que me hundía en ella, el calor sofocante entre las piernas y la desesperación de los dos por terminar nos tenía fuera de control.
Le subí una pierna sobre mi cadera para entrarle más profundo todavía. Lucía me arañaba la espalda por encima de la camiseta, jadeando en mi cuello y pidiéndome más fuerte. El sonido de nuestros cuerpos chocando y de su respiración descontrolada llenaba todo el cuarto.
Estaba tan apretada y caliente que sentí que no iba a aguantar mucho. Le metí la mano entre las piernas para frotarle el clítoris a la vez que le daba las últimas estocadas, rápido y sin freno. Lucía se empezó a convulsionar entera, soltando un grito ahogado contra mi hombro mientras su vagina me apretaba la polla en oleadas gigantescas. Ese apretón me hizo perder el juicio: le di dos empujones más bien al fondo y me derramé dentro de ella con una fuerza que me dejó temblando de las rodillas hacia abajo.
Nos quedamos pegados ahí un par de minutos, sudados, respirando como si hubiéramos corrido una maratón y oyendo el zumbido de la luz del techo. Nos miramos la cara de despeinados, nos dio la risa tonta de la adrenalina y tuvimos que arreglarnos la ropa a toda prisa por si al encargado se le ocurría bajar a ver por qué tardábamos tanto con el inventario.


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