Por
Anónimo
El conocido de mi esposa
Mi esposa y yo llevamos unos cuantos años en el ambiente liberal, hemos probado de todo: tríos, intercambios, orgías controladas, pero nada, absolutamente nada, me preparó para aquella noche. Hace un par de años fuimos a una fiesta privada en una casa enorme, con luces rojas y colchones esparcidos por el suelo. Entre copa y copa, mi esposa se quedó paralizada al reconocer a un chico que se acercaba a saludarla. Era un conocido suyo, un veinteañero que solía ver en el gimnasio, un chico flaquito pero con una mirada de lobo. La diferencia de edad era abismal: nosotros rondando los cuarenta, él recién salido de la carrera, con esa piel tersa y una energía juvenil que olía a peligro.
El morbo nos invadió como una oleada de calor. Ver a mi mujer, toda una señora de piernas firmes y caderas anchas, devorar con la mirada a ese chico que podría ser su sobrino, me puso la verga tiesa y goteando dentro del boxer. Sin mediar palabra, los tres nos escabullimos hacia un cuarto oscuro. La puerta se cerró y el olor a sexo, sudor y lubricante nos golpeó la cara. En la penumbra, solo se escuchaban respiraciones agitadas.
Él no perdió tiempo. La empujó contra la pared, le levantó el vestido hasta la cintura y le bajó las bragas de un tirón. Yo la agarraba de las nalgas mientras él se arrodillaba y le enterraba la cara en el coño, chupándole el clítoris con una desesperación salvaje. Mi esposa se retorcía, mordiéndose el labio para no gritar. La tenía chorreando, y yo solo atinaba a masturbarme viendo cómo la lengua de ese jovenzuelo jugaba con sus pliegues húmedos.
Pero lo mejor vino después. Se levantó, se bajó el pantalón y sacó su polla. No era la más larga, pero sí gruesa y dura como una piedra, con la punta brillante de preseminal. Me miró pidiendo permiso con los ojos, y yo asentí, necesitando ver cómo esa verga juvenil perforaba a mi mujer. Se la metió de un solo empujón, sin contemplaciones. Mi esposa soltó un gemido ronco y profundo. Él empezó a embestirla sin piedad, con un ritmo acelerado y bestial; sus huevos golpeaban sus nalgas con un aplauso húmedo y repetitivo. Ella no paraba de jadear: «Así, así, más adentro, no pares».
No soporté quedarme fuera. La puse en cuatro sobre un colchón, con la cara pegada al suelo, y mientras él le daba por el coño, yo me coloqué detrás y le metí la polla entera por el culo. Sentí cómo su vagina caliente se contraía al ritmo de las embestidas del chico. Estábamos sincronizados, entrando y saliendo como una máquina de carne. Los tres sudábamos, la piel se pegaba, y el cuarto retumbaba con nuestros gemidos y las sucias palabras que le decía al oído.
Cuando sentí que se venía, apreté el paso. Él se corrió primero, llenándole el coño de leche espesa y tibia. Mi esposa temblaba, y yo, sintiendo cómo se humedecía todavía más, exploté dentro de su culo, vaciándole toda la semilla. Ella se derrumbó en el colchón, temblando de placer, con la boca abierta y las piernas abiertas, llena de nuestros dos semen. Aquella noche fue una puta locura, un secreto sucio que repetimos varias veces al año, y que aún hoy, cuando me acuerdo, se me pone dura solo de pensarlo.


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