junio 16, 2026

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Me mamaron el culito

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Llegó a mi casa como cualquier otra tarde, con su sonrisa pendeja y esa mirada traviesa que siempre me desarmaba. SabĆ­amos que esa tarde no iba a ser de solo pelĆ­culas y chelas. La tensión se sentĆ­a en el aire desde que cerrĆ© la puerta. Sin mediar palabra, me empujó suavemente hacia el sillón, me dio la vuelta y me puso en cuatro. Apenas pude respirar cuando sentĆ­ sus manos frĆ­as bajĆ”ndome los shorts y el calzón de una sola jalada. No hubo juego previo, no hubo besos… Ć©l querĆ­a una sola cosa: mi culo.

Me separó las nalgas con sus dedos, abriéndome bien para que todo quedara al descubierto. Sentí su aliento caliente directamente en mi esfínter, y el primer contacto de su lengua fue como una descarga eléctrica que me recorrió toda la columna. Empezó a lamer el borde de mi agujero, despacio, saboreÔndome, como si fuera su postre favorito. Metía la punta de su lengua apenas para tantear, y yo ya estaba gimiendo contra la almohada. Pero él no se conformó con eso.

Mi mejor amigo se puso cómodo, agarró con fuerza mis nalgas y sepultó su cara entera entre ellas. Su lengua entró de lleno. La sentía caliente, húmeda, moviéndose dentro de mí, perforando mi ano sin piedad. Chupaba mi culito como si estuviera mamando una fruta jugosa, succionaba el esfínter y lo masajeaba con la punta de su lengua mientras sus dedos se clavaban en mi carne. El ruido era obsceno: ese sonido húmedo y resbaloso de su saliva mezclÔndose con mi sudor, sus gemidos apagados contra mis nalgas. Pasaron minutos que se sintieron como horas. Su lengua no se cansaba. Entraba y salía, a veces rÔpido como un mete-saca, a veces lento, haciendo círculos alrededor del agujero hasta volver a taladrarme por dentro. Yo ya no podía con las piernas, me temblaban, y mi panocha chorreaba de pura excitación al sentir cómo me devoraba el culo sin piedad.

Cuando por fin se sació de mi sabor, cuando su lengua ya no le fue suficiente para llenar su hambre, lo sentí incorporarse detrÔs de mí. Escuché el sonido metÔlico de su cierre y el rasgar de su boxer al bajarlo. Sentí su verga, dura y caliente, golpeando contra mis nalgas. Estaba enorme. Me escupió directamente en el agujero, y con la cabeza de su polla empezó a frotar mi esfínter, presionando, hasta que mi músculo cedió. La primera embestida me quitó el aire. Su verga se hundió entera en mi culito, llenÔndome por completo, estirando mis paredes hasta el límite. Solté un grito ronco y él no se detuvo.

Cogió mis caderas con fuerza y empezó a embestirme como un animal. Su polla se clavaba hasta el fondo, sintiendo cada centímetro de su carne caliente arañar mis entrañas. El sonido de su choque contra mis nalgas llenaba toda la sala. Yo solo podía aferrarme al sillón mientras él me daba y me daba, sin compasión. A veces sacaba toda la verga y solo dejaba la puntita, para luego volver a enterrarla de golpe, haciéndome retorcer de placer y dolor. Sus huevos me golpeaban el clítoris desde atrÔs con cada estocada. Me decía cosas sucias al oído, que mi culito era suyo, que se iba a venir bien adentro.

El placer era tan brutal que sentía que iba a reventar. Mi cuerpo no podía mÔs. Cuando por fin llegué al límite, todo explotó. Un orgasmo me recorrió desde el estómago hasta la cabeza, y sentí cómo mi agujero se contraía frenéticamente alrededor de su verga. En ese mismo instante, él soltó un gemido profundo y descargó toda su leche caliente dentro de mí. Sentí los chorros de su semen quemÔndome las tripas mientras seguía bombeando sin parar hasta vaciarse por completo.

Ahora estoy aquí, acostada boca abajo, sintiendo cómo me palpita el culito. Tengo que sentarme de medio lado porque en cuanto apoyo el peso, siento el latido ardiente de mi agujero inflamado, recordÔndome su lengua y su verga. Duele, pero qué pinche rico duele. No me arrepiento de nada. Seguro mañana lo vuelvo a llamar.

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