junio 16, 2026

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Con el osito que me regaló mi suegro

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Ese osito llegó a mi vida el día que cumplí años, envuelto en un lazo rojo gigante que mi suegro mismo me puso en las manos con una sonrisa de esas que me recorren todo el cuerpo. Es enorme, de esos peluches que ocupan casi la mitad de la cama, tan grande que mi novio siempre se queja diciendo que ya no cabe ni él en la puta cama. Pero mi novio no sabe ni la mitad de lo que hago con ese osito cuando él no está. Él cree que es solo un adorno cursi, un recuerdo bonito de su papá. Si supiera lo que su papá me provoca, y lo que hago con el peluche que me regaló, seguro que se muere del coraje.

Amo a mi novio, ojo, con él me quiero casar y tener sus hijos, es buen partido y me trata bonito. Pero su papá… su papá es otra historia. Es un hombre hecho y derecho, de esos que huelen a tabaco y a perfume caro, con unas manos grandes y venosas que solo de imaginármelas agarrando mis nalgas ya siento que se me encharca la concha. Siempre que vamos a visitarlo, él anda lanzándome esas miraditas de reojo, como midiéndome el cuerpo, clavándome los ojos en las tetas o en el culo cuando me giro para servir la comida. Y yo, maldita sea, me pongo como una perra en celo. Se me humedece la pantaleta solo con que me vea así, con esa sonrisa pícara de viejo verde que sabe exactamente lo que está provocando.

Cuando mi novio se va a trabajar o se queda a dormir en casa de sus papás, yo aprovecho. Saco el arnés que escondo en el fondo del armario, detrás de los zapatos viejos, y un consolador enorme que compré por internet. No es cualquier consolador, no. Es uno de esos negros, de 22 centímetros, con las venas súper marcadas y la cabeza bien gorda, de esos que te ensanchan toda la vagina cuando entran. Se lo ajusto bien al osito, lo amarro con fuerza al arnés para que no se mueva, y ahí me subo.

Me pongo en cuatro sobre la cama, con la concha ya chorreando de solo pensar en la cara de mi suegro. Abro las piernas y empiezo a frotar mi vulva contra el peluche, sintiendo el rasguño suave del pelaje en mis labios vaginales. Me mojo tanto que el osito se mancha entero, pero me vale madre. Cojo la verga de plástico, me la pongo en la entrada y empujo hacia abajo, metiéndomela toda de golpe. Ufff, esa sensación de llenarme hasta el fondo del estómago, de sentir que me parte en dos, es justo la que necesito. Entonces empiezo a cabalgar.

Lo monto como perra maluca, como si no hubiera un mañana. Reboto con todas mis fuerzas arriba de ese consolador, sintiendo cómo la cabeza gorda me raspa las paredes de la vagina por dentro, cómo las venas de plástico me rozan el punto más dulce. Mis tetas saltan de arriba abajo, chocando contra el peluche del oso, y yo gimo bien fuerte, sin pena, llamándolo en voz alta: *»Cógeme, suegro, méteme toda esa verga, rompe mi concha»*. Cierro los ojos y en mi cabeza no está el osito, está él, con su barba canosa pegada a mi cuello, con sus dedos huesudos apretándome las caderas mientras me clava la pija bien duro.

Aprieto las piernas y empujo el arnés contra mi pelvis, moviendo la cadera en círculos para que ese pene de goma me toque por todos lados. Siento cómo se me resbala el jugo por los muslos, cómo mancho las sábanas y al osito completo. Meto una mano entre mis piernas y me empiezo a masturbar el clítoris mientras sigo montando. Eso me vuelve loca, no puedo parar. Acelero el ritmo, dando sentones fuertes y bruscos, imaginando que es él, mi suegro, quien me está dando hasta por las orejas, quien me está diciendo al oído que soy una putita de su hijo.

Llega un punto en que ya no aguanto más. Siento que se me sube la presión, que el orgasmo viene como un tráiler. Aprieto el consolador con mi vagina, lo exprimo con todas mis fuerzas mientras sigo cabalgando sin parar, y entonces exploto. Me viene un squirt, que mojó al osito y toda la cama. Grito su nombre, grito «suegro» mientras tiemblo como un flan, con las piernas abiertas de par en par, temblando entera, sintiendo cómo los espasmos me agarran la concha una y otra vez.

Termino toda sudada, con el pelo pegado a la cara y el corazón a mil por hora. Me quedo sentada arriba del oso, respirando hondo, con la pija de plástico todavía dentro de mí, sintiendo cómo late mi vagina después de la cogida. Me bajo, me limpio rápido con una toalla y guardo todo antes de que llegue mi novio. Pero sé que la próxima vez que vea a mi suegro en la mesa, con su sonrisita de viejo, se me va a volver a encharcar todo, porque ese osito no es más que un sustituto de las ganas que le tengo a su papá.

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