La cocina
La casa estaba en silencio absoluto. Mi marido, como cada jueves, cubría el turno nocturno en la planta de ensamblaje. Arriba, en el segundo piso, mis hijas dormían —Mariana cumplió los dieciocho en marzo, Juliana acababa de cumplir diecinueve— sumidas en ese sueño profundo de la juventud que nada perturba.
Bajé la escalera descalza, el camisón de algodón blanco rozándome los muslos. Era un modelo sencillo, sin mangas, con escote redondo que dejaba ver el inicio de mis pechos. Llevaba años usando el mismo tipo de prenda para dormir; mi marido nunca se quejó, y yo encontraba en esa costumbre una comodidad casi ritual.
En la cocina, la luz tenue de la lamparita sobre la mesa dibujaba un círculo amarillento. Ahí estaba él.
Luis.
Mi suegro llevaba apenas cinco años viviendo con nosotros, desde que vendieron su casa en el pueblo para ayudarnos con las niñas y las cuentas. A sus sesenta y dos años conservaba una complexión robusta, espalda ancha, manos grandes con nudillos marcados de tanto trabajo en la construcción antes de jubilarse. Llevaba una camiseta de tirantes gris, gastada, y el pantalón de pijama a medio abrochar.
—Todavía despierto, suegro —dije, más como constatación que como pregunta.
Me miró. Esa mirada suya, perezosa, que recorría mi cuerpo como quien examina un terreno antes de pisarlo. Sus ojos castaños, casi negros en la penumbra, se detuvieron en mis piernas desnudas, subieron despacio hasta donde el camisón se adhería a mis caderas.
—Ven —dijo.
Una sola palabra. Seca. No era invitación, era instrucción.
Algo en mi vientre se contrajo. No era la primera vez que me hablaba así —en los últimos meses, desde que empezó a «encontrarme» en la cocina a altas horas—, pero cada vez ese tono me desarmaba. Camila, treinta y nueve años, madre de dos hijas adultas, mujer casada, convertida en presa obediente ante un hombre que debería ser solo familia.
Me acerqué. Mis pies descalzos sobre el linóleo frío.
Cuando estuve a su altura, Luis dejó la taza de café sobre la mesa con un chasquido suave. Su mano derecha —grande, áspera, con callos en la palma— me agarró de la cadera. No me dio tiempo a reaccionar. Me giró con facilidad, como si pesara nada, hasta que sentí el borde de la mesa de madera contra mis nalgas.
Con la misma mano, levantó el camisón. Lo hizo sin ceremonia, subiendo la tela hasta mi cintura, dejando mi sexo expuesto a la luz tenue.
Ahí fue cuando el arrepentimiento pasó por mi mente —una fracción de segundo— al recordar que no llevaba bragas. Nunca las usaba para dormir; odiaba la sensación de la goma en las caderas mientras intentaba conciliar el sueño. Pero ahora, con mi suegro frente a mí, con mis labios expuestos, sentí una vergüenza breve, intensa.
Se disolvió cuando sus dedos se posaron sobre mí.
No fue delicado. No fue torpe. Fue… experto. Con dos dedos —el índice y el medio, largos y gruesos— abrió mis labios con naturalidad, como quien abre un libro que ha leído mil veces. La yema de su pulgar rozó mi clítoris, aún seco, aún dormido.
—Siempre sin nada debajo —murmuró. No era pregunta.
No respondí. No podía.
Luis se inclinó hacia adelante. Sentí su aliento cálido en mi pubis, en mi interior. Y entonces su lengua.
Plana. Caliente. Húmeda.
Una primera pasada desde el perineo, subiendo por mi raja, separando mis pliegues con suavidad implacable. Volvió a lamer. Segunda. Tercera. La cuarta vez se detuvo en mi entrada, rodeándola, hundiéndose ligeramente. La quinta fue completa, desde atrás hasta mi monte de Venus, recogiendo en su camino el sabor de mi piel.
Cuando llegó a mi clítoris, ya no estaba seco. Sentía la humedad creciendo, invadiéndome, preparándome.
Envolvió el botón con sus labios. Los apretó suavemente. Y empezó a chupar.
El sonido —ese sonido húmedo, obsceno, de succión— me hizo agarrarme con fuerza al borde de la mesa. Mis nudillos se blanquearon. Mis piernas temblaron.
Luis chupaba sin prisa. Primero suave, casi tierno, luego con más fuerza, con esa insistencia rítmica que parece calcular exactamente qué punto de presión vuelve loca a una mujer. A veces soltaba el clítoris para darle golpecitos con la punta de la lengua —rápidos, eléctricos— y volvía a succionar, más profundo, haciendo que mis caderas se movieran solas, buscando más fricción.
Me mordí el labio inferior hasta casi sangrar. Tenía que callarme. Arriba estaban mis hijas. Al lado, en la habitación del fondo, dormía mi suegra, Elena, mujer bondadosa que me había recibido como a una hija cuando me casé con su hijo. La quería. La respetaba como a mi propia madre.
Y ahí estaba yo, con las piernas abiertas, el camisón subido, la cabeza de mi suegro entre mis muslos, chupándome el clítoris como si fuera su derecho.
Una de sus manos —la izquierda— me sujetó el muslo derecho, manteniéndome abierta. La otra se deslizó por debajo, curvándose hacia arriba, y metió dos dedos dentro de mí.
De golpe.
Sin advertencia.
Los curvó hacia adentro, buscando ese punto, mientras su boca seguía trabajando en mi clítoris. El contraste —la succión constante, intensa, combinada con el roce profundo de sus dedos— me empujó al borde en cuestión de segundos.
Me corrí contra su boca.
El orgasmo me tomó de sorpresa por su intensidad. Mis uñas se clavaron en la madera de la mesa. Mis piernas se tensaron, temblaron, cedieron. Un gemido escapó de mi garganta —ahogado, reprimido, pero audible— mientras mi sexo se contraía en espasmos alrededor de sus dedos.
Luis no se detuvo.
Bajó el ritmo, sí, convirtió la succión en una caricia suave, pero siguió ahí, entre mis piernas, hasta que sentí que el anillo de mi vagina seguía palpitando, apretando y soltando sus dedos en oleadas.
Cuando al fin levantó la cabeza, tenía la boca brillante. Sus labios, siempre delgados, ahora parecían hinchados, húmedos. Me miró con una expresión tranquila, casi satisfecha, como quien termina una comida esperada.
—Así me gusta terminar el día —dijo en voz baja, casi para sí mismo.
Todavía no podía hablar. Asentí, jadeante, con las piernas convertidas en gelatina, el camisón arrugado en mi cintura. Mis pechos —grandes, con pezones oscuros y erguidos ahora— habían salido a la luz en algún momento del forcejeo, expuestos al aire de la cocina.
Luis se limpió la boca con el dorso de la mano. Se acercó, me besó en los labios —un contacto breve, casi casual— mientras con la otra mano acomodaba mis senos dentro del camisón y bajaba la tela.
Volvió a su café.
Tomó la taza. Dio un sorbo. Como si nada hubiera pasado..


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